Todos los libros del mundo

Columnas - 14.01.2019

Algún amigo poco familiarizado con el vicio de los libros puede entrar a mi biblioteca, recorrer con la vista llena de admiración los estantes y preguntarme: “¿Y te los has leído todos?” Con algo de modestia debo contestarle que no todos, solo una parte de ellos, lo cual no es más que la verdad, a mi pesar. Toda biblioteca personal es infinita, en la medida en que ni puede uno leerse todos los libros, siempre en aumento gracias a la pasión insaciable de adquirir otros nuevos.

Siempre habrá más libros que días de vida, tal como lo expresa Borges en el poema Límites: “Tras el cristal ya gris la noche cesa/y del alto de libros que una trunca/sombra dilata por la vaga mesa,/alguno habrá que no leeremos nunca…”

La biblioteca personal es siempre una variante de la biblioteca babilónica del mismo Borges, con sus cientos de miles de páginas en las que es posible descubrir el pasado desde todos sus ángulos, una geografía múltiple donde es posible encontrar el camino que conduce a Comala y caminar al lado de Juan Preciado que busca a su padre, un tal Pedro Páramo; respirar el olor a pólvora y a podredumbre de los cadáveres de todas las guerras libradas y perdidas por Aureliano Buendía; sentarse en el piso del apartamento de Horacio Oliveira entre los miembros del Club de la Serpiente mientras en el cuarto de al lado agoniza Rocamadour; acercarse al lecho donde Artemio Cruz, aún lleno de soberbia, retrasa el momento de su muerte para poder contar su vida que corre desbocada en el recuerdo, amores, traiciones, poder, la revolución que se convierte a sus ojos en un baile de máscaras.

¿Por qué esa avidez por los libros de imaginación? De alguna manera todos somos Alonso Quijano, buscando encarnar en la lectura el personaje que en nuestras propias vidas nos está vedado ser, entrar en un paisaje o en una ciudad o en un tiempo donde nos esperan experiencias y aventuras desconocidas. Una manera de ser otros y con eso, conseguir nuestra libertad, la libertad que nos permite multiplicarnos, vivir vidas ajenas, ser otros. Cambiar la realidad sin escapatoria por la imaginación que nos abre puertas múltiples. Esa quizás sea la razón esencial de la lectura, y de acumular libros en los estantes.

Cuando leemos un libro y convertimos la letra impresa en imágenes, una red de neuronas se activa en la corteza cerebral. En un estudio realizado por científicos del Darmouth College en Estados Unidos, se ha tratado de responder a la pregunta: ¿qué pasa en el cerebro cuando nos imaginamos a un abejorro con cabeza de toro? Lo que hacen las neuronas es tomar las dos imágenes conocidas de toro y abeja, y combinarlas.

De esta operación sencilla, a la que el cerebro está acostumbrado, nace el Minotauro, mezcla de hombre y de toro, y nacen también todas esas figuras de la espléndida galería de seres monstruosos y maravillosos: la Gorgona, una mujer alada que tiene serpientes por cabellos y garras de jabalí. O Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, mezcla de ave y reptil. Los científicos llaman “manipulación” a este constante proceso de construir y desconstruir imágenes en el cerebro.

La conclusión es que las zonas del cerebro utilizadas para percibir objetos, y aquellas otras que sirven para imaginarlos, se superponen, y así, un hecho imaginado puede dejar en el cerebro la misma huella que un hecho realmente sucedido. Realidad e imaginación se confunden, como pasa a menudo en los recuerdos.

Si no podemos vivir sin imaginación, porque nuestra cabeza está diseñada para abrirse a ella, no podemos entonces prescindir de los libros que nos cuentan historias inventadas que estamos dispuestos a percibir y aceptar como reales. Entendamos entonces a quienes quisieran tener en su poder todos los libros del mundo, y leérselos todos de una vez.

Que lean muchos libros este año que empieza, es mi mejor deseo.

Masatepe, enero 2018

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