Una guerra contra Dios

En la sucesión de ataques terroristas y sacrílegos contra templos, imágenes y otros símbolos sagrados de la Iglesia católica de Nicaragua, el peor ha sido sin duda el de este viernes 31 julio en la Catedral de Managua, contra la capilla, el sagrario y la imagen de la Sangre de Cristo, la más venerada del catolicismo nicaragüense.

Como ha sido ampliamente informado en los medios de comunicación, una bomba incendiaria de las llamadas “cocteles molotov” fue lanzada por un sujeto encapuchado, contra la capilla de la Sangre de Cristo, provocando un incendio que destruyó el sagrario y calcinó la imagen del Cristo Crucificado.

Esta imagen no solo es la más venerada por los católicos de Nicaragua sino también una de las más antiguas en el país. Según declaraciones ofrecidas el año pasado por el sacerdote Raúl Herrera, la imagen sagrada llegó hace 383 años, procedente de Guatemala, y entre otros milagros se le atribuye el de haber detenido en 1850 una peste de cólera.

Históricamente la imagen de la Sangre de Cristo perteneció a la iglesia de San Antonio, en Managua, en el barrio del mismo nombre en el antiguo centro de Managua arrasado por el terremoto del 23 de diciembre de 1972. La imagen fue rescatada de las ruinas de dicho templo, llevada a la iglesia de la comarca de Monte Tabor, cerca de Managua, trasladada después a la parroquia de Pío X, y finalmente, cuando se construyó la nueva Catedral de Managua fue colocada allí en una capilla especial de adoración permanente.

Según informaciones del diario LA PRENSA, en los días anteriores al ataque terrorista y sacrílego contra la capilla, el sagrario y la imagen de la Sangre de Cristo, delincuentes no identificados entraron por la fuerza a la capilla Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Nindirí, y a la capilla de la parroquia de Nuestro Señor de Veracruz, en Masaya, las que fueron profanadas y saqueadas por los criminales.

En el caso del ataque incendiario contra la capilla e imagen de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes lo calificó como un acto terrorista y consideró que era obvio que había sido cuidadosamente preparado.

Por eso llamó poderosamente la atención, y para muchos resultó al menos sospechoso, que la vicedictadora Rosario Murillo, se haya apresurado y adelantado a asegurar que el incendio en la capilla de la Sangre de Cristo había sido provocado por las veladoras que encienden habitualmente los feligreses en respaldo simbólico de sus oraciones.

El cardenal Brenes desmintió de hecho a la vicedictadora, porque quienes estaban en la Catedral en el momento del atentado, vieron al incendiario y hasta le respondieron una pregunta, antes de que arrojara la bomba contra la capilla. Además, la dictadura viene librando una especie de guerra generalizada contra la Iglesia católica, o sea contra Dios, después de que el 19 de julio de 2018 Daniel Ortega la acusara de golpista. De manera que es fácil imaginar de donde vienen los atentados sacrílegos que ocurren sistemáticamente.

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