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Esta es parte de la historia de Edgard Parrales

Edgard Parrales, el hombre que dejó el sacerdocio para meterse a la política

Edgard Parrales fue sacerdote, miembro del grupo de los 12 en la Revolución Sandinista y embajador de Nicaragua en la OEA. Renunció al ejercicio sacerdotal y posteriormente se casó, hace ya 31 años. Se distanció del sandinismo porque quedó “harto” de los comandantes

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A los siete años de edad, Edgard Parrales rezaba todos los días. Tenía un pequeño altar en su cuarto al que le ponía veladoras, estampas de santos y una Virgen. A esa edad ya le había dicho a su madre sus dos deseos: quería internarse en el Seminario para convertirse en sacerdote y tener una biblioteca repleta de libros.

Unos años después, su papá, un paramédico de la Guardia Nacional, al mirar su actitud reacia a tener novia por su vocación religiosa, de vez en cuando le decía: “Te voy a llevar donde las putas”. Parrales le contestaba que había que obedecer a Dios antes que a los hombres, y años después lo comprendió y apoyó en su vida religiosa.

Esta tarde de finales de octubre de 2020, Parrales está sentado en la sala de su casa. Hay cierto tono tenue en el ámbito porque no entra mucha luz. Los ojos se achican cuando los flashes de la cámara disparan para capturarlo al frente de los más de 10 mil libros que componen la biblioteca que inició cuando tenía 13 años de edad. “Me gusta leer de todo: historia, arte, literatura, leyes”, dice Parrales y agrega: “Mi pasión es leer”.

Su otra pasión son las leyes, y más específicamente el Derecho Constitucional. Esa materia fue una de las que impartió durante 15 años en la Universidad Autónoma de Nicaragua (UNAN), hasta que llegó la rebelión de abril de 2018, y después de sus apariciones públicas en Canal 10, donde llegaba de una a dos veces por semana, las autoridades universitarias no contaron nunca más con él.

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Actualmente se siente cómodo en la posición de analista político: “Me cansé de estar en organizaciones donde tengo que apoyar una posición aunque no esté de acuerdo, por eso con mis análisis defiendo mi independencia”.

Además del aspecto de profesor bonachón, Parrales vivió en carne propia pasajes de la historia reciente de Nicaragua: el triunfo de los sandinistas, la descomposición de la comandancia, la suspensión contra él y cuatro sacerdotes más de parte de Juan Pablo II por ocupar cargos en los años 80, y roces con algunos líderes de la revolución como el comandante Tomás Borge. De estas anécdotas y el amor con Carmen Córdova, su primera y única esposa, hablará más adelante.

La familia de Edgard Parrales. Él es el primero de derecha a izquierda. LAPRENSA/Cortesía.

Padres

Edgard Francisco Parrales Castillo nació el 16 de noviembre de 1942. Hijo de Francisco Arturo Parrales Téllez, un paramédico capitalino, y Dominga Margarita Castillo Mora, también capitalina, pero de ascendencia de Granada. Su madre se metió al negocio de bienes raíces, es decir, compraba casas, las remodelaba y vendía. Cuando se dio el terremoto de 1972, su mamá conservaba cuatro casas para alquiler. Las que había comprado hechas, se cayeron y las que ella construyó, quedaron firmes.

Otro de los hechos trascendentales en su vida fue la muerte de su mamá en 1999. Ella vivía en Estados Unidos, y había entrado en coma. Parrales llegó, le habló al oído y ella reaccionó, tuvo una leve mejoría. La trasladaron a un hospital donde brindaban atención diferenciada y él permanecía con ella durante el día, pues sus hermanos debían ir a trabajar y de noche lo relevaban. Regresó a Nicaragua y a los 12 días ella murió. No pudo ir al funeral, porque no tenía dinero para el pasaje, pues ya el primer viaje lo había conseguido al crédito con amigo dueño de una agencia de viajes y se le iba a hacer muy difícil económicamente asumir una deuda adicional. “Cuando ella murió, sentí que se me vació el alma y que caí en un abismo profundo, insondable. Pasé días como zombi”. A los cuatro años falleció su padre, también en Estados Unidos.

Amor

Una tarde de 1988, después de una manifestación del Frente Sandinista en la Plaza de la Revolución, mientras Edgard Parrales estaba platicando con el embajador de España, en las afueras del cine González, una muchacha pasó apresurada frente a ellos.

