Crimen en La Carpio

Crónica - 15.02.2004
Asesinato en La Carpio

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¿Qué lleva a un hombre a asesinar a sus hijos?
Un nicaragüense de oficio carnicero asesinó a tres de sus hijos en La Carpio, ciudadela ubicada
en las afueras de San José, Costa Rica. Esta es la historia de su crimen

Eduardo Marenco Tercero

La Carpio, sector de La Uruca, San José, Costa Rica. Conforme a los planes de Wilberth López Arróliga, un nicaragüense de 33 años y de oficio carnicero, la primera que debía morir era su suegra, doña Martha Alvarado Gutiérrez, de 43 años, por alcahueta, pero cuando él llegó a la casa de su exmujer, un poco después de las diez de la mañana de un martes, hacía pocos minutos que ella se había ido junto a Lisbeth, una de sus nietas.

El íntimo deseo de matarla lo dejó escrito en una carta que la Policía le encontró en su cartera minutos
después que él mismo se pegara un tiro en la cabeza.

Así lo cuenta su suegra, quien no recuerda en qué momento surgió el amor entre el carnicero y su hija, Martha Alvarado Lacayo, una bar tender nicaragüense de hermosas piernas, larga melena y piel canela.

"No supe cómo se enamoraron, cuando lo vi ya estaba haciendo la visita", recuerda doña Martha, a la vez que examina el álbum familiar en el que conserva fotos del asesino abrazando a dos de sus hijos a los que luego asesinaría.

El cortejo comenzó hace doce años, no se casaron nunca, aunque sí procrearon cinco niños, separándose hace cuatro años, la edad que tenía el llamado bebé de la familia, Wilberth.

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¿Qué lleva a un hombre a asesinar a sus hijos?
Un nicaragüense de oficio carnicero asesinó a tres de sus hijos en La Carpio, ciudadela ubicada
en las afueras de San José, Costa Rica. Esta es la historia de su crimen

Eduardo Marenco Tercero

La Carpio, sector de La Uruca, San José, Costa Rica. Conforme a los planes de Wilberth López Arróliga, un nicaragüense de 33 años y de oficio carnicero, la primera que debió ser su suegra, doña Martha Alvarado Gutiérrez, de 43 años, por alcahueta, pero cuando él llegó a la casa de su exmujer, un poco después de las diez de la mañana de un martes, hacía pocos minutos que ella se había ido junto a Lisbeth, una de sus nietas. .

El íntimo deseo de matarla lo dejó escrito en una carta que la Policía buscó en su cartera minutos después que él mismo se pegara un tiro en la cabeza.

Lea además: El ángel que cayó del puente

Así lo cuenta su suegra, quien no recuerda en qué momento surgió el amor entre el carnicero y su hija, Martha Alvarado Lacayo, una bar tender nicaragüense de hermosas piernas, larga melena y piel canela.

"No supe cómo se enamoraron, cuando lo vi ya estaba haciendo la visita", recuerda doña Martha, a la vez que examina el álbum familiar en el que conserva fotos del asesino abrazando a dos de sus hijos a los que luego asesinaría.

La Prensa / Orlando Valenzuela
Martha Alvarado, la mujer por la que se obsesionó el asesino.

El cortejo comenzó hace doce años, no se casaron nunca, aunque sí procrearon cinco niños, separándose hace cuatro años, la edad que tenía el llamado bebé de la familia, Wilberth.

Martha, con la ayuda de sus ahorros, de un hermano soldador y otro hermano que es obrero del tajo, compró una casa de plywood negro, que por el color de sus paredes era llamada La Casa Negra, y levantó una casa grande, de paredes blancas de concreto, con tres cuartos divididos por plywood, baño tapizado con azulejos, una casa envidiable en un caserío como La Carpio, en La Uruca, a diez minutos de San José, Costa Rica.

 Pero como dicen que un viejo amor ni se olvida ni se deja, Wilberth volvió y volvió, colándose una vez
más en la rendija abierta por la operación del bebé de la familia, Wilberth, quien respiraba con dificultad, de manera que aprovechó su convalecencia para quedarse en casa de nuevo, pero los celos y una mentalidad obsesiva, lo fueron devorando poco a poco.

En aquel entonces, a mediados del año pasado, Wilberth, originario de El Almendro, Río San Juan, estaba desempleado y sobrevivió gracias a los ahorros de Martha, quien una mañana lo vio salir creyendo que iba a trabajar, de modo que se dispuso a limpiar la casa y gran susto se llevó cuando lo encontró escondido debajo de la cama, espiándole.

Otra noche, él esperó a que todos durmieran en casa para ahorcarla. También quiso colgarla de los
perlines de la casa, que están a unos tres metros de altura.

—¿No hay un mecate aquí? —gritaba iracundo.

