Las ciudades y la prevención de catástrofes

De manera similar a los incendios o las inundaciones, las epidemias han moldeado nuestras ciudades a lo largo de los años. Históricamente, las ciudades han sido una incubadora de enfermedades.

A raíz del Gran Incendio de Nueva Orleans de 1788, el cual destruyó casi por completo el
Barrio Francés, y del posterior incendio de 1794, se modificó la normativa urbanística local
para prevenir el riesgo de futuros incendios. Así, los edificios de madera fueron reemplazados
por estructuras de mampostería, más resistentes al fuego, y la arquitectura se diseñó con
patios, arcadas y balcones de hierro.

Cuando a finales de agosto de 2005, el Huracán Katrina azotó Nueva Orleans, se convirtió en
la tormenta más destructiva que jamás haya golpeado a los Estados Unidos, dejando a su
rastro 1.833 fallecidos. Las terribles consecuencias de la tormenta fueron debido a una
acumulación de errores, en las estrategias de prevención a escala territorial y urbana, en la
preparación y en las posteriores medidas de respuesta.

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El sistema de diques de Nueva Orleans no solo se encontraba 61 centímetros por debajo de su
altura original, debido a un progresivo asentamiento sobre suelos inestables, sino que además
estaba incompleto. Asimismo, los humedales de Luisiana, alrededor de Nueva Orleans, actuaban como un amortiguador natural contra los huracanes, al reducir significativamente la
velocidad del agua. Esta protección natural contra las inundaciones había visto reducido su
tamaño, debido a una falta de conservación en la planificación territorial. En este sentido, las
estaciones de bombeo de la ciudad no estaban preparadas para drenar tanta agua, ya que la
amortiguación natural de los humedales no estaba ayudando lo suficiente.

Además, el transporte público no se encontraba preparado para evacuar a sus residentes y los
que tenían coches privados tuvieron que esperar largas colas, sin la posibilidad de repostar.
Hubo una falta de coordinación entre las autoridades locales y regionales, así como con los
hospitales y las áreas de refugio.

En contraste a las fallidas medidas de preparación y respuesta, la ciudad de Nueva Orleans
enfocó de forma integral y coordinada nuevas acciones de recuperación y prevención de
futuras catástrofes. Por un lado, se reconstruyó el dique de la ciudad y, por otro lado, se puso
en marcha un nuevo sistema de evacuación y alerta llamado NolaReady, para informar a los
residentes por correo electrónico y mensajes de texto. Además, se creó la Autoridad de
Protección y Restauración Costera para preservar los humedales de Luisiana.

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Las ciudades y las epidemias

De manera similar a los incendios o las inundaciones, las epidemias han moldeado nuestras
ciudades a lo largo de los años. Históricamente, las ciudades han sido una incubadora de
enfermedades. Durante la revolución industrial, cuando todavía estaba vigente la teoría
miasmática de las enfermedades, la gente miraba con terror a las ciudades densamente
pobladas, por el miedo al mal aire, el cual dio nombre a la enfermedad de la malaria. Uno de
los mayores logros de la planificación y el diseño urbano fue construir ciudades más sanas, sin
el aterrador mal aire. Los edificios fueron diseñados con una mejor orientación al sol y
ventilación, mientras que el sistema de alcantarillado junto con la recogida de residuos,
ayudaron a evitar la propagación de enfermedades.

La tuberculosis empujó a las ciudades a tener más espacios abiertos y una mejor orientación.
La luz del sol y el aire fresco tenían un poder curativo, por lo que los edificios y las ciudades se diseñaron para luchar contra enfermedades como la tuberculosis.

Hoy en día, las ciudades compactas ya no son sinónimos de enfermedades, como lo fueron
durante la Revolución Industrial. Sin embargo, continuamos afrontando el reto de construir
ciudades más sanas y reducir el riesgo de futuras enfermedades, ya que todavía tenemos el
mal aire, aunque esta vez debido a la contaminación ambiental.

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Las ciudades y COVID-19

Las recientes fotografías de trabajadores con trajes amarillos y máscaras desinfectando
ciudades, ha vuelto a poner el ojo en la ciudad, como un potencial acelerador para la
propagación de enfermedades. COVID-19 ha encontrado en las ciudades densas el mejor lugar
para reproducirse, debido a la alta probabilidad de contagio.

Singapur ha demostrado la importancia de la comunicación en materia de salud pública para
reducir la propagación de COVID-19. Un WhatsApp nacional con mensajes unidireccionales
provee información de la ciudad a sus ciudadanos, evitando la abrumadora cantidad de
información y noticias falsas a través de otros canales y medios sociales. Este tipo de
procedimientos se desarrollaron después del brote de SARS en 2003, y ahora se está
demostrando su eficacia.

Durante el brote de COVID-19, para responder al crecimiento exponencial de pacientes,
muchas ciudades han construido nuevos hospitales o han reutilizado las instalaciones
existentes como recintos feriales. Hay una falta de camas y suministros médicos, ya que el
sistema de atención de salud no está dimensionado, ni preparado para situaciones de
pandemia.

Los sistemas de drenaje de las ciudades están sobredimensionados para poder evacuar las
crecidas durante las inundaciones, mientras que la mayor parte del tiempo sólo evacúan una
pequeña proporción de agua. Sobredimensionar tuberías y sistemas de drenaje no supone un
gran gasto económico, mientras que, sobredimensionar el sistema de salud, sí lo es. Una
opción más económica es la reutilización de estructuras, como hoteles o residencias, para su
transformación en hospitales temporales, que podrían dar cabida a pacientes, clasificados
según el estado de la enfermedad. Esta red de camas podría definirse como un sistema
multimodal con centros localizados en los hospitales.

Por otro lado, ahora es el momento de empezar a trabajar no sólo en la recuperación de
COVID-19, sino en la mitigación de la próxima epidemia. Es necesario la creación de un grupo
de trabajo que incluya diferentes profesionales como médicos, epidemiólogos, ingenieros de
datos y software, desarrolladores de aplicaciones, especialistas en comunicación, diseñadores
urbanos, arquitectos, economistas, entre muchos otros.

Antes de COVID-19, el calentamiento global era uno de los grandes desafíos de la humanidad.
Ahora, además nos enfrentamos a la amenaza de las pandemias. Ambos retos deben ser
abordados simultáneamente.

El autor es Manuel Pérez Romero, profesor IE School of Architecture and Design

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