Sergio Ramírez Mercado: La diáspora invisible

Columnas - 12.11.2019

Hace poco recibí este mensaje: “Hola escritor Sergio Ramírez. Terminé mis estudios acá en Texas Tech University, dos maestrías y un doctorado en música. El primer proyecto de mi maestría que hice fue Recital Aria para tenor y orquesta moderna, en base al magnífico poema ‘Cantos de Vida y Esperanza’ de Rubén Darío. Y mi tesis de graduación fue Pax para voz de tenor, voz de barítono, voz de bajo, y orquesta completa, basado en el poema de Rubén Darío”.

El mensaje es de Robin Aldana, un músico nicaragüense, del que antes no sabía una palabra. Ejecutante del fagot, y compositor, uno de los tantos de nuestros creadores desperdigados por el mundo, que brillan en las artes, la literatura, en el campo académico; que son científicos, investigadores, diseñadores de moda, animadores digitales de películas, cirujanos, juristas, expertos en cibernética, y de cuyos éxitos fuera de las fronteras ignoramos casi todo.

Tampoco sabemos mucho acerca de Bernard Gordillo, de Managua, formado en el Centenary College de Louisiana, el Early Music Institute de la Universidad de Indiana, y en la Guildhall School of Music and Drama de Londres; doctor en música, profesor de la Universidad de California en Riverside, y concertista internacional del clavecín y el órgano de cámara, además de musicólogo, que ha investigado la vida y la obra de los músicos nicaragüenses, entre ellos Luis Abraham Delgadillo y Carlos Ramírez Velásquez, durante temporadas casi secretas que pasa en Nicaragua.

Y apuesto a que muy pocos saben de Giancarlo Guerrero, nacido en Corinto, y quien tuvo su formación musical en Costa Rica, adonde emigró en los años ochenta. Seis veces ganador de los premios Grammy; por once temporadas director titular de la Orquesta Sinfónica de Nashville, y también de la Orquesta Filarmónica de Wroclaw, en Polonia, y director huésped de la Orquesta Gulbenkian en Lisboa.

Este año ha dirigido conciertos con la Sinfónica de Boston, la Orquesta Sinfónica del Estado de Sao Paulo, la Orquesta Sinfónica de Berlín, y la Orquesta Sinfónica de Nueva Zelandia. De él dice el crítico musical del diario Boston Globe, que “su ejecución es poderosa y visceral”.

Lo conocí cuando hace unos años dirigió a la Orquesta Sinfónica de Costa Rica en la puesta de la ópera Carmen, en el Teatro Nacional, y cuánto me habría gustado, se lo dije entonces, que alguna vez pudiera dirigir a Nicaragua, lo que viene a ser lo mismo que un sueño imposible.

Y en cuanto a juristas: Carlos Genaro Muñiz, por ejemplo, doctor en Derecho de la Universidad de Yale, fue nombrado este año como magistrado de la Corte Suprema de Florida, a los cincuenta años de edad, después de una exitosa carrera jurídica en la Fiscalía de Florida y en el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, en el campo de los derechos civiles.

Y acaba de morir hace pocas semanas en París, Bernard Dreyfus, uno de nuestros pintores más imaginativos y rigurosos, de quien solo recuerdo una exposición suya en Nicaragua, a comienzos de los años noventa, en la Galería Códice, entonces instalada en el Gran Hotel. Su obra es comparable a la de Armando Morales, en cuanto a riqueza y colorido.

Hay que sumar todos estos nombres. Representan la riqueza de este país que infortunadamente multiplica cada día su diáspora. Brillan afuera, y cuánto brillarían adentro. Si se pudiera.

Bogotá, noviembre 2019
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