pandemia, recuperación, América Latina, Caribe
/ Norman Caldera Cardenal

Los pecados de omisión

El cuido de los enfermos no es monopolio del Estado. En Nicaragua, ni la Constitución ni la Ley 290 lo consagran así. La Iglesia tiene una misión espiritual y de asistencia material a los enfermos desde su fundación.

Su experiencia data de finales del siglo VI: durante la plaga del año 590 el papa San Gregorio Magno lideró las rogativas en las calles llevando una imagen de la Virgen María. De acuerdo con la tradición, se apareció San Miguel Arcángel sobre un edificio antiguo que hoy se llama el Castel San’t Angelo. La plaga se detuvo y el papa colocó una estatua de San Miguel en la cúspide del edificio.

Alrededor del 529 y en el 1099, la orden hospitalaria estableció hospitales para peregrinos, hoy regentados por la Orden de Malta. La creación de hospitales donde los enfermos pueden recibir cuidados intensivos fue una revolución de la caridad cristiana.

Durante la Peste Negra (1347-1354) y durante la pandemia de 1918, muchas órdenes religiosas tuvieron mártires que hicieron heroica labor de atención a los enfermos.

En 1918, las iglesias se cerraron, pero muchos religiosos alrededor del mundo asistieron a los enfermos en todos los hospitales católicos, los monasterios, las clínicas y dispensarios parroquiales.

Hoy, la Iglesia responde ante el Covid-19 en todo el mundo. Algunas iglesias están cerradas pero los sacerdotes, diáconos y ministros reparten la comunión y los sacramentos a los enfermos, ya que la Iglesia católica asistirá a los enfermos hasta el fin de los días.

Esa función y experiencia de la Iglesia son fundamentales considerando la forma en que el virus ha desbordado los sistemas sanitarios de países desarrollados, ya no digamos en países paupérrimos como el nuestro. En Nicaragua no debe olvidarse tampoco la excelente labor complementaria a la del gobierno que han llevado a cabo otros hospitales. Destaco al Hospital Bautista por su filiación cristiana.

La sociedad entera —incluida la Comunidad Internacional— está deseosa y ofreciendo contribuir a esta labor humana, social y humanitaria de la Iglesia, por la confianza que genera y por su presencia en todo el territorio nacional. De hecho, la Nica Act exonera de las sanciones colectivas la ayuda humanitaria, en salud y educación.

Recordando a Mateo 16:18, que “el infierno no prevalecerá contra ella”, la Iglesia, ha perdurado casi dos milenios. Ni las plagas, ni la guerra, ni las dictaduras, ni las herejías dentro de sus filas la han podido ni podrán detener.

En el Norte de Nicaragua, varias diócesis se han unido bajo el liderazgo de monseñor Rolando Álvarez para prestar inicialmente servicios de apoyo e información a través de un “call center”, capaz de responder a las inquietudes de la grey sobre el Covid-19 y apoyar médica y espiritualmente a la población.

Talvez por la alta rotación en el Ministerio de Salud la nueva ministra haya rechazado una actividad pastoral que el Consejo Pontificio para la Salud considera “caricia de Dios para los enfermos”. Pero ninguna institución del Estado tiene más facultades que las que la ley le otorga y ella no puede prohibir el amor y la caridad cristiana.

Espero que la ministra rectifique, porque la población teme que los sucesores de quienes, según la CIDH, una vez ordenaron “negar asistencia médica a los heridos de abril y mayo de 2018”, hoy estén pensando monopolizar las pruebas diagnósticas, los servicios hospitalarios y los respiradores con el fin de negar asistencia a enfermos graves en forma selectiva. Eso generaría un genocidio por omisión. Espero que esos temores sean infundados y que la rectificación ministerial no se haga esperar.

El autor es excanciller de la República 2002-2007.

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