No hay que deprimirse, aunque nuestra triste historia invite a eso. Al lado de caudillos antidemocráticos, Nicaragua ha tenido también una estela de mandatarios adornados con notables virtudes cívicas. El hecho que no reciban las honras otorgadas a otros es, precisamente, razón para que tratemos de ponerlos en el mapa de nuestro peregrinaje. Aunque las limitaciones espaciales de artículos de opinión hacen imposible abarcarlos a todos o tratarlos con suficiente profundidad, intentaré dar algunos brochazos a unos pocos a sabiendas de la injusticia que es dejar fuera del radar los méritos y sacrificios de otros.
LOS PRESIDENTES DEL PERIODO DE LOS TREINTA AÑOS (1858-1893).
En este período, que media entre el fin de la guerra nacional y la revolución liberal de Zelaya, Nicaragua tuvo la excepcionalidad de contar con cinco presidentes que entregaron la banda presidencial al final de sus cuatro años reglamentarios: Fernando Guzmán, Vicente Cuadra, Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, Vicente Cuadra y Adán Cárdenas. Es cierto que todos pertenecieron al Partido Conservador y que no hubo alternabilidad partidaria, al igual que constituían parte de la “oligarquía granadina”. Pero en una sociedad signada por un caudillismo autocrático, despectivo de las limitaciones constitucionales, el que estos hombres hayan acatado su obligación de no reelegirse fue, de por sí, excepcional y meritorio.
Guzmán, al igual que George Washington en Estados Unidos, sentó el primer precedente de irse a casa tras finalizar su período. También mostró una sumisión, asimismo excepcional, a la independencia del poder judicial cuando, al resistirse su esposa a obedecer un fallo laboral adverso, le ordenó acatarlo pues “la justicia debía entrar por casa”. Algo similar ocurrió bajo el presidente Zavala: el mismo juez se negó a entregarle los licores para una fiesta oficial por no mediar la orden ministerial requerida. En lugar de despedirlo, Zavala lo felicitó.
JOSE MARÍA MONCADA (1929-1933). Denigrado por la izquierda como “vendido” al imperialismo yanqui, Moncada fue jefe del bando liberal durante la guerra constitucionalista (1926-27). Cuando la intervención norteamericana trató de parar la guerra, ofreciendo a liberales y conservadores supervisar elecciones en que el pueblo decidiera con votos y no balas a sus autoridades, Moncada, junto con 14 de sus 15 generales (la excepción fue Sandino) prefirió el camino de la paz y firmó el famoso Acuerdo del Espino Negro. Su decisión pagó con creces: detuvo una guerra fratricida y el Partido Liberal ganó limpiamente las elecciones, siendo él electo presidente. Moncada propició una política de reconciliación y, aunque tuvo la intención de prorrogar su período, a su final lo entregó al nuevo presidente limpiamente electo, Juan Bautista Sacasa.
LEONARDO ARGÜELLO (1947). Presidente por 27 días. Electo por un fraude electoral orquestado por Somoza García, jefe del Ejército. Pero, para sorpresa de todos, rehusó la vía fácil de convertirse en presidente títere o en un pragmático resignado. Ordenó el cierre de juegos prohibidos, del que se lucraban muchos oficiales de la GN, obligó a Somoza a regresar 98 tractores del Estado que utilizaba en sus propiedades, despidió a muchos de sus empleados “fantasmas” y, finalmente, le pidió su renuncia. Era lo que le dictaba el deber, pero le costó la Presidencia. Somoza, dos días después, le dio un golpe de Estado.
LUIS SOMOZA DEBAYLE. Su pecado fue haber sido hijo del dictador y heredero de su poder. Pero en balance, y a pesar de otras fallas, en lo esencial fue un presidente civilista, circunstancia que el sectarismo político de la época impidió a muchos ver. Aunque tuvo dos insurrecciones armadas en su contra y una prensa sumamente hostil, otorgó amnistías generosas a sus adversarios y permitió un amplio marco de libertades. Estableció la Corte Suprema de Justicia más prestigiosa en la historia del país y propició su independencia haciendo vitalicios a sus magistrados. Prohibió la reelección sucesiva en una reforma constitucional y otorgó la autonomía a la Universidad Nacional, dándole además plena potestad para nombrar sus rectores y una cuota fija presupuestaria. Angustió, al final de su vida, las pretensiones electorales de su hermano Anastasio.
En otros artículos continuaré con estas reflexiones.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la Tierra Prometida. Historia de Nicaragua 1492-2018.