El artículo de Humberto Ortega titulado Cohabitación y caos, publicado el martes 17 de febrero pasado en LA PRENSA, provocó como era de esperarse una viva reacción en las redes sociales y otros sitios habituales de debate público.
Humberto Ortega es general retirado del Ejército, fue uno de los nueve comandantes de la revolución y jefe del Ejército Popular Sandinista. Pero sobre todo es hermano del dictador Daniel Ortega. Sin embargo, en julio de 2018 Humberto Ortega respaldó la demanda de la oposición de adelantar las elecciones de 2021 para tratar de resolver de manera pacífica e institucional la violenta crisis sociopolítica que estalló en abril de ese año. Por ese pronunciamiento público de su hermano, Daniel Ortega lo atacó furiosamente y lo insultó al extremo de llamarlo “peón de la oligarquía y sirviente del imperialismo”.
Ahora Humberto Ortega dice en su artículo publicado en LA PRENSA, que después de las elecciones hay que concertar “un Acuerdo Nacional de cohabitación democrática”, para sacar a Nicaragua del “atolladero desgastante” en que se encuentra. Y un par de semanas después, el académico y exembajador de Daniel Ortega en Estados Unidos (EE. UU.), Arturo Cruz Sequeira, al presentar su precandidatura presidencial sugirió que es necesario un entendimiento con el sandinismo que representa el 35 por ciento del electorado.
Lo dicho por Cruz Sequeira fue interpretado en la plaza pública de las redes sociales, como algo afín al planteamiento de Humberto Ortega y a otras opiniones que se han expresado, acerca de un acuerdo nacional de conciliación política y social para evitar que Nicaragua se siga hundiendo en la crisis económica y perdiendo su futuro.
Es comprensible que ante la magnitud de la crisis política y el aparente callejón sin salida en que se encuentra el país, no solo se hagan planteamientos rupturistas para la salida de la dictadura, propios de la cultura y la tradición política de Nicaragua, sino que también se oigan algunas voces conciliatorias.
Pero al margen de especulaciones sobre supuestas intenciones ocultas en unas y otras voces, hay que decir que cohabitación no es la palabra apropiada. Cohabitación es un concepto de la política francesa, referido a la obligada relación y necesidad de compartir funciones entre un presidente elegido por voto popular, perteneciente a un determinado partido político, y el jefe de gobierno o primer ministro que pertenece a otro partido de ideología distinta, pero que también ha sido votado mayoritariamente en las elecciones parlamentarias. Lo cual no es el caso de Nicaragua.
Ahora bien, en la opinión opositora pública y las redes sociales el planteamiento de reconciliación y convivencia con el sandinismo provoca un absoluto rechazo. En el bando sandinista hay odio y afán de revanchismo contra los opositores porque quisieron derrocar a Ortega en abril de 2018. Pero en el lado opositor también hay rechazo total a los sandinistas, a los que se les quiere sacar del poder por vías de hecho, o de las elecciones, y llevarlos a los tribunales para que paguen por la matanza de 2018 y demás agravios que han hecho y siguen haciendo contra la gente democrática azul y blanco.
Todo lo que se pudo avanzar en la reconciliación nacional durante los gobiernos democráticos de los años 90, lamentablemente se revirtió con la restauración de la dictadura sandinista en 2007, pero sobre todo a partir de la despiadada represión desatada desde abril de 2018.