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ELEAZAR BLANDÓN

La familia Blandón Herrera logró completar el proceso de repatriación del cuerpo de Eleazar y le darán cristiana sepultura en Jinotega. LA PRENSA/JADER FLORES

«Me duele mucho que mi hijo no va a conocer a su papá». La historia del migrante nicaragüense que murió por un golpe de calor en España

Un mismo sueño, una misma muerte. El padre de Eleazar Blandón Herrera, que murió de un golpe de calor en una plantación de sandías en Murcia, falleció en 2016 también por la misma causa cuando era migrante en Texas

La familia Blandón Herrera revive una pesadilla. Es como si se tratase de un déjà vu sobre una tragedia familiar: Padre e hijo mueren en un país lejano, bajo las mismas circunstancias y en busca del mismo sueño. El padre murió en 2016 y su hijo el pasado 1 de agosto. Ambos contaban con su boleto de regreso a Nicaragua, uno desde Texas y el otro desde España, pero ninguno logró volver a casa con su familia.

«Desde que se fue, sólo se fue a sufrir y que le pasara todo esto, aún no puedo creerlo. Es una pesadilla», alcanza a decir Karen Altamirano y el llanto la ataca. Ella es la viuda de Eleazar Blandón Herrera, un inmigrante nicaragüense que murió por no recibir atención inmediata luego de sufrir un golpe de calor en una plantación de sandías, donde trabajaba en Murcia, España.

Las jornadas laborales de Eleazar sumaban hasta 12 horas diarias, bajo un inclemente sol y sin poder beber agua. Las temperaturas promedio 44°C, un asador al exterior. Pero lo que más le pesaba, cuentan, era aguantar humillaciones y malos tratos. «A él le decían boludo porque no tenía la misma agilidad que los demás. Él le dijo a mi mamá, aquí me humillan, me tratan mal y es muy pesado (el trabajo)», relata Karla Blandón Herrera a LA PRENSA, una de las hermanas de la víctima.

Eleazar, de 41 años y originario de Jinotega, al norte de Nicaragua, era conocido por su carisma, alegría y por ser buen bailarín. Le gustaba bailar salsa y merengue. Engendró cinco hijos, pero el último -un bebé de siete meses- ya no lo pudo cargar.  Se vio obligado a irse del país en octubre de 2019 – cuando el bebé aún se gestaba en el vientre de su madre – tras una racha de desempleo, y llegó a España donde actualmente vive Ana, otra de sus hermanas. En todo ese tiempo allá, el jinotegano trabajó de cargador de agua y al final cortando sandías. Llevaba apenas dos meses en el plantío cuando la muerte lo sacudió, como también sacude ahora a su familia.

Karla Blandón Herrera y Anthony Blandón Hernández, hermana e hijo de Eleazar Blandón Herrera. LA PRENSA/JADER FLORES

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De acuerdo a los compañeros de trabajo de Eleazar, la víctima llegó al trabajo diciendo que se sentía mal, pero sus superiores no le dieron atención. Las últimas declaraciones de los testigos – dice Karla – es que al momento de caer desmayado su hermano, por el golpe de calor, el jefe de cuadrilla le tiró un balde agua para «reanimarlo», fue cuando él empezó a vomitar. Sus compañeros lo sentaron, pero nuevamente volvió a desfallecer.

“Él andaba bien débil (…) más que el golpe de calor, fue la negligencia en trasladarlo al hospital (lo que lo mató). Él desde que llegó al trabajo, llegó mal y así se puso a trabajar», expresa Karla.

“Cuando él llegó al hospital, lo pusieron en la silla de ruedas, él llegó vivo. Duele en el alma la forma en cómo lo trataron, usted no tiene idea, ver cómo lo despedimos (del país) y luego ver esa foto que sale todo quemado, ni la sombra de lo que él era, eso duele, escuchar todo ese maltrato y humillaciones que él tuvo allá. A él lo dejaron morir porque los médicos y los policías le dijeron a mi hermana que si lo hubieran traído (a tiempo al hospital) él estuviera vivo”, agrega Karla.

«Ni para comer tengo»

A cinco días de su muerte, Karen, viuda de Eleazar, sigue en shock. Se rehúsa a aceptar que no volverá a ver a su esposo y que su hijo nunca conocerá a su padre. «Me duele mucho que mi hijo no va conocer a su papá y yo trato de estar bien por mi bebé, él me necesita (pero) mi corazón con cada minuto que pasa se siente peor», declara Altamirano a LA PRENSA.

No había un día que Eleazar no llamara a su esposa y viera a sus hijos. De hecho, en la última conversación que tuvo Altamirano con su esposo, él le comentó que tenía fiebre, escalofríos y dolor de cabeza. «Le dije ya no vayas por el amor a Dios, pero nunca pensé que ese día iría. Era doloroso cuando me decía ‘como no voy a ir si ni para comer tengo», comparte Altamirano.

Esta parte de la última conversación que tuvo Karla Altamirano con su esposo Blandón, quien murió el 1 de agosto.

Anthony Blandón, hijo de Eleazar, tampoco acepta la pérdida de su papá, a quien califica de un excelente padre y un «mejor amigo». «Éramos muy unidos (…) no lo creo (que se haya muerto), creo que hasta el día que lo vea voy a creer totalmente, él era todo para nosotros», dice el joven de 19 años, con la mirada perdida en un rincón de la sala.

