Nicaragua y la crisis en EE.UU.

Se dice que el presidente de los Estados Unidos (EE.UU.) afronta actualmente tres grandes crisis simultáneas.
Primero, la crisis de salud pública causada por la pandemia del Covid-19, que ha dejado hasta ahora más de 100 mil personas muertas; segundo, la crisis económica y social provocada por la misma pandemia, por la cual más de 40 millones de estadounidense han perdido sus empleos y están dependiendo del subsidio público; y tercero, la violencia racial y política por el asesinato de un afroamericano a manos de un policía blanco, que ha motivado protestas callejeras, violencia contra las autoridades, vandalismo y saqueos.

Esta triple crisis de EE.UU. es del máximo interés para Nicaragua, porque se trata de su principal socio comercial y financiero y el origen de gran parte de las remesas familiares, que son un soporte de la economía nacional.

Además, la problemática de EE.UU. también es de primordial importancia para Nicaragua, por razones políticas fundamentales. Ante todo para el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, porque EE.UU. es su principal crítico exterior, su implacable sancionador y promotor de un cambio político en Nicaragua que vaya de la dictadura hacia la democracia. Por la misma razón, lo que sucede en los EE.UU. le interesa vitalmente a la oposición democrática nicaragüense, que tiene en el gobierno de ese país a su aliado externo más poderoso en la lucha para lograr la democratización de Nicaragua.

Hay quienes aseguran que por esa triple crisis el presidente Donald Trump no se podrá reelegir en las elecciones de noviembre próximo. Si así fuese, la política de los EE.UU. hacia Nicaragua podría cambiar radicalmente. El sucesor de Trump sería el candidato del Partido Demócrata, Joe Biden, quien fuera vicepresidente de Barack Obama que aplicó una política de complacencia y cooperación con el régimen comunista de Cuba, y vio con ojos benignos a las otras dictaduras del hemisferio. Biden ya ha dicho que restablecería la política de Obama hacia Cuba, lo cual significa que también mejoraría las relaciones con las dictaduras de Venezuela y Nicaragua. Y en tal caso sería mucho más difícil el restablecimiento de la democracia en estos países.

Sin embargo, otros analistas no creen que la derrota electoral del presidente Trump sea inevitable. Recuerdan que en 1972, cuando fue asesinado el líder negro Martin Luther King, hubo disturbios raciales peores que los de ahora, pero en ese mismo año Richard Nixon levantó la bandera de la ley y el orden y arrasó en la elección presidencial de noviembre.

También opinan que por muchos esfuerzos que hagan los adversarios y enemigos del presidente Trump, no lo podrán culpar por la pandemia del coronavirus y sus efectos desastrosos en la gente y la economía de los EE.UU. Ni lo pueden responsabilizar por la violencia racial y los saqueos organizados por los grupos de extrema izquierda.
En todo caso, la incógnita se despejará el 3 de noviembre cuando los electores estadounidenses decidan si Trump seguirá en el mando presidencial, o tendrá que cederlo a Joe Biden.

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