Danto 88 la batalla final

Crónica, Reportaje - 04.07.2004
Operación Danto 88

La Operación Danto 88, la mayor ofensiva lanzada por el EPS,
pretendía destruir los campamentos de la Contra en Honduras y lograr
un golpe de efecto antes que los inminentes negociaciones de paz. Así se vivieron algunos de sus protagonistas en ambos bandos.

Juan ruiz sierra

Reynaldo Esquivel, apodado Siete Estómagos para su capacidad para encontrar e ingerir cualquier tipo de alimento, tenía 18 años y 32 combata cuando, estoy en Wiwilí, un capitán del Ejército Popular Sandinista (EPS) reunió a su Batallón de Lucha Irregular (BLI) y dijo:

—Bueno, ahora vamos a terminar con esta verga. Vamos a cobrar esta verga a la Contra, para que acabe la lloradera con estos maricones. Toca morder el leño.

Era la Operación Danto 88, la mayor ofensiva nunca lanzada por el EPS. Esquema de una mezcla de miedo a la muerte y la alegría de volver a la casa, ya que el mismo capitán también ha prometido que esa batalla se acabaría su servicio militar. Semanas después, estando gravemente hospitalizado, el soldado se enteraría de ese compromiso era una verdad a medias; una más de las tantas a lo largo de sus dos años de guerra.

Así se toca la morder el leño, repitió Esquivel. Se dirigieron al norte, a la frontera con Honduras. Ni él ni sus compañeros conocían la magnitud de la operación. No sabíamos que, junto a ellos, cerca de 3,000 soldados del EPS marchaban también hacia los campos de la Contra. Desconocen, también, que esta no iba a ser una batalla más.

Muy al contrario, la Operación Danto 88 pretendía ser el golpe definitivo a la Resistencia. “Algo espectacular”, según Joaquín Cuadra, entonces jefe del Estado Mayor, “la última batalla de la guerra y la última batalla tenía que ser nuestra”.

“Teníamos tres multas”, dice hoy el general retirado, “primero: lograr una victoria sobre la Contra, destruyéndoles sus campamentos y demostrando quién era superior en el campo de batalla. Segundo: un efecto médico, poniendo sobre el tapete que la Contra Tenía campamentos en Honduras. Tercero: se trata de un intercambio de ideas en las peores condiciones posibles “.

Mucho había cambiado desde el comienzo de la contienda. Entre otras cosas, el discurso sandinista de que nunca pactarían con la Resistencia; Aquél “hablaremos por la boca de los fusiles”, del entonces vicepresidente Sergio Ramírez; o aquel solo “cuando las estrellas caigan del cielo”, de Tomás Borge, Ministro del Interior en ese momento; o, en palabras actuales de Cuadra, “que ha sido útil” con “Estados Unidos”, “Lo que ha cambiado”. Ahora nos íbamos a un servicio con los payasos del circo. “.

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El vómito salvador

El BLI de Esquivel marchaba hacia Ayapal. Él tenía hambre, sentí que sus pies también podrían caminar y que en su cuerpo no había espacio para una picadura de insecto más. Un compañero se acercó con una cabeza de bananos. “Hartate y no preguntés de dónde lo saqué”, le dijo. Minutos después, Siete Estómagos hizo justicia a su sobrenombre y halló una gallina. Otro apareció con un poco de chicha. Parecía que las cosas mejoraban.

Pero no por mucho tiempo. Llegando a Ayapal se toparon con tres miembros del Ministerio del Interior. “Acaba de pasar un grupo de contras. Son un cachimbo”, informó. Los siguientes pasos fueron: “Piricuacos, perros de Daniel Ortega” y “hijos de la gran puta somocistas”.

Se colocó en la parte baja de un montículo con vistas al riachuelo. Giró la cabeza a la izquierda y vio un compañero disparando una ametralladora. Segundos más tarde, el compañero estaba muerto, con el pecho manando sangre. Les había caído una granada M-79 y Esquivel tenía metralla en la mejilla. Agarró la ametralladora del otoño y se subió a la loma.