Padre e hijo: el mismo sueño, el mismo destino

María Francisca Herrera, madre de Eleazar, revive todo lo que sintió hace cuatro años, cuando recibió repentinamente -al igual que ahora- la mala noticia de que su esposo, Pablo Benjamín Blandón, había muerto de un golpe de calor de Texas, Estados Unidos. Ella está tan sensible -comparte Karla- que ver una foto o escuchar el nombre de su hijo hace que se le alteren los nervios.

A Karla le parece increíble cómo la vida de su hermano terminó de igual forma que la de su papá. Hay tantas similitudes que le da escalofríos pensarlo. Don Pablo Blandón, también inmigrante, se fue a Estados Unidos tras el «sueño americano»,  para darle una mejor vida a su familia -tal como lo hizo su hijo Eleazar-, pero un 25 de junio de 2016 el solazo bajo el que trabajaba también lo cegó. Trabajaba como ayudante de construcción.

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«Los dos corrieron con la misma mala suerte, porque mi papá, en su condición de inmigrante, entre días trabajaba y otros días que no. Él soñaba con venir a ver a mi mamá y sacar a mi hermano (en la graduación). Mi hermano (Eleazar) se fue con el sueño de trabajar para tener una casa, darle a su familia un lugar seguro y poner un negocio de comida rápida… él quería una vida mejor para ellos de la que nosotros tuvimos porque nosotros tuvimos una vida de bastante carencia», confiesa Karla.

Un boleto que nunca se usó

Eleazar Blandón tenía previsto regresar al país el 24 de octubre, porque la pandemia del Covid-19 que arrasó con vidas en España también había golpeado la economía y había transformado los entornos laborales. Donde trabajaban dos, ahora sólo admitían a uno y él había quedado sin trabajo como repartidor de agua. Fue entonces que se aventuró a buscar trabajo y lo encontró en un campo lejano cosechando sandías por unos 30 euros diarios, dependiendo lo que recogía. 1,236 córdobas más o menos, monto que allá a penas le alcanzaban para su comida del día.

Padre e hijo contaban con un boleto de regreso a Nicaragua, ambos también para el mes de octubre. Tres días antes de morir Eleazar, su mamá le compró un boleto para que se regresara a casa, pero también por la pandemia, la fecha tentativa se había corrido hasta octubre. «Yo prefiero enjaranarme (endeudarse)  pero tenerte aquí seguro y que no estés aguantando hambre, sol y que te estén tratando mal», le dijo doña María a su hijo.

Uno de los hermanos de Eleazar compró el boleto y se le envió por WhatsApp a él, para que lo imprimiera. «Ay hermano, me estás salvando la vida pero me falta el dinero para hacerme la prueba del coronavirus», fue la contestación de Eleazar. Entonces se fue a trabajar para recoger el dinero para la prueba que exige Nicaragua como requisito de entrada al país. «Él ya sabía, andaba alegre porque ya se iba a venir, el boleto tenía fecha prevista de viaje para el 24 de octubre», cuenta Karla su hermana.

Su meta inicial era recoger todo el dinero posible para venir a darle a su familia una casa, asegurar los estudios de sus hijos y emprender un negocio, pero después todo se vino abajo y solo quería reunir dinero suficiente para regresar a Jinotega. «Él estando allá se ponía hacer los cálculos, tanto vale el carrito, tanto tengo que invertir, él llevaba cuentas, su sueño era ese, seguir adelante y que sus hijos estudiaran», comenta su hermana Karla.

La esperanza de velar su cuerpo

Una de las últimas fotos de Eleazar junto a su hermana Ana, en España. LA PRENSA/CORTESÍA

Ana Blandón, quien se encuentra en España, lleva ya cinco días sin poder ver el cuerpo de su hermano. Las autoridades del hospital le dicen que por medidas de seguridad ante la pandemia del nuevo coronavirus solo se lo entregarán una vez que aseguren la funeraria o su repatriación, explica Karla.

Ana, junto a un organismo nicaragüense en España, están haciendo las diligencias para que las autoridades públicas pueden permitir la salida al cuerpo y que también hagan justicia a la muerte de Eleazar. De acuerdo a Karla Blandón, Ana y el organismo están auxiliándose de un sindicato de trabajadores para acusar por homicidio al jefe de cuadrilla y dueño de la finca. Ellos manejan las condiciones extremas de trabajo, presionan a los trabajadores y en el caso de Benjamín, actuaron con negligencia al dejarlo desmayado bajo el sol – de acuerdo a relatos de excompañeros a la familia – y fueron inhumanos al dejarlo tirado frente a la clínica. Pero aún ahí, Benjamín seguía con vida.

En Nicaragua, Karla ya solicitó al Ministerio de Gobernación la repatriación del cuerpo de su hermano. Le contestaron que ya enviaron un correo a las autoridades de España y que le llamarán por cualquier respuesta que se obtenga del caso. La familia Blandón Herrera no pierde la esperanza de que puedan darle una cristiana sepultura a su hermano, no importando cuánto tiempo tengan que esperar. Ellos rechazan la opción de que Eleazar sea incinerado.

«Nosotros vamos a luchar y hacer todo lo que está a nuestro alcance para traer el cuerpo. Nosotros con mi papá nos aferramos a traer el cuerpo, porque lo primero que nos decían es incinerar, y eso a nosotros nos parte el alma porque aquí no estamos acostumbrados a eso, siento que eso es como volverlos a matar», expresa Karla, quien señala que si para velar a su papá esperaron un mes,  por su hermano Eleazar pueden esperar mucho más, aunque la espera sea angustiante.

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