Estrella es una yegua de dos años y medio de vida, que jalaba carretones con grandes cargas y usaba herraduras muy pesadas y de mala calidad, que le destruyeron los cascos. El maltrato la volvió arisca y desconfiada. Agresiva. No confía en los humanos. Nadie se le puede acercar, por los traumas que le ocasionó su dueña, en Linda Vista, Managua, donde fue rescatada en noviembre de 2020.
Junto a Estrella viven otros quince caballos y yeguas que recibieron maltrato físico y psicológico de parte de sus antiguos dueños. Esos equinos fueron rescatados en condiciones similares a las de Estrella, con fracturas, desnutridos, sin un ojo o cerca de morir por un aborto provocado. Otros corrieron peor suerte, ya que fueron encontrados muertos o destazados.
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Los 16 animales están vivos gracias al trabajo que hace en El Mirador de Galán una agrupación dedicada desde el 2016 al rescate, rehabilitación y cuido de los equinos. Su fundadora, Anne Zemmour, de Francia, vio la realidad que viven esos animales cuando llegó a Nicaragua para trabajar como bibliotecaria en la Alianza Francesa.
En ese entonces, en Altamira, Managua, un caballo maltratado, de nombre Galán, se desmayó frente a sus ojos. Nadie hacía nada por él y Anne llamó a algunas organizaciones que se dedican al rescate de los animales abandonados y maltratados por sus dueños, pero nadie pudo darle respuesta. Fue entonces que vio un vacío y a la vez una oportunidad de ayudar.
Ella logró hablar con el dueño de Galán y este accedió a que le dieran tratamiento, sin embargo, seguía maltratando al equino. Días después, el hombre conocido como “mata caballo” le ofreció vendérselo, pero Anne no tenía el dinero. Cuando regresó a rescatar a Galán, el hombre afirmó que lo había vendido, pero Anne asegura que el animal había muerto por el estado en que estaba y no pudo rescatarlo.
No obstante, sí lo hizo con Luna, una yegua en manos del mismo dueño de Galán. La compraron y luego de ser rehabilitada fue puesta en libertad en una finca.
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Luego vinieron más y más denuncias. Anne, junto a Nancy Manzanares Solís, de 38 años, decidieron organizarse y fundar El Mirador de Galán, el 14 de febrero de 2016, en honor al equino que no pudieron rescatar con vida. Galán era un caballo con una mirada triste y de miedo, la misma mirada de los animales maltratados y que cambia cuando sienten una esperanza de vida.

«Este proyecto está centrado únicamente en el rescate de caballos, porque existen otras organizaciones que trabajan rescatando a otros animales, pero los caballos necesitan atención y yo tengo experiencia en caballos y tampoco existía un espacio como este», dice Anne.
Además de El Mirador de Galán también existen otras organizaciones, como Fundación Adán, que realiza rescates desde el año 2010, pero que no se dedica únicamente al rescate de caballos. «Rescatamos, principalmente, perros y gatos. Cuando podemos, caballos u otras especies, como zarigüeyas, aves, tortugas. Estas últimas son llevadas al Zoológico Nacional o liberadas en zonas seguras», cuenta Eliza Quiroz, presidenta de la organización.
¿Cómo se hacen los rescates?
Los rescates inician a través de las denuncias que realizan las personas por medio de las redes sociales. Luego, Anne junto al resto de voluntarios se movilizan al lugar y tratan de valorar la situación en la que se encuentra el caballo. Siempre piden que la persona que hace la denuncia espere a que ellos lleguen, y que llamen o hablen con la Policía, institución que, según Anne, les ha dado apoyo en los rescates. “Al inicio no nos contestaban las llamadas, íbamos al puesto de la Policía y no nos atendían. Ahora acuden cuando los llamamos”, contó.
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Cuando están en el lugar, el veterinario valora al equino, le dan agua, ven si tiene dolor y si está deshidratado. Luego trasladan al equino al centro de rehabilitación, ubicado en Masaya. En los días que siguen, el veterinario hace exámenes de sangre, de heces, después lo desparasitan y se ve si tiene alguna enfermedad. La mayoría de los caballos que han rescatado llevan fracturas por el duro trabajo al que eran sometidos.

