La Rosa Blanca de Schmorel

La obra concluye que es la gente y no los monstruos quienes son los responsables de los desastres de un país.

Orlando J. Icaza Gallard

En 1991 el teatro Old Globe de San Diego, California, estrenó una obra llamada La Rosa Blanca. Yo, escribiría otra con un paralelismo similar que titularía La Rosa Azul y Blanca.

El drama se trata de un grupo de estudiantes alemanes de la universidad de Múnich —que igual al movimiento Azul y Blanco símbolo de nuestra bandera y que se opone al fascismo orteguista— bajo el símbolo de la Rosa Blanca, también se opusieron al fascismo nazi y dieron su vida igual a como la han ofrendado muchos jóvenes nicaragüense ante la vergüenza del silencio y la condenación mediocre y complaciente de organismos internacionales mal llamados democráticos y cristianos y por lo cual la historia los condenará.

La obra concluye que es la gente y no los monstruos quienes son los responsables de los desastres de un país.
El joven ruso alemán Alexander Schmorell, avanzado estudiante de Medicina, lucha hasta dar su vida contra el fascismo disfrazado de derecha de Hitler y contra el fascismo disfrazado de izquierda de los bolcheviques a los que también repudiaba y que son en esencia lo mismo.

El 13 de julio de 1943, a sus 25 años, Schmorell es guillotinado junto a su profesor Kurt Huber, en la prisión Stadelheim de Múnich, por oponerse a los tratamientos inhumanos de los nazis y por prestar sus servicios médicos a quienes en desesperación por el asedio implacable de los fascistas, buscaban auxilio contrariando órdenes similares a las de la exministra de salud nicaragüense la triste y repudiada Sonia Castro.

Por tales acciones es glorificado con la santidad por la Iglesia ortodoxa el 5 de febrero de 2012 en Múnich la misma ciudad que lo vio morir por el amor a su prójimo.

¿Cuántos Alexanders Schmorell tenemos ya en Nicaragua? ¿Cuántos galenos que de verdad hacen uso de su juramento hipocrático como la doctora Amani Ballouros, nominada para el Oscar en The Cave, han arriesgado su vida curando bajo la persecución criminal en las cavernas ocultas de Siria y Turquía a cientos de víctimas de los asaltos asesinos de Bashar al-Ásad el dictador sirio junto a sus genocidas rusos?

¿Cuántos médicos que como Li Wenliang en sus 34 años lleno de juventud y vigor son reprimidos brutalmente hasta llevarlos a la muerte, solo por sacar a luz el crimen de ocultar el virus coronario que surgió en China y se extiende por el mundo causando miles de muertes sin importarle a los comunistas maoístas?

Es a todas luces la clásica actitud diabólica de los estalinistas y sus herederos castristas, maduristas y orteguistas.

El pueblo conoce a nuestros héroes y por más que el fascismo quiera ocultarlos, ellos brillarán como estrellas luminosas en un cielo por ahora oscuro y resplandecerán haciendo más azul el firmamento por haber defendido la dignidad humana con lo más precioso de su ser. Es la verdadera fundición del eros y el ágape.

Falta pues que nuestra Iglesia católica —esa cuyos altos dirigentes ahora exilian a sacerdotes valientes para quedar bien con los sicarios, esa cuyos ministros de alcurnia no apoyan con el valor y la energía necesaria a los que de verdad y corazón defienden a sus corderos sacrificados, esa que usa embajadores confundidos por la mediocridad política. Esa que con disimulo a veces ridículo, hace obras que parecen reconciliadoras, pero que no conducen a una verdadera solución de la tragedia que se vive— se redima y santifique como mártires y llevaderos de la pasión del Cristo mismo, a los jóvenes que fueron arrebatados no solamente por matones pendencieros y bocones, sino también por los cómodos y silenciosos que los rodean.

El autor es médico.

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