Furia contra las raíces

Caen por todas partes las estatuas. Sobre todo, en Estados Unidos. Pero también en otras partes. Entre las favoritas están las de Colón; más de treinta han sido tumbadas o vandalizadas. Igual lo han sido algunas de Fray (San) Junípero Serra, Churchill, Jefferson, etc.

Ni el mismo Washington escapa el furor. El pecado de ellos es que tuvieron esclavos, expresiones racistas, o trataron de imponer sus propias culturas, como dijo en España la militante de LGTBI Sonia Vivas, al avalar el ataque de la efigie de Fray Junípero en Palma: que el santo llevó enfermedades a los indios y trató de suplantar sus culturas —signo infalible de racismo—.

No es difícil advertir en este movimiento iconoclasta un profundo rechazo de todas aquellas figuras que fundaron o inspiraron las actuales sociedades de occidente. También la huella del marxismo, la ideología que reduce la historia a una lucha entre oprimidos y opresores. Los primeros suelen ser los negros, los indios, los pobres, las mujeres, los homosexuales, etc. Los segundos los blancos, los capitalistas, los ricos o los machistas. Los primeros son todos víctimas totalmente inocentes, que bien podrían vivir en el paraíso si no fuese por los segundos, mientras estos son personajes sin ningún valor, más que la maldad y la codicia. De aquí que merezcan ser callados y, si posible, para siempre, como intentó el comunismo. Por eso debe borrarse, también, toda huella de su dominio cultural y político.

En esta visión no hay lugar para la gratitud hacia quienes crearon con sus sacrificios y sabiduría la sociedad política más exitosa de la tierra. Ella solo ve y exagera sus defectos, abusos y pecados.

De nada sirvió que con Colón viniese la humanizadora fe cristiana y el valioso legado tecnológico y cultural de Europa.

De nada sirvió que San Junípero quemara su vida y sufriera mil penalidades, no solo por evangelizar a los indios, sino por enseñarles rudimentos de agricultura y fundarles numerosas escuelas, hospitales y hospicios.

De nada sirvió que Jefferson legara a la nación la formidable declaración de independencia y contribuyera a diseñar la forma de gobierno más exitosa del mundo.

Es cierto que Colón y personajes como Fray Junípero trataron de cambiar la cultura indígena. Es lo normal en todo celo misionero, igual que de todo celo de los revolucionarios o de los LGTB. Todos quieren cambiar normas culturales que parecen inhumanas o dañinas y sustituirlas por otras consideradas mejores.

Esta visión tampoco reconoce las prácticas terribles del pasado indígena, como las frecuentes guerras intertribales y los sacrificios humanos tan bien descritos en la película Apocalipto, de Mel Gibson. Ni tampoco quiere ver causas de la pobreza de la población negra que, como decía el comentarista de dicha raza, John Kass, “no fueron causadas por Jim Crow ni el racismo”, sino por el welfare, o políticas de subsidio a las madres solteras, “que ha causado, en mi opinión, incentivar a las mujeres negras a casarse con el gobierno y permitir a los hombres abandonar sus responsabilidades financieras y morales con sus familias. Hemos ido de 25 por ciento de niños negros nacidos fuera de matrimonio en 1965, a cerca del 70 por ciento actual”.

Desafortunadamente estas visiones de la historia no están confinadas a las turbas violentas. Recientemente los legisladores demócratas de California decidieron remover de su capitolio la estatua de Colón y la reina Isabel, erecta en 1883.

CNN, aplaudiendo el hecho, comentó que “en años recientes muchas ciudades y estados han reemplazado el Día de Colón con el Día de los Pueblos Indígenas, en reconocimiento del dolor y terror causado por Colón y otros exploradores europeos”. Bien podría haber añadido CNN que en Nicaragua Ortega cambió el Día de la Hispanidad por el Día de la Resistencia Indígena. Bien podrían sugerir demoler el coliseo pues representa la crueldad romana.

Es la visión típica de la izquierda, empeñada en borrar el pasado y negar nuestra identidad. Pues quienes poblamos América no somos mayoritariamente indios ni negros, sino mestizos, o descendientes de europeos.

Darío lo expresó magistralmente: “Soy un hijo de América, soy un nieto de España”.

Negar nuestras raíces es negarnos a nosotros mismos y un acto de ingratitud inmensa a nuestros antepasados.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro Buscando la Tierra Prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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