Boxeo

Columnas, Del editor - 09.10.2016

El boxeo ha sido una práctica de pobres. Tanto así que el primer combate del boxeo moderno se registró en 1681 en Inglaterra cuando el Duque de Albermarle organizó un combate entre su mayordomo y su carnicero.

Y decimos boxeo moderno porque este es uno de los deportes más antiguos de la humanidad. Hay referencias pictóricas de enfrentamientos a puñetazos de unos seis mil años de antigüedad y encontramos a Homero, en La Ilíada, hace tres mil años, narrando una pelea como lo podría hacer hoy el cronista Enrique Armas en una pelea del “Chocolate” González:
“Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dio un golpe en la mejilla de su rival, que le espiaba; y Euríalo no siguió en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. (…) así Euríalo, al recibir el golpe, dio un salto hacia atrás. Pero el magnánimo Epeo, cogiéndole por las manos, lo levantó; rodeáronle los compañeros y se lo llevaron del circo —arrastraba los pies, escupía negra sangre y la cabeza se le inclinaba a un lado—, sentáronle entre ellos, desvanecido, y fueron a recoger la copa doble”.

De ahí, hasta nuestros días, el boxeo ha tenido una historia accidentada. Es difícil incluso en algunas etapas considerarlo un deporte. En Roma, por ejemplo, se boxeaba con púas en las manos, para hacer el mayor daño y, si fuese posible, matar al contrincante. Y el boxeo moderno, tal como lo conocemos ahora, comenzó como un juego de apuestas, y hay muchos que podrían asegurar que eso no ha cambiado.

En esta edición en Magazine les traemos la historia del “Chocolatito”, un muchacho que hasta hace poco se paseaba de short y chinelas Rolter por el barrio La Esperanza y ahora tiene cuatro títulos mundiales, es considerado el mejor boxeador del mundo y firma contratos por cientos de miles de dólares. También les contamos las historias de otros dos boxeadores, uno que lustra zapatos en un mercado y otro que vende pasteles por las calles. A veces noquea en el ring y, sudado y sanguinolento aún, coge la pana de pasteles y los ofrece en las graderías. Ya decíamos al comienzo: el boxeo es deporte de pobres.

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