Nada más llegar a la cumbre, para que se caiga sobre una planta de espinas. Era una nueva granada. Tenía sangre por todo el cuerpo y no sabía de dónde venía. Continuaba escuchando el insistente “piricuacos, perros, piricuacos, perros”, aunque solo pensé en su forma, nunca antes en el sentido.

Quería agua, pero el único líquido que llegó a la boca era sangre a borbotones. Herido en el cráneo, la lengua, la pierna izquierda, el tórax y el ojo derecho.

Entonces se desmayó. Según le han relatado, inerte. Cuando terminó el enfrentamiento, los supervivientes de su bando reconocieron a las víctimas, subieron 14 cuerpos al camión, incluido el de Esquivel. Allí, en el apilado entre un montón de cadáveres, estaba Siete Estómagos.

Pero su sistema gástrico le salvó la vida. De pronto comenzó a convulsionar, y de su boca surgió un informe de bananos, gallina y chicha, que hizo que un integrante de BLI dijera:

—Este hijueputa está vivo.

Sus compañeros volvieron a partir de rumbo al norte, a continuar con la operación, ya que lo llevaron a un hospital. Siete días después, Esquivel se despertó y supo lo que había ocurrido. Hoy, Siete Estómagos trabaja en la construcción. A pesar de toda la metralla que conserva en sus carnes y que ha perdido por completo la visión de su ojo derecho, dice que tuvo suerte. Al menos, piensa, está vivo y todavía brotan lágrimas de su ojo dañado.

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Sin apenas municiones

Cuatro días antes de que el EPS entrase en Honduras, el radiocomunicador que manejaba Martín Omar Chavala —de nombre bélico Repollo porque le gustó y punto— informó lo que se avecinaba. Chavala estaba en un campamento de la Contra cerca de Mocorón. A pesar de ser mestizo, él se había integrado en Yatama, una división de la Resistencia.

La ofensiva ocurrió en el peor momento para ellos, pues el Congreso norteamericano había suspendido la financiación a la Contra, algo que, por supuesto, conocía el EPS. En el campamento de repollo, el abastecimiento militar era casi inexistente. Ni siquiera quedé en las pirañas, ni en las zonas rápidas, sino en la zona selvática y llena de ríos. Los miskitos se habían llevado a La Tiburón, La Araña, La Nocturna y La Madrugadora, las cuatro embarcaciones que contaban hasta hace poco tiempo.

Repollo llevaba una mochila con una sola granada de mano y un AK-47 al hombro sin apenas municiones. Él, de todas las maneras, no se desesperó. Estaban en su terreno, conocían mejor esas tierras que los soldados sandinistas. Además, les había enseñado a creer en la victoria, y también a las bajas. “La lucha es ganar. En el coraje de ganar, vos derrotás”, le habían repetido muchas veces.

“No pudimos aguantar”, recuerda hoy Repollo. Tuvo que abandonar el campamento y replicar ante la embestida de los soldados de EPS en esa zona. La región, afortunadamente para él, estaba llena de vida y era muy adecuada para esconderse. En su versión se han publicado 22 compañeros, incluidos los mandos de la Contra en esa región, un tipo conocido como Gramo de Oro, que quedó decapitado tras una explosión.

Y, después de cuatro días de escapadas y combates, llegué a tener que haber estado esperando durante todo el tiempo: aviones con barras y estrellas. F5, para ser exactos.

“Lo que nos obligó a salirnos”, recuerda Joaquín Cuadra, “porque teníamos que vivir más días y llevar a los periodistas a los campos de la Contra, a una operación del ejército norteamericano: el traslado de una batalla aerotransportado de la 82 División de la Infantería Hacia territorio hondureño. Y, claro, no íbamos a pelear con ellos. Nos dijimos: suficiente, terminó la operación “.

Repollo dice que vio cómo sobrevolaban los aviones y cómo los soldados del EPS se retiraban ante los recién llegados. Afirma que, cuando estos pasaron y todo se calmó, marchó junto con otros compañeros hacia el río Coco que separa Honduras de Nicaragua y pudo ver varios cuerpos de soldados del EPS. Algunos estaban agonizando, y ellos se limitaron a dejarlos morir.

