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Padre Ángel Martínez, un amante de Nicaragua

Por invitación de José Argüello Lacayo asistí a un seminario virtual para conmemorar el 50 aniversario del fallecimiento del padre Ángel Martínez Baigorri. Fueron charlas muy amenas donde se invocaron recuerdos y añoranzas sobre la vida del padre Ángel. 

Después de ahondar un poco en su poesía, me di cuenta del gran amor profesado por el padre Ángel hacia Nicaragua, lugar que con mucha honra guarda sus cenizas.

En agradecimiento he sido motivada a escribir estas líneas biográficas finalizando con un poema de mi autoría.

Padre Ángel Martínez Baigorri, nació en Lodosa (Navarra), España, el 2 de octubre de 1899, Día de los Ángeles Custodios y por eso su nombre. Transcurrió su infancia siempre a la orilla del río Ebro. Fue de niño curioso, enemigo de la sujeción y por naturaleza rebelde. Como fuese enfermizo esto le valió para que sus progenitores le dejaran tranquilo.

Aficionado a los toros, quiso ser un torero, pero su vocación estaba destinada para el sacerdocio, entrando en el noviciado de Loyola en 1917, a la vez que se especializaba en humanidades y retórica. Estudió Filosofía y Teología en Colegio Máximo de Oña (Burgos). Se dedicó a la enseñanza en Burgos, Las Palmas, Gran Canarias y Orduña (Vizcaya). En 1933 fue ordenado sacerdote en Enghien (Hainaut, Bélgica).

En enero de 1932 durante la Segunda República fue expulsado junto con los jesuitas de España, exiliándose en Bélgica.

Trabajó como escritor de la revista El siglo de las misiones en Bilbao. Marcha hacia Portugal y Bélgica y luego se embarca para Centroamérica, llegando a Nicaragua a finales de 1936. Enseña poética y literatura en el Colegio Centro América de Granada, permaneciendo en el país hasta 1946.

El padre Ángel fue un amante de Nicaragua. Amó su naturaleza, sobre todo a su gente, y a sus alumnos, entre los que figuraron Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas, Fernando Silva, Luis Rocha, Iván Uriarte, Beltrán Morales, Julio Valle Castillo, entre otros.

Fue junto con José Coronel Urtecho impulsor del movimiento de Vanguardia.

En San Salvador impartió clases en el Seminario Central de San José de la Montaña (1948-1954). En Barcelona, en 1952, presentó su libro Cumbre de la Memoria obteniendo el Gran Premio del Instituto de Cultura Hispánica. Fue redactor de la revista Latinoamericana en México, lugar donde se dedicó a la enseñanza en la Universidad Iberoamericana, siendo decano de Humanidades. 

En 1961 regresa a Nicaragua para enseñar Literatura y Estética en la Universidad Centroamericana de Managua donde permanece hasta su muerte acaecida el 5 de agosto de 1971.

“No me voy, estoy entrando”, dijo el día de su muerte, dos meses antes de cumplir 72 años.

Escribió en vida dos volúmenes de poesías completas, y muchísimas obras literarias. 

Según los que le conocieron decían que era alto, delgado de pelo escaso, mirada profunda y bondadosa, de ojos claros, alegres, que dejaban ver un alma divina. Su espíritu se sentía.

Todo él era un ángel. “Se siente el vuelo y no se ven las alas”, solía decir él mismo.

Gran caminante, observador, sensible, para él no existía el tiempo. Su espíritu quedó impregnado en su poesía, su prosa y en su amor por Nicaragua. Cantó al río San Juan donde se bifurcaban caminos que daban al mar. Fueron estos la vida, la muerte y la creación de Dios. Cantó a la ceiba, árbol frondoso que le dio compañía, sombra y protección en sus soledades. El Gran Lago de Nicaragua siempre estuvo presente. Los símbolos como el agua de los ríos y mares, fueron representaciones de la vida y del Creador, la rosa fue alegoría de la poesía y del amor. Estuvieron sus versos impregnados de imágenes como la llama, la luz, el cielo, el sol, y la luna. La influencia del filósofo, panteísta francés, Theilard de Chardin causó gran impresión en su vida y obras.

Según Pilar Aizpún, en la poesía de Martínez: “La transformación de imágenes alegóricas en imágenes simbólicas, es algo característico de su poesía”. Se distingue en ella la presencia de la Biblia, de Dante, de los clásicos griegos y latinos, y españoles como Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre. Su eje central es su poesía en relación al Creador siendo además esta existencial, donde se oponen elementos de la muerte/vida, vacío/plenitud/ espíritu/materia, luz y sombra. 

En Nicaragua el padre Ángel tuvo un renacer poético y espiritual. Fue allí donde escribió lo más profundo de su interior.

Fue un conversador empedernido, un gran poeta. “La vida es verso en mí, respiro en verso, y es peor que morir no ser poeta…”, decía el padre Ángel.

       Ángel Martínez Baigorri, no cantó a Nicaragua

Nicaragua sí, cantó dentro de él;

sus poemas como sombras, le siguieron

como fuentes de vida, le alimentaron.

Le guiaron como el agua de los ríos, y lagos

que corren hacia el mar;

llevándole de Lodosa

sobre el río Ebro, al San Juan;

viajando del Mediterráneo, al Atlántico;

hasta el Cocibolca: 

o “Coatl-pol-can”.

La naturaleza exótica y exuberante siempre,

le acompañó.

La ciudad de Granada junto a su Colegio Centro América,

le enamoró

la gente con su vida,

le iluminó.

Ángel son sus alas al cielo, cierto día, voló

su poesía permanece, yace allí en señal de resurrección,

para que nosotros nicaragüenses y los hermanos de Dios

le imitemos, le cantemos, le amemos como él nos amó.

La autora es máster en Literatura Española 

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