“El evento ya terminó”, le alcanzó a decir Parrales. El embajador se despidió, y él le ofreció un aventón a su casa y la invitó a comer. Cuando supo que se llamaba Carmen Dolores Córdova, hija de Rafael Córdoba Rivas, miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, le propuso visitarla para ver a su padre, quien ya había sufrido un accidente cerebral.

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“Así nos empezamos a enamorar, hasta el día de hoy y a los cuatro meses nos casamos”, dice Parrales, quien junto a Carmen Córdova cumplirán 32 años de casados en marzo de 2021. Con ella viviría uno de los momentos que más le han impactado: el nacimiento de su primera hija. Aquel día, por su afición a la fotografía, Parrales llevó una cámara para retratar el parto. Un doctor, cuando revisó a Carmen con los dolores, le dijo que tenía cinco centímetros de dilatación y que había tiempo de sobra hasta que ella diera a luz. El médico se fue a comer y Carmen parió unos minutos después. Parrales aventó su cámara para sostener la cabeza de su primera hija mientras nacía.

“Fue sorprendente presenciar el milagro de la vida”, dice Parrales, quien es interrumpido por una pequeña perra Boston Terrier que se escapa a la sala donde hacemos la entrevista. Se toma unos minutos para sacarla nuevamente al patio, mientras conversa brevemente con su hija menor, con la que vive junto con su esposa.

De pie, segundo de izquierda a derecha, mientras estudiaba en el Seminario. LAPRENSA/Cortesía.

Lo único que ha podido separar a Parrales y a su esposa es la pandemia del coronavirus. Ella, que tiene defensas orgánicas bajas, se ha autoaislado en un cuarto, mientras él duerme en otro. Para comer, ella sirve la comida, pero los tres miembros de la casa comen en cuartos separados. “Yo estoy bien sano, pero ella le tiene mucho miedo al Covid-19”.

En los años ochenta, Edgard Parrales fue designado embajador de Nicaragua en la Organización de Estados Americanos (OEA). En Nicaragua, varios obispos no estaban de acuerdo en que él y otros tres sacerdotes más: Ernesto y Fernando Cardenal y Miguel d’Escoto ocuparan cargos en el Gobierno.

“A todos nos preguntaron si queríamos ser sacerdotes o políticos. Los otros respondieron que eran sacerdotes y políticos. Yo respondí que político e inicié mi solicitud de reducción al estado laical”, dice Parrales.

Revolución

Un mes antes del triunfo de los sandinistas en 1979, Edgard Parrales pasó escondido en una casa de seguridad de la que saldría hasta el 19 de julio, el día que los guerrilleros entraron victoriosos a la Plaza de la Revolución.

Luego de la renuncia de Felipe Mántica y Carlos Gutiérrez Sotelo, del grupo de los Doce –intelectuales y personalidades que apoyaron al Frente Sandinista–, fueron incorporados Reynaldo Teffel, Roberto Argüello Hurtado y Edgard Parrales. De manera que cuando triunfan los sandinistas, Parrales sube a la tarima donde se encuentra a Rosario Murillo, pero ella tuvo una actitud desdeñosa con él que hoy no quiere detallar.

Parrales conocía a Murillo desde algunos años atrás, cuando ella era secretaria de Pedro Joaquín Chamorro, en LA PRENSA. Él llegaba a su casa donde se hacían reuniones para hablar de política. “Ella participaba y estaba de acuerdo con los planteamientos democráticos. Cuando ella sale del país y conoce a Daniel Ortega, y luego regresa a Nicaragua, es que ella cambia, ya viene en otras esferas”, dice Parrales.

Con sus condecoraciones de sexto grado. LAPRENSA/Cortesía.

Ni como representante ante la OEA ni como Vice Ministero del Seguro Social, ni como Ministro de Bienestar Social cruzó más que un “hola” con Daniel Ortega. Sí recuerda que lo conoció cuando él estaba en la cárcel Modelo, de Tipitapa, porque Parrales era el párroco de la iglesia Perpetuo Socorro, que abarcaba toda la zona de la Casa Presidencial, Campo de Marte, la cárcel El Hormiguero, la Academia Militar y la Radio Nacional, ya que era una parroquia en la zona céntrica de Managua.

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Un día acompañó a una delegación de la Cruz Roja dentro de la prisión. De repente escuchó una voz que lo llamaba:

“¡Hey Parrales!”, se dio vuelta y miró que se trataba del “Chiri” Guzmán, quien había estudiado con él en la UNAN Managua. Llegó a saludarlo y él le presentó a sus tres compañeros de celda: Daniel Ortega, Lenín Cerna y Carlos Guadamuz.

