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El sueño de Ariadna

Y además

El 17 de septiembre corriente publiqué en este mismo Diario la columna El vuelo de la perdiz. En ella mencioné a Ariadna, hija de Minos, el rey mitológico de Creta que mandó a hacer un superintricado Laberinto para encerrar al Minotauro, monstruoso ser mitad toro y mitad hombre.

Pero a pesar de que nadie que entrara a aquel Laberinto diseñado por el genial arquitecto Dédalo, podía salir, el héroe ateniense Teseo lo pudo hacer gracias a la ayuda de Ariadna.

Cuando estaba preparando aquella columna leí en el diario español El País un artículo del escritor chileno Carlos Franz sobre la escultura de mármol llamada Ariadna dormida, que se exhibe en el Museo del Prado de Madrid.

Franz escribe —y perdón por la cita extensa, pero la lectura es tan hermosa que vale la pena—: “La Ariadna dormida, que reposa en el Museo del Prado, aún ignora que su primer amor no volverá. Su sueño es profundo y tranquilo. Sus piernas están cruzadas y relajadas. Los pliegues de su túnica se abren mostrando los pechos. Su rostro descansa sobre el dorso de la mano izquierda. El otro brazo rodea su cabeza. Observándola, uno casi puede sentir el montículo de arena tibia que apoya su espalda, casi puede oírse el suave oleaje que se aproxima a sus caderas. La marea sube y su adorado Teseo no vuelve. Aunque no lo veamos sabemos que el otro, el futuro esposo, vividor y fiestero, la atisba. En los brazos de ese dios exaltado ella olvidará al héroe. Ariadna desconoce todo eso, todavía”.

La historia detrás de la hermosa estatua marmórea y del sugestivo texto del escritor chileno, es la siguiente:

El joven príncipe ateniense Teseo decide ir a Creta para poner fin a una dolorosa y humillante obligación que Atenas le paga regularmente. Es que Atenas fue derrotada por Creta en una guerra y quedó obligada a entregarle cada cierto tiempo, siete de las más hermosas doncellas atenienses y siete hermosos varones adolescentes. Esas personas escogidas debían servir de comida al Minotauro.

Los atenienses estaban cansados de esa inhumana obligación, pero no podían dejar de cumplirla. Entonces Teseo se ofreció para ir a Creta en el barco que llevaría un cargamento más de ofrendas humanas, con el objetivo de matar al Minotauro.

Al llegar a Creta, la princesa Ariadna se enamora de Teseo y le ayuda a cumplir su arriesgada misión. Le da al ateniense un ovillo de hilo para que lo desenrolle a medida que vaya entrando al Laberinto, y que después de matar al Minotauro le sirva para encontrar la salida. A cambio Teseo se compromete con Ariadna a llevársela a Atenas y casarse con ella.

La pareja huye de Creta, pero al pasar por la isla de Naxos naufraga la nave en que viajan. Nadan hasta la playa y allí se queda Ariadna, esperando, mientras Teseo va en busca de otra embarcación. Tarda mucho Teseo y Ariadna, cansada, se queda dormida en la playa.

Teseo nunca regresa a reunirse con Ariadna. Esa es la escena que representa la escultura marmórea que está en el Museo del Prado y a la cual se refiere en su escrito Carlos Franz.

Quien aparece junto a Ariadna y la despierta es Dionisio (Baco para los romanos), el singular dios del vino y los placeres que era hijo de Zeus y fundó su propia religión.

Dionisio llevó a Ariadna a la isla de Donusa donde le dio cuatro hijos: Enopión, Toante, Estáfilo y Pepareto. Qué pasó después, no se sabe, pero Homero dice en el Canto XI de la Odisea, Evocación de los muertos, que Atenea mató a Ariadna en la isla Día, “situada en medio de las olas, por la acusación de Dionisio”.

No explica Homero qué acusación hizo Dionisio a Ariadna, por la cual la mató Atenea. En todo caso, según Hesíodo Ariadna fue divinizada por Zeus y se dice que se le rendía culto en Naxos, Delos, Chipre y Argos, donde supuestamente habría sido sepultada.

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