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Las yeguas de Glauco

Y además

Las yeguas de Glauco es un poema de Salomón de la Selva, el bardo nicaragüense que “se lleva la palma de ser uno de los mayores poetas de Hispanoamérica menos conocido”. 

Así lo dice alguien que tiene suficiente autoridad para hablar de esto, el académico nicaragüense Jorge Eduardo Arellano, citado por Fernando Solís B. en su edición de la novela clásica de De la Selva: Ilustre Familia. Novela de Dioses y de Héroes.

El poema Las yeguas de Glauco está en el Tomo I de la Antología Mayor de la obra poética de Salomón de la Selva, seleccionada cuidadosamente por el poeta Julio Valle Castillo. Esta obra —justo y necesario es reconocerlo— es parte de la Colección Cultural de Centroamérica del Grupo Financiero Uno, presidido por Ernesto Fernández Holmann.

Salomón de la Selva era —como Rubén Darío—  gran conocedor de la mitología griega. Y dice en el verso primero del poema Las yeguas de Glauco que alude a un clásico mito heleno:

Por muchas vueltas que le des al mito,

 su sentido no cambia,

sea que Glauco aleccionó a sus yeguas

a comer carne humana

y cuando les faltó lo devoraron, 

sea que no por hambre enloquecieron

sino de haber pacido

hierba no acostumbrada, maldecida,

 o colmado la sed a grandes sorbos

de abrevadero mágico, 

sea por fin, de modo

 más claro, que Afrodita vengativa (porque Glauco pensaba

que teniéndolas vírgenes más bellas

crecerían) de furia

les inyectó los ojos y los dientes.

El Glauco al que se refiere Salomón de la Selva (porque hay otros en la mitología griega) era hijo de Sísifo, el rey fundador de la ciudad de Éfira que después fue llamada Corinto. 

El mito de Sísifo es de los más conocidos y a menudo se le cita hasta ahora en la literatura y la metáfora política. Como castigo por su soberbia y fechorías este personaje fue condenado por los dioses a un castigo singular. Desde el pie de una empinada montaña, Sísifo tenía que empujar hacia arriba una enorme y pesada piedra. Cuando casi llegaba a la cumbre el peñasco rodaba hacia abajo y el desdichado tenía que repetir el esfuerzo, una y otra vez,  por toda la eternidad.

Glauco, quien sucedió a Sísifo en el trono de Corinto, era  muy aficionado a las carreras de caballos, con jinete  o halando los carros que se solían usar en las frecuentes e interminables guerras. 

Pero no eran caballos, propiamente dicho, los que usaba Glauco en las competencias. Prefería las yeguas, de las que tenía una selecta cantidad y las cuidaba con tanto esmero, como si de sus  propias hijas se tratara. 

Queriendo que sus yeguas se conservaran vigorosas y creyendo que perdían fuerza y destreza si se apareaban, preñaban y parían, Glauco decidió conservarlas vírgenes. Pero también comenzó a alimentarlas con carne humana, sola o mezclada con pasto, para que además de adquirir más fortaleza tuvieran algo de la inteligencia de las personas.

Eso disgustó mucho a  Afrodita, la diosa del amor, quien decidió castigar a Glauco por su desmesura. 

Una noche, mientras Glauco dormía, Afrodita llevó las yeguas a tomar agua de una fuente que previamente había encantado. Y les hizo comer una hierba llamada hipomanes, que despertaba un deseo sexual incontenible y enloquecía a quienes las consumieran, fuesen humanos o animales.

(En realidad, los antiguos griegos llamaban hipomanes, de hyppos, caballo, y mainein, enloquecer, a la secreción que sale de la parte genital de las yeguas cuando están en celo o embarazadas). 

Al día siguiente, cuando Clauco fue a ver sus yeguas y darles de comer y beber, los animales estaban enloquecidos y  lo atacaron a patadas, destrozaron su cuerpo y se comieron sus carnes. 

Salomón de la Selva, sacando una moraleja del mito de Glauco y sus yeguas que le dieron muerte tan terrible, dice en la parte final de su poema: 

Prudente yo, a mis bestias

no de otra manera domeñables,

les doy a tiempo

lirios de largo tallo y rosas,

con miel, de carne tierna.

Seguramente Salomón de la Selva hacía tal cosa en su mente, para tranquilizar a sus bestias espirituales en vez de enloquecerlas con la hierba hipomanes que Afrodita dio a comer a las yeguas de Glauco.

COMENTARIOS

  1. Hace 1 mes

    Siempre me da gusto leer tus escritos, particularmente mitología, Luis Sánchez Sancho.

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