Con quien sí tiene varias anécdotas es con Tomás Borge, comandante sandinista. En 1980 Parrales había leído un poemario escrito por Borge que le había gustado bastante. Entonces una vez que se lo encontró le dijo que le habían gustado sus poemas y que quería tener la oportunidad de hablar alguna vez con él.

–No se va a poder –recuerda que le respondió Borge, y Parrales le dijo que comprendía que estuviera ocupado pero que tal vez más adelante se podría.
–Es que nunca se va a poder –le dijo Borge, a pesar de que Parrales ya ocupaba cargos dentro del Frente Sandinista.

-De acuerdo, Comandante, así será- le contestó Parrales.“Y cumplí, pues nunca me le acerqué de iniciativa mía, aun cuando en tres ocasiones coincidimos en actividades durante la Revolución”.

¿Se arrepiente de haber dejado el sacerdocio?
“Pues, lo lamento, porque me gustaba ser sacerdote. Pero también me gusta la política. En todo caso, lo importante es vivir una vida coherente. Vivir conforme a lo que pensás y tus valores. Lo peor del ser humano es vivir de una manera y pensar de otra manera”.

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Trayectoria

Con el gobierno sandinista de los años ochenta, fue Vice Ministro de la Seguridad Social; Ministro de Bienestar Social; Embajador de Nicaragua ante la OEA; Director General de Relaciones Nacionales e Internacionales de la Asamblea Nacional y Secretario General de la Procuraduría General de Justicia. Entre otros programas que impulsó en el área social, como Vice Ministro y Ministro estuvieron la creación de los Centros de Desarrollo Infantil (CDI); programas para impulsar a pequeños artesanos; atención a los niños desvalidos y maltratados; plan de regeneración psicosocial de prostitutas; atención a los ancianos y los planes de vacaciones en familia para los trabajadores.

Como Embajador ante la OEA le tocó defender a la revolución sandinista. Fue un trabajo que se lo plantearon en el DRI (Departamento de Relaciones Internacionales) personalmente encomendado por el Comandante Bayardo Arce, pero que estaba orientado desde la Junta de Gobierno y la Dirección Nacional del Frente Sandinista.

En marzo de 1991, perdidas las elecciones por el Frente Sandinista, participó en una asamblea departamental de Managua del partido. Fue un verdadero campo de batalla. Un sector fuerte quería seguir actuando en la lógica de “gobernar desde abajo” y otro sector, no menos numeroso (con el que se identificaba) abogaba por insertarse en el proceso democrático. Entonces, allí se originó el germen de lo que después iba a ser el Movimiento Renovador Sandinista (MRS). El nunca integró el MRS, porque dice que quedó “harto” de los comandantes y en este partido había muchos comandantes.
Acompañó a su amigo Alejandro Serrano Caldera en su movimiento político Convergencia Nacional. Después a su otro amigo Virgilio Godoy, en el Partido Liberal Independiente (PLI), en el que estuvo diez años hasta 2006, cuando “Eduardo Montealegre se metió y vino la debacle del partido”, dice.

Con muchos excompañeros del Frente Sandinista mantiene una relación amigable, dentro de lo posible.

Fue profesor de la UNAN desde 2013 a 2018, hasta la rebelión de abril de 2018. LAPRENSA/Óscar Navarrete

Religioso

De pequeño, Edgard Parrales le gustaba jugar con soldaditos. Tenía como 500 piezas, entre ellas cañones, aviones, barcos y carros militares. Todos estos juguetes se los entregó a un sobrino cuando cumplió los 13 años de edad y entró al internado para estudiar para sacerdote.

Ahí estuvo ocho años, en los que solo tenía 15 días de vacaciones por cada año. Estuvo solo en Nicaragua durante ese tiempo, porque su familia se mudó a Estados Unidos para conseguir tratamiento a un hermano que padecía de polio.

De manera que cada vez que tenía vacaciones, Parrales las pasaba donde una tía. Tenía prohibido ir al estadio, restaurantes, ir al cine o a una discoteca. Le estaba vedado reunirse aún con primas. Recuerda que había un Rector en el Seminario que decía: “¿Es su prima? Suprímala”. “No conocí una novia durante ese tiempo, ni nada de lo típico de la adolescencia”, dice Parrales.

En el Seminario se destacó como centro delantero, bibliotecario y en el coro de la iglesia, además era cartonero en clases. Por esa razón fue que uno de los eventos más impactantes de su vida fue aquel día lluvioso que llegó a Roma. Era de tarde, había llovizna y estaba nebuloso. Cuando se paró frente a la Basílica de San Pedro, Parrales sentía que de la emoción flotaba.

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