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La Iglesia católica en el Bicentenario

La Iglesia católica de Nicaragua ha estado presente en la magna conmemoración del Bicentenario de la Independencia Nacional.

     No podía ser de otra manera. La Iglesia siempre ha tenido una presencia visible y protagónica en la historia nacional. La tuvo en los hechos trascendentales de la Independencia declarada en 1821. Ha estado presente en la historia de los doscientos años transcurridos desde entonces. Y lo sigue estando ahora, aunque les pese a sus enemigos y detractores.

     El vínculo de la Iglesia católica con Nicaragua comenzó desde el mismo año 1502, cuando Cristóbal Colón descubrió el territorio de este país en su cuarto y último viaje a las Américas. Con él venía el sacerdote franciscano fray Alejandro y a partir de entonces la Iglesia católica ha estado presente en Nicaragua, tanto en las duras como en las maduras.

     En el largo período del descubrimiento, conquista y colonización española de Nicaragua, la Iglesia católica defendió a los indios que eran víctimas de conquistadores brutales sin conciencia ni fe. Sacerdotes católicos se pusieron del lado de los nicaragüenses criollos y mestizos que luchaban por la independencia nacional. Todo eso sin perjuicio de que algunos curas y obispos religiosos a título personal estaban con los opresores, como lo hacen algunos también en nuestros días.

     Como ejemplos de la Iglesia al servicio del pueblo en aquellas épocas históricas, destacan los nombres de fray Bartolomé de las Casas y el obispo franciscano Antonio Valdivieso en el comienzo de la dominación española; y los de fray Benito Miguelena, el padre Benito Soto y el presbítero Tomás Ruiz, en la lucha para poner fin a la dominación colonial.

     Con esas credenciales y por su misión profética indeclinable, la Iglesia católica de Nicaragua ha tenido derecho y deber de hacerse oír en el Bicentenario de la Independencia Nacional, por medio de la voz profética de sus obispos. La Independencia de Centroamérica “es mucho más que una efeméride”, se dice en el Mensaje de la Conferencia Episcopal de Nicaragua en ocasión del Bicentenario. Y agrega que esta “entraña una herencia y un legado” que nos debe llevar “a reflexionar sobre la herencia del pasado…”

     Al contrario del discurso de odio contra la Iglesia católica que pronuncian a diario sus enemigos, el mensaje de los obispos es de paz y concordia, de llamado a la reconciliación y la unidad nacional para enfrentar y resolver, todos juntos, los grandes y graves problemas de Nicaragua.

     “Son muchos los conflictos sociales no debidamente satisfechos, las (necesidades) de los jubilados que no les alcanza para una vejez digna, la de los niños abandonados sin cariño y protección, la de los pueblos originarios marginados y excluidos de la sociedad, la de los migrantes, la de los privados de libertad por motivos políticos, entre otros problemas que nos aquejan”, señalan los obispos en su mensaje del Bicentenario.

     En la oscura y angustiosa situación actual de la nación, la Iglesia católica declara que “hoy necesitamos más que nunca autoridades lúcidas, sabias y respetadas que sepan conducirnos por caminos de amistad cívica, de diálogo tolerante y respetuoso, de búsqueda del bien común por sobre los intereses personales o partidistas y así encontrar sendas de justicia y paz social”.

     Ojalá se abrieran los oídos de quienes los tienen cerrados, que se ablandara el corazón de quienes lo tienen endurecido igual que el faraón del Antiguo Testamento; que entendieran por fin la imperiosa necesidad nacional de justicia, paz y respeto a los derechos humanos, y que se acogieran a los principios libertarios que hace 200 años inspiraron a los próceres de la Independencia Nacional y fundadores del Estado de Nicaragua.

     Qué bueno sería eso para que, como exhortan los obispos de la Iglesia católica, nos dispusiéramos todos “a construir una sociedad en valores, que como hermanos de una misma patria, nos lleve a vivir un espíritu de fraternidad, libertad y paz… comprometiéndonos a superar las divisiones y actitudes violentas y egoístas, (lo cual) implica una verdadera conversión de nuestra manera de pensar… que nos veamos como hermanos para que juntos construyamos una sociedad nueva, motivada por la caridad y solidaridad”.

     Quiera Dios que así sea.

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