Revolución: progreso y regresión

Cada 11 de julio los liberales de Nicaragua conmemoran el aniversario de la Revolución Liberal de 1893, un hecho trascendental que cambió la sociedad y la historia de Nicaragua.

La revolución liberal en Nicaragua, que lideró el caudillo José Santos Zelaya, igual que todas las revoluciones que han ocurrido en el mundo tuvo resultados positivos, pero también consecuencias negativas. Esto es importante recordarlo y tenerlo en cuenta, sobre todo ahora que se ha desatado una fuerte corriente internacional para tratar de reescribir la historia, para borrar los hechos históricos que se consideran negativos y dejar solo los que se tienen como positivos.

La historia está llena de hechos tanto positivos como negativos. La revolución liberal de Nicaragua tuvo consecuencias buenas y malas, admirables y deplorables. Esto hay que reconocerlo, ante todo porque eso fue lo que ocurrió realmente pero también porque admitir el pasado integralmente es indispensable para construir un mejor presente y futuro.

Independientemente de que la Revolución Liberal de 1893 fue impuesta mediante una guerra sangrienta y destructiva entre hermanos nicaragüenses —de las muchas que han asolado a la república a lo largo de su historia—, significó un avance progresista en muchos aspectos de la vida económica, política y social.

Para mencionar algunos cambios positivos principales que promovió la revolución liberal, ella separó al Estado de la Iglesia; estableció la enseñanza pública laica, el matrimonio civil y el divorcio; impulsó el desarrollo económico de tipo capitalista en el país; proclamó el voto universal directo y secreto para todos los ciudadanos; reconoció constitucionalmente la libre emisión del pensamiento y prohibió la reelección presidencial, considerando que el intento reeleccionista del presidente conservador Roberto Sacasa fue la chispa que encendió la llama de la revolución.

Pero la revolución liberal también produjo regresión. Entre otras consecuencias regresivas, hay que decir que impuso el predominio sectario del partido en el poder inclusive por medio de la represión violenta, poniendo fin al ambiente de tolerancia política que había en el país desde que finalizó la Guerra Nacional. La revolución liberal de 1893 abolió la transparencia y honestidad gubernamental, que fuera una característica y motivo de orgullo de todos los gobiernos conservadores. Allí comenzó la época vergonzosa de la corrupción política, que no termina hasta ahora.

La revolución liberal puso fin a la alternabilidad democrática en el poder, que habían practicado los gobiernos conservadores a lo largo de más de 30 años. Aunque prohibió formal y constitucionalmente la reelección presidencial, el caudillo liberal José Santos Zelaya se atornilló en el poder por las vías de hecho y mediante el uso de la fuerza, durante 14 años, hasta que la resistencia conservadora y de parte del liberalismo, apoyada por la presión de los Estados Unidos, lo sacó por la fuerza.

Sin embargo, sería una torpeza histórica y política negar el significado positivo de la revolución liberal para el devenir de Nicaragua. Lo mismo sería derribar la estatua del general Zelaya y otros monumentos que recuerdan a aquella revolución liberal que, para bien y para mal, cambió el curso de la historia nacional.

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