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Comisión
Celebro la iniciativa de don Fabio Gadea Mantilla y el doctor Carlos Tünnermann, que de alguna manera vienen a llenar ese vacío de autoridad que está faltando en la oposición nicaragüenses. Su edad y trayectoria, son la garantía de que no están queriendo quedarse con el mandado. Esta comisión es, a mi manera de ver, como ese profesor que llega a un aula donde todos están hablando y nadie oye a nadie. El profesor pide silencio, luego da la palabra, y finalmente pide que se vote y que gane la mayoría. No impone. Tampoco es que haya seguridad de que esto va a funcionar, pero, aunque no lo parezca, es un paso importante para la unidad opositora en tanto sirve para ordenar el molote.
Caudillo
La historia política de Nicaragua es la gráfica del perro mordiéndose la cola. Siempre en círculo, volviendo a lo mismo. La explicación es aparentemente sencilla: tenemos incrustado en nuestra cultura política el gen del caudillo, el “hombre fuerte” (o la mujer fuerte), la dirección nacional, el mesías, el santo de la procesión, por eso siempre estamos buscando la cara salvadora, el candidato, cuando ya sabemos que lo que nos jugamos está lejos de ser cosa de una sola persona.
Recetas
Pretender ignorar esta realidad, sin embargo, ha llevado al fracaso a muchas iniciativas políticas, que se ven muy bonitas en el papel, pero a la hora de aplicarlas se vuelven un enredo de padre y señor mío. Y no entendemos por qué. No hay recetas únicas. Nicaragua no es Europa, ni Estados Unidos, ni siquiera El Salvador, que es, a mi criterio, el país que más se nos parece. ¿Significa esto que debemos resignarnos al caudillismo? No, definitivamente no. Solo tenerlo en cuenta para entender por qué los nicaragüenses le damos tanta importancia al candidato, a las juntas o a las comisiones.
Lapidaciones
La cosa funciona más o menos así: racionalmente repudiamos la idea de un caudillo, pero instintivamente lo buscamos. Esa contradicción se manifiesta en la lapidación, digamos generalizada, de todo el que asoma la cabeza. Nadie nos parece estar a la altura de nuestras expectativas porque en el fondo lo estamos comparándolo con el caudillo que ya no debe ser. Y en ocasiones alguien prefiere quedarse con el viejo y dañino caudillo que darle un voto de confianza a esa cara nueva que no estuvo a la altura de nuestra evaluación.
Zancadillas
El gran problema que tenemos es que los grupos tradicionales de la política están yendo a elecciones seguros de que después de ellas, Daniel Ortega estará ahí todavía. Quieren ganar, claro está, pero por todo y todo también postulan para el segundo lugar. Eso explicaría las zancadillas y autosabotajes que se ejecutan contra la unidad, a veces, quiero creer, de manera inconsciente. ¿Cómo se puede ganar si se juega para perder?
Unidad
La unidad se logra con requisitos mínimos, no máximos como algunos pretenden. Lo básico para saber quién está adónde. Muchos, por lo anteriormente dicho, buscan en realidad la atomización, la dispersión opositora, en nombre de la unidad, cuando la condicionan a una larga lista de requisitos, que al final no los cumple nadie, ni siquiera el mismo que los exige. Esa es una de las principales tareas de esta Comisión de Buena Voluntad: conciliar en sus mínimos términos tantas exigencias opuestas y, de paso, poner en evidencia a quienes en realidad reman hacia la otra orilla.
Placebo
Si el caudillismo es una adicción de nuestra cultura política, esa Comisión de Buena Voluntad es una especie de placebo: sustituye a esa figura de autoridad que inconscientemente buscamos, pero es inocua por las características de las personas que la componen. Reconozcámoslo: nuestra clase política no tiene la madurez de sentarse y encontrar una solución entre iguales. Hace falta el maestro, la autoridad, aunque sea moral, que pide silencio al vocerío del aula de clases, y ordena la agenda a discutir. Y así, habrá unidad, si los saboteadores de siempre no lo impiden esta vez.