Madre, doncella del amor

Mayo es el mes de María, cuando en los campos florecen las azucenas y los lirios, la hierba trasciende olor a tierra mojada y en la copa de los árboles, cuando el lucero del alba asoma, los pájaros en febril alegría desgranan al viento el canto del Ángelus.

Ella desde sus altares de blancos cirios, cual celestial mensajera, nos llama a celebrar con un grato sentimiento la nobleza de la mujer, que una vez llena de amor, desde lo recóndito de los jardines de su alma, haciéndose partícipe de la bondad y perfección de todo cuanto Dios creó originalmente, decidió ser: ¡Nuestra Madre!

Bella y delicada mujer en cuyo vientre este amor se hizo fruto para madurar en la vida de su hijo, a quien le entrega la belleza oculta de su alma, desde este momento, abriga un objetivo; predilecta misión a la que dedica sus pensamientos, pues ella quiere que el germen que en su vientre ha hecho nido, sea mañana un ser predestinado, una personalidad especial, que sobre todas las cosas manifieste un sentido axiológico aún más, el valor absoluto: Dios, con lo cual determine cualidades que lo distingan en la sociedad y en el buen vivir de la familia.

Ansiado anhelo, en el que al fin el tiempo llega… un hijo, un sueño cumplido. ¡Ah, bello embeleso del alma! (…) una bella mujer sumergida en el éxtasis de un infinito amor; de sus ojos deja escapar dulces lágrimas, cual el rocío de la madrugada que apacienta en el cáliz de la rosa de un jardín primaveral.

Ella, tierna y amorosa, inspirada en el cariño maternal por el hijo de sus deseos, que en sus brazos abriga, recibe la invitación que está implícita, a su condición de madre; para disfrutar en una emocionante experiencia. Cuidar y proteger el crecimiento físico y espiritual de este ser, entregarle su calor, cariño y seguridad, educarle, instruyéndole en el evangelio del amor, las buenas costumbres y, por ende, en la fe como un acto de inteligencia y como el fundamento de la adhesión a Dios.

Y cuando todo ha quedado atrás, y la vida sigue, como sigue el amor; esta abnegada mujer, recuerdo de nuestra infancia, no olvida que en su corazón coexiste o convive, para el que en la aurora de su vida entre sus brazos se durmió, un íntimo sentimiento que solo su corazón percibe en la alegría como en la tristeza.

¡Oh, Madre bendita! ¡Oh, bienaventurada mujer!, cómo no amarte, cómo no adorarte, si eres tan noble y tan bella como la Madre de Nazaret a quien el Verbo Divino buscó para hacerla doncella de su amor.

El autor es poeta y escritor.

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