País en erupción

Columnas - 11.08.2019

El paraíso también puede ser el infierno, si vivimos en una geografía donde las lagunas de ensueño son volcanes muertos que podrían despertar de nuevo debajo de las aguas con consecuencias devastadoras; y los volcanes mismos, que parecen dormir tranquilos en el paisaje, son verdaderas bombas de relojería. Tal es el tema que está en la base del libro Volcá-Nica, de la cronista ecuatoriana Sabrina Duque, y que fue lo primero que llamó su atención sobre Nicaragua: ¿cómo se puede vivir de manera tan indiferente entre tantos volcanes en el patio trasero, suficientes para desencadenar el juicio final?

No hay que tomarlos nada más como imágenes de tarjetas postales. Su inmovilidad y su silencio son tan aterradores como sus erupciones, cuando estallan sus cumbres, la lava ardiente se derrama en corrientes letales por sus laderas, y la tierra se estremece. Y así ha sido también la historia de Nicaragua: erupciones políticas constantes, sacudidas, estallidos, ruinas y despojos para volver a comenzar de nuevo. Una revolución sucede a otra entre el estruendo de las armas, y una nueva tiranía, engendrada por aquella revolución, repone a la anterior. La historia copia a la geografía, o la geografía copia a la historia.

Es lo que Sabrina descubre, y se topa de pronto con la historia viva, tan viva como la lava que hierve y se agita en el fondo del cráter del volcán Masaya hasta donde llegan a asomarse los turistas. Y le toca presenciar una nueva erupción de la historia, la que comienza el 18 de abril de 2018. Es aquí donde naturaleza e historia se emparejan frente a los ojos de la cronista que empieza entonces a alternar los relatos.

Y, a la par de las catástrofes telúricas, la historia con su movimiento constante de placas teutónicas: hace cuarenta años una revolución armada que derrocó a la dictadura de la familia Somoza, y ahora la rebelión cívica de miles de jóvenes sin armas, alzados contra la dictadura matrimonial de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Las huellas milenarias de Acahualinca asentadas sobre el lodo, pies que huyen de un cataclismo; la erupción del Momotombo que desterró de su sitio original a León, la antigua capital colonial; el magma en el cráter del Masaya que un fraile ambicioso creyó oro y fue por el botín haciendo que lo bajaran metido en un canasto; la erupción del Cosigüina que convirtió los días en noches y lanzó las cenizas hasta México y Colombia; Managua destruida dos veces por terremotos; y, apenas veinte años atrás, el alud de lodo, piedras y árboles que bajó por la falda del Casitas sepultando a miles de campesinos, cuando la furia del huracán Mitch sopló sobre Nicaragua.

Cuando se dio el sacudimiento popular que culminó con la victoria guerrillera en 1979, no pocos de los corresponsales de guerra que llegaron por legiones al país, dejaron sus crónicas de aquella hazaña en libros memorables; y también escribieron sobre la guerra entre sandinistas y contras. El que recuerdo mejor entre esos libros es Sangre de hermanos, de Stephen Kinzer, corresponsal del New York Times, publicado en 1991.

Casi cuatro décadas después, otra erupción, otro remecimiento del suelo, otra alteración del paisaje, que ahora le toca registrar a Sabrina en su libro de crónicas: las barricadas, los tranques, las multitudinarias marchas ciudadanas, la cruenta represión, los francotiradores, los paramilitares, los centenares de jóvenes asesinados, los miles de heridos, los prisioneros políticos, los exiliados, los reprimidos hasta el silencio, todo prohibido, enseñar la bandera nacional un delito, manifestarse en la calle un acto de terrorismo.

Sabrina, la cronista, mira hacia uno y otro lado. Mira el paisaje y mira la historia. Se asoma al pasado y se asoma al presente donde encuentra las huellas vivas del pasado. La rueda gira y vuelve al punto de partida. La naturaleza se rebela, y la gente que la habita se rebela. El paisaje no tiene sosiego, porque la historia tampoco tiene sosiego.

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