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UNAN, Managua, protestas, armas de guerra

El recinto de la UNAN Managua fue tomado por paramilitares, después del ataque perpetrado contra los estudiantes. LA PRENSA/Roberto Fonseca

Universitario sobreviviente al ataque armado en iglesia Divina Misericordia: «Creímos que todos moriríamos»

"Aquel ataque muestra a los Ortega-Murillo como lo que son, unos criminales de lesa humanidad, unos asesinos de niños, de estudiantes, de campesinos”, acusa desde el exilio

“Nosotros realmente creímos que eso había sido todo para nosotros. Pensé en que iba a ser un muerto más en la lista, un número más”, dice, seguido de una exhalación profunda, mientras recuerda con sentimientos encontrados lo que vivió cuando tenía 23 años, hace dos años, un 13 de julio como hoy, cuando paramilitares armados atacaron a estudiantes atrincherados en el recinto Rubén Darío de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (Unan-Managua). Andrés Casanova, era uno de los que pensó que ese día moriría.

Las balas empezaron a sonar pasado el mediodía del 13 de julio de 2018. El ataque, que se mantuvo por varias horas,  inició por la rotonda universitaria, eran armas de considerado calibre que disparaban sin clemencia con dirección a los universitarios, que intentaban soportar la furia de los paramilitares con lanza morteros y bombas artesanales. Fue una lucha desigual, perdían terreno y fueron replegados hasta refugiarse en la Iglesia Divina Misericordia, que también fue acribillada a balazos.

Los huecos dejados por los disparos siguen en sus paredes, como una prueba clara de la dimensión de la brutalidad contra jóvenes universitarios. Gerald Vásquez López, de 20 años, y Francisco Flores, conocido como “el oso”, fueron asesinados, mientras otros, resultaron heridos.

Andrés fue uno de los que entonces se preguntaba ¿Dónde estaba el “oso”? Pero lo vieron cuando los primeros rayos del sol aparecieron. “Es algo horrible, espantoso volver a recordarlo porque generalmente no pudimos ver cuando cayó, solo mirarlo ahí, tirado con su lanza mortero y su encendedor y queriendo ir a traerlo y no nos dejaban. Cada vez que alguien quería salir, disparaban cobardemente”, cuenta Andrés desde su exilio en Costa Rica, donde se las ha ingeniado para sobrevivir.

Él, como muchos estudiantes, se involucraron en las protestas de abril de 2018 con el objetivo de luchar por la autonomía universitaria y reclamar justicia por los primeros muertos, que debían ser reconocidos como universitarios. Pasaba las noches en la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), y una vez que los estudiantes se tomaron la Unan-Managua, él se quedó con ellos hasta el final, incluso, fue responsable del portón dos de esa casa de estudios, lo que implicaba pasar noches en vela y siempre estar pendiente ante cualquier agresión. Él mismo carga con una bala incrustada en su hombro derecho, recibida en uno de los ataques.

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El aire acondicionado de la parroquia Divina Misericordia cogió fuego durante el ataque de los paramilitares al templo. LA PRENSA/U.MOLINA

 

Sin compasión

Mientras todo esto sucedía, en Managua, el dictador Daniel Ortega, se refugiaba junto a Rosario Murillo, en la estación de la Policía Orteguista en Masaya. Fue la edición del repliegue de 2018 en la que no hubo discursos desde el corazón de Monimbó, que seguía atrincherado, sin saber que cuatro días después, las barricadas caerían por el fuego de paramilitares.

Andrés es uno de los sobrevivientes del ataque a la Unan-Managua. Fue expulsado por las autoridades de su universidad cuando cursaba el cuarto año de Ingeniería Civil. Sus sueños se han truncado, y pese a que deseaba seguir estudiando en Costa Rica, aun no ha podido. Está exiliado desde el 14 de septiembre de 2018, salió por potreros con el temor de ser encontrado y capturado. Del lado tico se sintió aliviado, e inició el trámite de refugio, a la vez, fue voluntario en una organización que ayudaba a nicaragüenses que como él, huyeron después de la brutal represión estatal de 2018.

El ataque que vivió lo marcó, sus recuerdos aun son frescos. Antes de irse a Costa Rica pasó por casas de seguridad, y del lado tico ha trabajado en empresas que instalan  fibra óptica, cámaras de seguridad y después ingresó al mundo de los restaurantes, en el que se sigue desempeñando. No ha podido estudiar.  Siente rencor por las autoridades de la universidad, por la dictadura, que no tuvieron compasión. Y también hay melancolía y agradecimiento por las personas que estuvieron con ellos, apoyándolos en todo; los médicos que los cuidaron.

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No obstante, explica que a dos años de todo lo que pasó en 2018 y lo que vivieron, no se puede decir que fracasaron. Piensa que el sacrificio de sus compañeros de lucha, ha servido para dejar en evidencia la clase de verdugos que gobiernan Nicaragua.  Cree que a nivel nacional e  internacional el Frente Sandinista y la dictadura Ortega-Murillo quedó al descubierto «como lo que son, unos criminales de lesa humanidad, unos asesinos de niños, de estudiantes, de campesinos”, acusó.

Y todavía, sin respeto al dolor

Pese a los 24 meses que han pasado desde aquella barbarie y sus consecuencias, el régimen no se ha detenido. Sigue causando dolor en quienes ese día perdieron a un pariente. Hace unas horas por ejemplo, al menos cuatro patrullas, unos 15 antimotines y otros tres de tránsito, asedian la iglesia Divina Misericordia, donde Susana López, madre del universitario Gerald Vasquez, rendía un homenaje a su hijo asesinado.

López permanece en el lugar junto a otros cuatro jóvenes, algunos de ellos también sobrevivientes del ataque. Todos llegaron para recordar la memoria de Vásquez, cuando las patrullas empezaron a llegar y se aparcaron en las entradas principales de la iglesia, por lo que los jóvenes temen salir.

 

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