Continúa sin estar claro el número de víctimas de la operación Danto 88. Los medios de comunicación cercanos al gobierno sandinista dijeron en aquel tiempo que la ofensiva había causado 1,000 muertes entre las filas de la Contra, sin hacer ninguna referencia a las bajas en el bando sandinista. No obstante, Joaquín Cuadra dice hoy sin asomo de duda que esa cifra está “inflada”, aunque tampoco sabe precisar un número más realista. En el otro extremo, el comandante de la Resistencia Rubén, Óscar Sobalvarro, declaró hace cuatro años al diario La Prensa que en esos combates murieron 2,000 militares sandinistas. De nuevo, omitió cualquier mención a sus propias bajas. Hoy se limita a decir que “ellos lograron su objetivo. Pero los muertos también los pusieron ellos”.

La única cifra medianamente fiable sobre este asunto es mucho menos dramática y se encuentra
en una oscura habitación de sucias paredes. Es el Área de Documentación del Centro de Historia Militar del Ejército de Nicaragua. Allí, entre polvorientas montañas de papeles y mapas, hay una hoja raída por el paso del tiempo que contiene un recuento realizado al finalizar la operación. En pulcras letras mayúsculas en tinta azul, el documento dice:

—EPS: 35 muertos. 68 heridos graves.

—Enemigo: 92 muertos.

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Los pollos y el gavilán

Cristóbal Sánchez, quien se había presentado voluntario al Servicio Militar porque quería acabar cuanto antes con esa obligación y no quería quedar como un cobarde frente a los amigos de la pequeña comunidad de Masaya en la que nació, pensó que él sería uno de esos 35 muertos cuando le informaron lo que se avecinaba. Su capitán fue algo más específico que el de Siete Estómagos:

“Es un operativo de vida o muerte —les dijo a él y al resto de su BLI—. Golpe total. Podemos volver o no volver. Ustedes van a ser los que van a dar el puntillazo a los contras”.

El soldado llenó su mochila con 800 tiros, ocho granadas, un mortero, una caja de proyectiles de ametralladora, dos granadas de araña, dos granadas de RPG7, y pinolillo, cereal, sardinas y dos bolsitas de caramelos. De Waslala fue en avión a Bonanza. Una vez allí, comenzó a andar hacia el norte, la mayor parte del tiempo en fila india, pues la zona estaba plagada de minas.

Pasaron cuatro días de marcha ininterrumpida hasta que se toparon con el primer grupo de contras, todavía en Nicaragua. Fueron dos días de cruentos combates, en los que el rival fue retrocediendo hasta llegar al río Coco. Los miembros de la Resistencia cruzaron el cauce y Sánchez supuso que pensaban que no los iban a seguir hasta Honduras. Estaban equivocados.

Los integrantes de su BLI, llamado Francisco Estrada, cruzaron el río con los brazos asidos los unos a los otros. Nada más pisar suelo hondureño, a eso de las 12:30 de la mañana, se reanudaron los enfrentamientos. La Resistencia estaba a apenas 80 metros y Sánchez podía oír cómo decían: “Ahí vienen esos hijueputas, piricuacos hediondos”. La batalla duró toda la tarde y toda la noche. Cuando oscureció, los soldados del EPS lanzaron luces de bengala para iluminar el terreno. A Sánchez, no sabría decir por qué, le recordaron a pájaros envueltos en bolas de fuego.

Los tiros cesaron con los primeros rayos de sol. Los contras habían huido, así que el BLI continuó con la misión hasta el campamento de El Aguacate, que ya estaba desierto. Tenían órdenes de hacer una entrada relámpago y destruir todo lo que encontraran a su paso. Lo único que se llevó Sánchez de aquella base fue una olla dejada por el enemigo que contenía arroz y un poco de carne. Llevaba semanas sin probar la res y un recipiente siempre venía bien.

