Si es posible compartir

En todos los países del mundo se están pasando momentos difíciles y duros: el hambre y el desempleo sigue creciendo de una manera alarmante. Muchas personas se han vuelto dependientes del alcohol, las drogas y la delincuencia.

La brecha entre ricos y pobres se va haciendo cada día más grande. Las instituciones mundiales abocadas a estos problemas se ven como impotentes para resolverlos.

Hay muchas personas que llevan el dolor, la decepción, la incapacidad, la indiferencia, la impotencia, la muerte grabada en la cara y en el cuerpo. ¡Esta es la mayor tristeza de nuestros años!… ¿Qué puedo hacer? ¿Me he habituado a ello?

Nos estamos cansados de hablar del tema y echar la culpa a los demás… ¡Tenemos que compartir! Compartir el pan quiere decir compartir lo que tenemos, lo que somos, lo que hacemos. Como dice el refrán: “Reparte tu pan y te sabrá mejor.”

La verdad es que todos, gobernantes y ciudadanos, seguimos mirando este mundo nuestro de una manera demasiado egoísta, solo desde la perspectiva de nuestro yo. Por eso, a la hora de mirar el hambre de los demás, nos lavamos las manos y decimos, como los discípulos le decían a Jesús: “Despide a esa gente para que se vayan a las aldeas y se compren algo de comer” (Mt. 14, 15).

No se nos ocurre decir: “Aquí hay cinco panes y dos peces. “¿Por qué no nos sentamos y los repartimos y así podremos comer todos? (Mt. 14, 17-21).

Muchos prefieren, gastar lo mucho o poco que tienen en fiestas, bares, celulares, internet… Y cuando se nos pide algo, no queremos dar y no queremos ni dar siquiera las migajas que caen de nuestra mesa a los más de mil millones de Lázaros que hambrientos las esperan (Lc. 16, 19-21).

El egoísmo, tanto a nivel mundial como nacional, familiar o individual, nos está incapacitando para poder hacer el mismo milagro de Jesús: multiplicar el pan para hacer posible que todos coman.

El Dios revelado en la Biblia es un Dios apasionado y compasivo. Dios se “compadece” con la persona humana porque la ama, padece con el ser humano, roto, desahuciado, humillado, sin esperanza y necesitado.

Isaías el profeta intenta levantar los ánimos de los desterrados, los que sufren con la esperanza de la inminente vuelta a su tierra. La compasión se muestra con una sencilla imagen: un vendedor ambulante que ofrece a hombres hambrientos y sedientos su mercancía: trigo, agua, vino y leche. Estos productos son para todos, gratuitos y el único requisito exigido es tener necesidad de comer y beber. (Is. 55, 1-3). Tenemos que aprender a compartir con amor lo que tenemos.

Se nos invita a la confianza inquebrantable en el amor de Dios, que es el fundamento de nuestra seguridad. Dios compadeciéndose nos sostiene y fortalece frente a las vicisitudes de la vida. (Rom. 8, 35.37-39).

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