El perdón de Ortega

Columnas - 11.11.2018

A finales del 2006, en la campaña electoral que lo regresaría al poder en enero del 2007, Daniel Ortega pidió perdón a la Iglesia católica de Nicaragua por todos los actos de agresión cometidos contra religiosos durante los años 80 en nombre de la revolución.

Y vaya que tenía razones para pedir perdón. El gobierno revolucionario expulsó a sacerdotes y obispos del país, procesó a otros por participar en tramas contrarrevolucionarias inventadas por ellos, atacó con particular virulencia al arzobispo de Managua, primero monseñor y luego cardenal, Miguel Obando y Bravo. Pero el mayor símbolo del encono sandinista contra los representantes de la Iglesia católica fue la trampa que la Seguridad del Estado montó el 11 de agosto de 1982 a monseñor Bismarck Carballo.

Ese día el sacerdote fue invitado a almorzar por la aparente feligresa Maritza Castillo, quien en realidad era una agente de la Seguridad del Estado. Mientras almorzaba, llegó Alberto Téllez Medrano, otro agente, que se hizo pasar por el marido de Castillo, y quien en un “arrebato de celos”, golpeó, desnudó y echó a la calle a Carballo, donde muy convenientemente esperaba la televisión oficialista para filmarlo. Tan burdo fue el montaje que nadie lo creyó desde el comienzo.

El 7 de julio del 2004, Ortega también pidió perdón ante Carballo por este hecho. “Nos equivocamos, cometimos muchos errores y atropellamos a figuras tan respetadas de la Iglesia”, dijo, poco antes que Lenín Cerna, el cerebro tras esa trampa, se abrazara con Carballo.

Pero los perdones que anduvo pidiendo se le olvidaron ya a Ortega, porque ha vuelto a las suyas. Esta vez ha desatado una campaña de difamación y amenazas contra jerarcas de la Iglesia católica que han criticado duramente su gestión y han apoyado a quienes piden un cambio de gobierno. El principal blanco de sus ataques es ahora monseñor Silvio Báez, de quien ha pedido su expulsión del país y sus simpatizantes han desplegado una feroz campaña de desacreditación.

Tal vez más adelante veamos a Ortega otra vez pidiendo perdón, y luego otra vez volviendo a las andadas porque si algo ha quedado claro, no es el arrepentimiento de Ortega, sino su incapacidad de aprender de las lecciones anteriores.

Sección
Columnas