Horas después llegaron los F5 norteamericanos. “Quiero que salgan ahorita mismo”, les ordenó el capitán. Todos comenzaron a correr de vuelta a Nicaragua, desbandados, como los pollos cuando viene el gavilán, dice Sánchez. Para no ser un blanco fácil se sumergieron al llegar al río Coco. En la confusión del momento, el soldado perdió su recién adquirida olla.

Una vez en Nicaragua, un helicóptero los llevó a Bonanza, y él pensó que su guerra había terminado, que ya podía volver a su comunidad de Masaya. Nada de eso. La siguiente parada era Jinotega, donde tenían que combatir a los grupos de contras que allí permanecían.

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Campamento Contra en algún lugar de Honduras. El Ejército sandinista perseguía con la Operación Danto demostrar la presencia de campamentos contrarrevolucionarios en Honduras.

Mina tras mina

Es posible que el BLI con el que se topó el comandante Rubén fuera el de Sánchez. Este jefe de la Contra había decidido permanecer en Jinotega durante la Operación Danto 88. Por primera vez, el suelo nicaragüense era más seguro para su comando que el hondureño. Pero eso no impidió que también les alcanzase la operación. Agarró la cola de la ofensiva, como él dice.

Después de la salida del EPS de Honduras por la llegada de los aviones norteamericanos, Rubén consideró que debía volver a los campamentos. Estaba al mando de un grupo de 120 hombres, 20 de ellos heridos, cuando cayó en una emboscada que logró repeler fácilmente. Lo que vino más tarde fue mucho peor. Pisaron un campo minado y Rubén perdió a cuatro de sus hombres.

Estaban a cinco días a pie de territorio hondureño y el comandante de la Contra decidió abandonar la vereda y adentrarse en la montaña, por miedo a las minas. No sirvió de mucho. Al tercer día, un nuevo campo minado. Esta vez fue el propio Rubén quien resultó herido, pues iba adelante, explorando. Perdió una parte del pie derecho y quedó allí tendido durante un tiempo que a él se le hizo eterno. Sus soldados querían rescatarlo, pero él dice que no dejó que se acercaran porque temía que ellos también pisasen otro de los explosivos enterrados. Comenzó a arrastrarse y a despejar las hojas que había en el suelo para evitar volver a caer en una mina. Tres días más tarde, Rubén llegó al campamento de Yamales con una camisa roja a modo de torniquete en su pie derecho comido por la gangrena. De ahí fue llevado a un hospital de Danlí.

Cuando, pasados seis meses, le dieron el alta, la guerra estaba muriendo en Nicaragua. Ya se habían suscrito los acuerdos de Sapoá entre el Gobierno y el Directorio de la Contra, que incluían un alto al fuego y la amnistía para los alzados. Las elecciones presidenciales, además, ya se empezaban a vislumbrar. Pero todo eso fue después de Danto 88.

El informe

Amontonado junto a miles de sucios papeles se encuentra el informe del EPS sobre la operación Danto 88, en el Centro de Historia Militar del Ejército de Nicaragua. En el vocabulario castrense y revolucionario de rigor de aquella época dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Objetivos: Golpear a las fuerzas mercenarias en sus áreas de campamentos estratégicos en interés de incrementar su derrota total, obligando con ello a la Cúpula Mercenaria a sentarse en la mesa de negociación bajo una posición de desventaja militar; desarrollar una operación eminentemente ofensiva e integral bajo una sola idea y Mando Operativo; mantener de forma paralela a lo interno del territorio acciones de sostenimiento que garanticen la estabilidad en los territorios de las Regiones Militares.

Fases: Helitransportación de las tropas y acercamiento a las posiciones de avanzada de los mercenarios; alcanzar la ribera del río Coco; alcanzar la línea Mayawas-Mukuwas.

Conclusiones: En el sentido general, sírvase de lo que se ha visto. El principio de desarrollo de sus planes de operación.

Agachado, a la derecha, Reynaldo Esquivel. De los otros tres uno murió en el combate, otro desertó y el otro terminó el Servicio Militar.

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