Golpe mortal contra nuestra identidad

Poco después de que todo el país presenció estupefacto el atentado terrorista que redujo a cenizas la capilla de la Sangre de Cristo y su venerada imagen de 382 años en la Catedral de Managua, monseñor Rolando Álvarez pronunció estas palabras durante su homilía del pasado domingo en Matagalpa.

“Siempre, estos momentos de prueba, de oscuridad, de dificultad, concluyen en el gran final… de la Resurrección.

Los nicaragüenses hemos de depositar el dolor que padecemos en el alma, en el corazón de Jesús. Los nicaragüenses hemos de depositar, este dolor, este golpe, bárbaro, lleno de barbarie, lleno de crueldad contra la historia de nuestra patria, contra la cultura nuestra y contra nuestra propia identidad.”

Y agregó: “ha querido ser un golpe mortal para la identidad misma, para la nicaraguaeidad nuestra; pero debemos depositar esto en el corazón de Cristo, nuestro dolor, como lo hace siempre la Iglesia porque sabe que en el corazón de Cristo encontraremos consuelo, refugio, fortaleza, paz, libertad, vida y vida, en abundancia”.

Monseñor Álvarez tenía razón porque entre las pocas obras de arte que han perdurado durante los casi 400 años de vida independiente, sobreviviendo 4 terremotos, dictaduras, guerras civiles, incendios de la capital, estaba la venerada imagen de la Sangre de Cristo, y como dijo el cardenal Leopoldo Brenes, “no se quemó por accidente, por una veladora, sino por un acto de terrorismo cuidadosamente planificado”.

Quien arrojó el artefacto incendiario acelerante (posible un bomba molotov), sabía que la venerada imagen estaba cubierta de una cúpula compuesta de plexiglás o vidrio acrílico altamente inflamable, montada sobre una estructura de aluminio.

No se necesitaban veladoras, ni cortinas imaginarias, que como dijo el Cardenal, nunca estuvieron ni cerca de la venerada imagen, mucho menos el culpable sería el “atomizador mágico”, que no se derritió con el voraz incendio, que consumió completamente la cúpula que protegía la sagrada imagen, derritiendo incluso el aluminio.

Sería demasiada casualidad, que la preciosa imagen de la Sangre de Cristo que ha visto pasar bajo sus pies casi toda la historia de vida independiente de nuestro país, haya terminado quemada “accidentalmente” bajo la actual dictadura, que casualmente ha llamado a los obispos “golpistas” y durante una época en que el hecho no figura como un caso aislado, sino que es parte de una serie de graves agresiones y profanaciones contra la Iglesia católica y sus pastores.

No es mi estilo acusar sin pruebas, me gusta siempre plegarme con los hechos y como periodista, ser objetivo. Pero hay una serie de evidencias circunstanciales que apuntan solo en una dirección. La Policía, en lugar de buscar a esa persona que los testigos describen como un encapuchado que anduvo preguntando “donde era la capilla de la Sangre de Cristo”, se llevan detenidas a las testigos y las someten a un extenuante interrogatorio con la idea de desvirtuar la versión que le dieron al cardenal Brenes y que este calificó como un atentado terrorista.

El mismo papa Francisco el domingo pasado en la Plaza de San Pedro calificó el voraz incendio como un “atentado”, manifestando su pesar, pero a la vez dando consuelo al afirmar “queridos hermanos nicaragüenses, estoy cerca de vosotros y rezo por vosotros”.

El experto en temas seguridad Roberto Cajina manifestó a LA PRENSA que no cree en la versión de la veladora y que la Policía lo que está haciendo es adaptándose al guión de Rosario Murillo, después de que ella, apenas se conoció el incendio manifestó a priori que la causa había sido veladoras que ponen los promesantes.

Pero volviendo a monseñor Álvarez, éste termina su homilía con una nota de optimismo, de fe y esperanza sobre el futuro, “es un futuro sombrío muchas veces, para caminar a la luz. Al final se ve la luz de un nuevo amanecer, de un nuevo país donde reine la paz, la justicia, la libertad donde podamos trabajar con serenidad…. donde se podrá caminar sin miedo, rendir culto en los templos sin miedo a que se incendien….”

Dios escuche pronto a Monseñor Rolando Álvarez.

El autor es periodista, ex ministro y ex diputado.

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