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12 de octubre e identidad nacional

El 12 de octubre se conmemora en todos los países de Iberoamérica la primera llegada de los españoles a tierras americanas, en 1492. Durante mucho tiempo a esta conmemoración se le llamó del Descubrimiento de América y el 12 de octubre era el Día de la Raza.

Era correcta esa denominación, porque España no solo descubrió, conquistó y colonizó América. También y sobre todo creó una nueva raza al mezclarse los españoles con los nativos americanos.

Con el paso del tiempo, los cambios políticos y las modas ideológicas, el 12 de octubre dejó de celebrarse como Día de la Raza y se le cambió de nombre y de sentido. En Nicaragua, por ejemplo, por la voluntad política omnímoda de los gobernantes sandinistas, ahora le llaman Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular.

Como sea, en los países de Iberoamérica nunca se ha dejado de celebrar esta efeméride y para España es su Día Nacional.

En realidad, independientemente del nombre que le pongan a la conmemoración del 12 de octubre, las consecuencias del descubrimiento, la conquista y la colonización española de América determinaron la identidad de los pueblos iberoamericanos. Es que a la historia se le puede falsificar en el papel y con la palabra, pero los hechos históricos nadie los puede cambiar.

Como todos los acontecimientos y procesos históricos, la llegada de los españoles y su dominación durante tres siglos en las tierras americanas tuvo aspectos y consecuencias tanto negativos como positivos.

La espada y la cruz. El exterminio de indígenas y el mestizaje. La pérdida de lenguas autóctonas y la difusión del idioma español. La desaparición de religiones ancestrales y la entronización del cristianismo. El debilitamiento de las culturas indígenas y el enraizamiento de la española, europea y universal.

Todo eso ocurrió. Pero lo principal fue que en el mestizaje procurado por los españoles se fundó la identidad nacional de los pueblos iberoamericanos, incluyendo al nicaragüense.

Según la ciencia social, la identidad nacional es el sentido individual y colectivo de pertenencia a una nación o comunidad, que se funda en diversos elementos que la cohesionan y hacen distinta de las demás: la lengua, las raíces étnicas, la religión y la cultura, entendida esta en su sentido más amplio y general.

El eximio Pablo Antonio Cuadra Cardenal (q.e.p.d.), principal estudioso de la identidad y la cultura nicaragüense destacó en sus escritos que la religión cristiana y el idioma español fueron la mezcla o argamasa de la que se formó el nicaragüense; al que definió como un ser dual precisamente porque está hecho sustancialmente de indígena y español.

En una de sus menciones a Rubén Darío, gran artífice y maestro nicaragüense de la palabra en la lengua castellana, Pablo Antonio Cuadra escribió que “sin él, no hubiéramos encontrado lo nacional, sino lo provinciano y folklórico… nos hubiéramos sumergido en la caverna y en el dialecto…”

PAC definió la patria como “el lugar de nuestros padres” y dijo que está hecha por “lo lugareño y lo histórico”. ¿Y qué es lo lugareño, decimos nosotros, si no la tierra a donde llegaron y se establecieron los antepasados de los nativos nicaragüenses? ¿Y qué significa lo histórico en este contexto sino la fusión en el crisol de la conquista y la colonia española, de las identidades y culturas hispánica e indígena que ahora constituyen el ser de la gran mayoría de los nicaragüenses?

Decimos esto con justo y necesario reconocimiento de las minorías étnicas que perviven en Nicaragua, cuya dignidad y derechos los reconocen la Constitución y la Ley, pero en la realidad son atropelladas y discriminadas por los poderes absolutistas establecidos. Como le está ocurriendo dolorosamente a las comunidades indígenas del Caribe Norte.

Es un alarde de cinismo. Quienes claman y reclaman por hechos criminales que se cometieron contra los indígenas siglos atrás, son los mismos que promueven y toleran la agresión a los pueblos originarios, matan a su gente, les roban sus tierras, depredan sus recursos naturales y los tratan como si fueran personas de segunda o tercera categoría.

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