Sergio Ramírez Mercado: El nivel y la plomada

Columnas - 13.01.2020

Mi padre, el único de entre sus hermanos que no quiso ser músico y se decidió por la vida de comerciante, compró un terreno en el centro de Masatepe, que daba a la iglesia parroquial y al parque central, en mancomunidad con su amigo Cruz Mercado, y luego decidieron con una moneda tirada al aire quién de los dos se quedaba con la parte de la esquina. La ganó mi padre.

Fue construyendo la casa a retazos, con sus ganancias en el negocio de la compra de cosechas de granos a futuro, a lo que se dedicó mientras lograba establecerse e instalar en aquella esquina que le había deparado la suerte su tienda de abarrotes. Fue lo primero que levantó, junto con el dormitorio matrimonial y un corredor, y luego el comedor y la sala de recibir visitas, y, con el tiempo, los demás dormitorios a medida que aumentaban los hijos. Por eso me recuerdo siempre entre albañiles y carpinteros pendencieros y bromistas, que iban y venían entre andamios y escaleras, la cal apilada en un corralito, la arena en montones que el viento llevaba a los ojos y la boca y se metía entre los dientes a la hora del almuerzo, rimeros de tejas, piedras de cantera, los ladrillos de mosaico que luego en el piso de la sala simularían una alfombra persa, costales de cemento Portland, el cajón de la argamasa, reglas y ripios para el henchido de las paredes de taquezal, zapatas y alfajillas.

Contemplaba los instrumentos de trabajo con pasión curiosa, unos que podían encontrarse al paso, otros en los cajones de herramientas, o sobre el banco de carpintero castigado y carcomido como si hubiera pasado por el fuego, piochas, palas y picos, garlopas de mango torneado, cucharas triangulares para batir la argamasa, gubias y barrenas, martillos de oreja, el berbiquí y su juego de brocas, el cepillo que aventaba en colochos las virutas, la garlopa como un zapato ortopédico, la escofina dentada. Y hay dos que regresan a mi memoria con mayor insistencia porque representaban el orden del mundo: el nivel y la plomada.

Cada vez que era requerido, el nivel aparecía de manera misteriosa en las manos del maestro de obras malhumorado, vestido de dril kaki y sombrero borsalino de ancha badana, el lápiz en la oreja y el metro plegable en el bolsillo de la camisa, adusto y distante entre los operarios que trabajaban en camisolas sin mangas, las gorras de beisboleros con roturas por las que asomaban moños de cabello, los zapatos sin cordones con las lengüetas de fuera, el olor a argamasa mezclado en su piel con el rezumo de alcohol y el sudor viejo.

El nivel era una pieza rectangular de madera que conservaba el brillo del barniz a pesar de los rigores de su uso, al medio la burbuja encapsulada que parpadeaba como un ojo atento y preocupado de que la exactitud del eje entre las dos muescas marcadas en la hilada de piedras no se descalabrara.

El nivel atestiguaba el nivel, y la redundancia no sobra. Era el custodio de lo justo y de lo exacto igual que el fiel de la balanza que pesaba las mercancías en la tienda de mi padre, y prevenía las catástrofes y los derrumbes porque el equilibrio era la ley natural que nadie podría violentar, cuando rematadas las paredes el techo de tejas asentado en las soleras de cedro recién labradas por el escoplo, descendiera desde la cumbrera de dos aguas hacia los aleros en un oleaje tranquilo.

Si el orden horizontal del mundo lo custodiaba el ojo imperturbable del nivel, el orden vertical correspondía a la plomada. El albañil lo llevaba en el bolsillo trasero y semejaba más bien un trompo con la cuerda enrollada, solo que este era de fierro, y la cuerda servía para colgarlo junto a la pared aún desnuda del repello, de modo que separado apenas unos milímetros de la superficie probara que la correspondencia era exacta y que la pared a plomo jamás se desplomaría sobre nuestras cabezas.

Masatepe, enero 2020.
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