Existen ocasiones en que es difícil realizar un rescate. El caso más reciente ocurrió el miércoles 10 de febrero, cuando acudieron a un barrio de Managua, ante una denuncia de un caballo maltratado, pero el dueño presentó una carta de compra y venta del equino y no pudieron llevarlo al refugio. “Fue frustrante para nosotros, porque pasamos dos horas luchando para atender al caballo y lograr rescatarlo, pero al final no pudimos hacer nada y tuvimos que irnos”, dice Anne.
Ante esta situación, el especialista en derecho animal, Alberto Argüello, dice que aunque en Nicaragua se aprobó en el 2011 la Ley 747, Ley para la Protección y Bienestar de los animales domésticos y animales silvestres, jamás se puso en práctica.
Argüello refirió también que el Código Penal, en el artículo 391, tipifica el maltrato animal como una falta. Dice que al «que maltrate, someta a tratamientos crueles» a los animales se impondrá una pena de seis meses a dos años de prisión, pero no se ha conocido algún caso donde se impongan esas penas.
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«Sería justo que las autoridades competentes deban poner más atención al maltrato animal que sufren estos caballos y creo que sería justo que cada uno tenga licencia, y registro de salud y que en cada distrito y alcaldía del país existan unidades municipales de salud y bienestar animal, para erradicar el maltrato y proteger la vida de estos animales que son el sustento de al menos 50,000 familias en Managua», estima Argüello.
La recuperación de los caballos depende del estado en que son rescatados. Hay algunos, como Estrella, que se recuperan físicamente en tres meses, pero hay otros como Amaretto, un caballo que se encuentra en el refugio llamado El Galope, en Diriomo, que tardó dos años en recuperarse. Otros no sobreviven y se mueren.

«Lo más triste es ver morir a un caballo, después de haber luchado para que sobreviviera», cuenta Geovanny Murillo, de 33 años, quien es voluntario desde hace tres años en la organización. Él se encarga de llegar primero a los lugares donde se hace la denuncia y organiza el rescate. Murillo le dedica cuatro días a la semana a este proyecto.
Nancy comparte, además, que como mujeres rescatistas se enfrentan a muchos retos: «Las mujeres podemos rescatar perros, pero no caballos, porque piensan que es tarea de hombres. La gente nos ve como locas, pero no hay necesidad de fuerza. Lo que se necesita es paciencia y buena vibra. Si te le acercás a un caballo queriéndolo dominar como lo hacen los carretoneros, el caballo va a resistir», explica.
Apadrinar un caballo
Para apadrinar un caballo, el costo oscila entre los 50 dólares mensuales, esto se divide entre el pago del cuidador, que son unos 10 dólares; la comida, que incluye concentrado, más paca, son unos 30 dólares, más el casqueo, unos 10 dólares.
La agrupación sobrevive de las donaciones que realizan otras personas y organizaciones. “Todos somos voluntarios, pagamos nuestro transporte, nuestra comida, jamás tomamos dinero para nosotros, todo sirve para los caballos”, dice Anne.
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Actualmente en el grupo hay 12 voluntarios, que realizan actividades de limpieza y dan de comer a los equinos. Una de ellas es Jennifer Bustos, de 21 años, quien se integró al voluntariado desde hace dos semanas y por primera vez colaboró con la limpieza y el cuido de los caballos.
¿Se puede adoptar un caballo?
El refugio está sobrepoblado. Es un espacio de cinco manzanas, y cada caballo necesita al menos una manzana de tierra para poder desplazarse y no dañar la tierra, para que pueda crecer el pasto, explica Anne. Con esto se ha abierto la posibilidad de la adopción, pero para hacerlo la persona debe contar con un espacio amplio para tener en libertad al equino. Debe tener recursos para que pueda ser atendido por un veterinario y que este no explote al caballo de ninguna manera. “En este refugio, ellos lo único que hacen es vivir su vida de caballo”, afirma Anne.
El refugio actualmente es el hogar de Niño, Pegaso, Consentido, Dolly, Amaretto, Ocaso, Pirata, Cupcake, Berta, Gina, Rainbow, Rayo, Esperanza, Princesa, Bela, Estrella y Aquiles, cuyos nombres fueron escogidos por sus rescatistas.

























