Libertad o muerte

La libertad en Nicaragua no será posible conquistarla sino a un precio muy alto. Como muy bien dijese en un reciente y excelente artículo el empresario y expresidente de Funides, Gerardo Baltodano (Confidencial 29, 9, 2020): “Las dictaduras no se van por su gusto”. Salir de ella, aunque sea en forma no violenta, nos dice, “no significa la inexistencia de costos personales, mucho menos de costos económicos para el país y es muy probable que implique una fuerte desestabilización social”.

En efecto, y tal y como hemos comentado en otras ocasiones, es ingenuidad creer que Ortega va a dar elecciones libres y observadas, que las va a perder, y que entonces se irá a su casa, como ocurrió en 1990.

Eso no quiere decir que debamos desentendernos de pelear la batalla electoral, ni mucho menos, sino que debemos estar preparados para resistir y derrotarlo cuando el trampee y niegue al pueblo nicaragüense su sagrado derecho a escoger sus gobernantes.

Tendremos entonces dos caminos para lograrlo: el muy preferible y noble de la lucha no violenta, o el muy duro y desgarrador de la lucha armada.

La primera opción, el de la resistencia pacífica o no violenta es, y con mucho, la mejor. La otra siembra con facilidad odios, puede fomentar liderazgos autoritarios, y tiene un gran potencial destructivo.

Pero, como dice Baltodano, hay que estar advertidos de que la no violencia no es fácil ni indolora: exige cuotas enormes de sacrificios personales y suficientes ciudadanos dispuestos a perderlo todo; desde sus bienes hasta sus vidas. Sin embargo, si esto se consigue, sus posibilidades de éxito son tremendas y las consecuencias de su triunfo mucho mejores. Una victoria conseguida en batallas sin armas facilita el construir una nueva cultura cívica basada en el respeto y la tolerancia.

El gran reto, entonces, es ¿estamos dispuestos a pagar el precio de la libertad? De quiénes y cuántos respondan a esto dependerá el futuro de Nicaragua. Si son muchos, o suficientes, los dispuestos a incomodarse, a exponerse a ser confiscados, a salir a la calle y ser maltratados, encarcelados e, incluso, asesinados, los días de la dictadura estarán contados. Esta podrá golpear duro, arreciar al máximo su represión, pero no podrá prevalecer contra un pueblo dispuesto a conquistar la justicia y la libertad al costo de sus propias vidas.

Para esto se necesitará de hombres o mujeres como el patriota norteamericano Patrick Henry, quien en vísperas de la independencia de su país se dirigió a sus indecisos colegas revolucionarios con estas palabras: “¿Es la vida tan querida o la paz tan dulce como para que sea comprada al precio de las cadenas y la esclavitud? ¡No lo permita Dios omnipotente! No sé que opciones otros puedan tomar, pero lo que soy yo, denme libertad o denme muerte”.

Es precisamente en esa disposición de luchar a muerte por un ideal donde está la clave de la derrota del tirano y de la liberación del país.

Disposición que constituye la esencia del patriotismo, virtud que busca el bien común o de los compatriotas, por encima de los intereses personales, virtud que, en última instancia, es y debe estar arraigada en el amor y no en el odio.

Virtud que se espera de todos, y no solo de unos pocos héroes. Todo ciudadano tiene un deber moral de luchar, sufrir y exponerse, por el bien de su terruño, de la colectividad donde nació.

Unos lo harán de una forma y otros de otra; pero nadie está eximido de este deber, que es un sentimiento de corresponsabilidad por el bien de sus conciudadanos y que, en el fondo, es consecuencia del amor al prójimo.

La lucha contra la dictadura de Ortega, que es lo mismo que la lucha por el bien de los nicaragüenses de hoy y mañana, probará si los nicaragüenses somos suficientemente valientes y patriotas como para merecemos la libertad y la patria justa que anhelamos.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro Buscando la Tierra Prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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