La ley de hierro de la oligarquía

En toda organización, partido político, sindicato, gremio o asociación, hay siempre una tendencia aristocrática. Este fenómeno, que el sociólogo Robert Michels estudió a principios del siglo pasado y consagró en su obra “Los partidos políticos” como la “ley de hierro de la oligarquía”, tiene lugar debido a la complejidad cada vez mayor de las tareas de toda organización y la necesidad de contar con líderes profesionales, altamente especializados. Los liderazgos emergentes y gratuitos son reemplazados por liderazgos permanentes y asalariados. El control democrático sufre una disminución progresiva y de allí que las principales organizaciones que actúan y dan vida a la democracia, sean profundamente antidemocráticas; una contradicción que pareciera insalvable.

Unos más, otros menos, nadie escapa a esta ley de hierro: organizaciones vociferantes en su crítica al caudillismo y el verticalismo imperante en los partidos políticos, no se inmutan ante la incongruencia de liderazgos prolongados en su seno durante años. Con una lógica torcida, se considera que la no reelección es un principio válido en el ámbito constitucional, pero no en el doméstico.

¿Se trata, realmente, de un fenómeno inevitable? La no reelección, la alternancia en los cargos, las elecciones primarias, las consultas revocatorias, la elección por sorteo o rotatoria, son algunos remedios.

La reversión de esta tendencia se topa con la consideración social de la política como algo sucio y con el poco o nulo interés en participar en sus actividades. En la democracia de masas la política se ha convertido en un negocio de expertos y profesionales, de élites que han hecho de ella su modus vivendi, mientras el grueso de la gente se dedica a sus negocios particulares y se contenta con asistir a las urnas cada número años.

En Nicaragua enfrentamos, además, una tradición política caudillista. Se trata de un particular sistema de vigencias sociales, en el que la figura del supremo dador o patriarca, heredero del cacique y el conquistador, ocupa el lugar central. Sistema de vigencias donde creencias e ideas tales como la alternancia en los cargos, la competencia pacífica, el cambio y las diferencias como algo bueno y deseable, el respeto a la ley, se encuentran ausentes.

Bien harían las cámaras del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) en seguir el ejemplo marcado por algunos de sus líderes, para que nueva savia alimente a su dirigencia. Y bien harían también los partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil, en seguir el ejemplo de los empresarios. La nueva forma de hacer política a que tantos aspiramos, solo será posible si logramos cambiar esa manera negativa y atrasada de pensar, vivir y hasta de soñar, que está en el origen de tantos males.

El autor es jurista y catedrático universitario.

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