Una cuestión que siempre me planteo sobre Dios, no está tanto en si existe o no, sino en la clase de Dios sobre el que hablamos.
La cuestión no está en si somos creyentes o no, sino de qué Dios somos creyentes o ateos. Más que negar a Dios, lo que mucha gente niega es una determinada idea sobre Dios.
Quizá nosotros, los cristianos, hemos sido portadores y transmisores de un Dios que facilitaba el ateísmo y dificultaba la fe. Ese es un falso dios.
El Dios que nos enseñó Jesús, no es: el Dios enemigo del ser humano, de la vida, de la felicidad. El Dios que solo le encanta asustar a la gente y aterrorizarla. El Dios que inquieta y amarga la existencia. El Dios que engendra temor, pues está en una constante amenaza sobre el hombre. El Dios de nosotros, los cristianos, no es el Dios que amarga la existencia de los hombres.
Nuestro Dios es el Dios libre que desea la libertad en todos los hombres. Es el Dios rico en misericordia (Ef 2, 4), precisamente porque es amor (1 Jn 4, 8) y quiere que nosotros también seamos siempre amor. “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que en él crean, sino que tengan vida eterna” (Jn 4, 16).
Es el Dios eminentemente humano, el que siempre está a favor de todos los seres humanos y así quiere que seamos también nosotros.
Es el Dios que siempre salva (Ef 2, 5), sin pedir nada a cambio y así quiere que todos nosotros seamos también. Es el Dios cuya definición es “amor” (1 Jn 4, 16; Ef 2,4). Y eso mismo quiere de nosotros.
Es el Dios vida (Ef 2, 5) y quiere que nosotros seamos así también. (Jn 3, 14). Por eso, siempre nos sentimos orgullos de poder decir como Salomón: “no hay Dios como nuestro Dios” (2 Cron 6, 14).
Así pues, creo en un Dios Bueno, que nos quiere a todos por igual y que lo ha hecho todo para todos sus hijos.
Creo en el Dios que está presente y activo en todo lugar donde se busca y se realiza la justicia, la verdad y el amor verdadero.
Creo en el Dios que siempre respeta la dignidad y la libertad humana. Ofrece sus dones a todos, pero a nadie se los impone. Y ha puesto responsablemente la marcha de la historia en nuestras manos.
Creo en el Dios que ha creado un universo maravilloso, capaz de desarrollarse autónoma y evolutivamente, según las propias leyes que él mismo le dio al ponerlo en marcha.
Creo en el Dios que es misterio, al que se va conociendo poco a poco cada vez más de cerca, pero al que nunca podremos comprender del todo durante esta vida.
Creo en el Dios que históricamente se encarnó en Jesús, a través de María por obra del Espíritu Santo, mostrando así su radical solidaridad con la raza humana. Se hizo en todo semejante a nosotros, compartiendo nuestros dolores y nuestras esperanzas.
Creo en Jesús, que es Dios y es hombre, imagen visible del Padre, nuestro único y auténtico Salvador, luz y fuerza de Dios. Él es Señor del Universo y hacia él corre la Historia.
Creo que Jesús no solo perdona nuestros pecados, sino que además nos posibilita crecer cada vez más en humanidad y conocer cada vez más de cerca al Padre; nos convierte en hijos legítimos de Dios, constructores y herederos de su Reino.
Creo que Jesús está hoy presente en todo ser humano, pero especialmente en los pobres, enfermos y necesitados. Cuanto más y mejor ayudamos a los hermanos a crecer en humanidad más cerca estamos de Jesús y su Reino.
El autor es sacerdote católico.