Martha le suplicó piedad y él le perdonó la vida a cambio de que no dijera nada a su madre. Pero ella contó su infortunio.

En otra oportunidad intentó derribar las verjas de la puerta y la ventana de la casa porque no lo dejaban entrar. Martha lo denunció varias veces, era detenido pero liberado posteriormente, y desde el 21 dediciembre del año pasado, él tenía prohibido acercarse a la familia. Días antes del crimen él había protagonizado otro escándalo.

Antes de ser desterrado para siempre del seno de la familia de su exmujer, Wilberth estaba obsesionado con la idea de vender la casa en unos cuatro millones y medio de colones, el equivalente a unos 10,714 dólares.

Con ese dinero planeaba comprar un revólver, una moto y viajar a Nicaragua, comprar una finca y ganado. Logró convencer a Martha y ella puso en venta la casa, pero debido a sus constantes agresiones lo echaron de la vivienda por orden judicial.

Un último beso

El día que Wilberth López llegó a matar a sus hijos, lo hizo a bordo de un taxi, con una pistola de calibre 22 y un gran puñal. En su casa no estaba su suegra ni su hija Lisbeth, quien recién había salido, pero sí se encontraban su ex mujer, cuatro de sus hijos y dos sobrinos.

Tocó a la puerta y según recuerda Daniel, un sobrino suyo que sobrevivió a pesar de recibir un tiro en la espalda, pidió que le dejaran entrar para dar un último beso a sus hijos y darles unos carritos y cuadernos de regalo. Daniel, de nueve años, con la respiración agitada, acariciando a su cachorro Dunky, sentado a la entrada de su casa bajo el sol, lo cuenta así: 

"Llegó ese hombre, Wilberth, en eso le dijo a mi hermana 'abríme que vengo a darle un último beso a mis niños'. Mi hermana le dijo a mi prima 'andá traé las llaves'. Cuando mi prima fue a traer las llaves, él le dijo, 'venga les voy a dar carritos, denme un beso', les dio los carros, le dio los cuadernos a mi primo, le dijo a un taxi que se fuera. En eso él vino de vuelta, le dijo a Martha 'ahora sí podés cerrar la puerta'. 'Pa qué', le dijo Martha. 'Porque te acordás de lo que te había dicho...' Y entonces sacó la pistola, ella iba corriendo pa fuera pero se resbaló, en eso le disparó cuando ella está en el piso, después ella siguió corriendo, un primo mío salió corriendo, yo lo vi correr, pero no quise ir con él, me metí al cuarto con mi otro primo, yo llevaba al niño y él llevaba a la niña, y entonces él dijo: '¿Manuel, Darwin, dónde estás?...' Lo dijo tres veces, '¿Manuel y Darwin dónde estás?' En eso él llegó, el más pequeño, Wilberth, le dijo: '¿Y mi hermano? No hagás esto'... 'Yo lo hice porque ella no me quería', le contestó. Y entonces escuché un disparo, pero él disparó para el piso, y se dio cuenta dónde estábamos, atrás de un ropero, empujó la puerta, entró al cuarto, le quitó la niña a mi primo. Él le decía, 'Wilberth no hagás esto...' Le disparó entonces en la cabeza, me quitó al niño y yo salí corriendo, me volvió a disparar. Cuando abro la puerta un policía me agarró y me llevó atrás de la casa y me dijo: 'Llevás un disparo en la espalda'. Y yo le digo: '¿dónde?'... Entonces me llevó donde mi hermana. Wilberth volvió a dispararme y le dio en la manga de la camisa al policía, en eso llegó un carro rojo, cuando estaba yo donde mi hermana, y nos llevó al hospital, mi hermana venía vomitando y de allí no me doy cuenta yo".

Wilberth había mantenido a los niños como rehenes cerca de media hora. A su hijo menor, el bebé de la familia, le había dado un tiro en la frente. Igual hizo con Jeffrey Emmanuel, de 11 años, que nació el día de Navidad, a quien además le disparó en el estómago. A Mellisa Lliliana, su hija mayor de cinco años, también le había dado un balazo en la frente. Y Darwin, otro de sus hijos, se salvó porque huyó por el patio y saltó la verja de tres metros que lo separaban de la calle. A su exmujer, que se levantó después de recibir un tiro, la persiguió con un gran puñal en mano gritándole:

—Lo que quiero es desnudarte para que la gente vea el ejemplo y destazarte.

No la alcanzó y ella se desplomó enfrente de una soda, donde fue asistida por la gente y la Policía. Ahora está en una sala de cuidados intensivos.

Después de matar a sus hijos, Wilberth se disparó a sí mismo. En la billetera, la Policía encontró una carta con el libreto del crimen que cometería, el cual por minutos de diferencia, quedó inconcluso.

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Sección
Crónica