La guerra de rutina

Crónica - 11.06.2004
El conflicto del seis por ciento

El conflicto del seis por ciento es como un monótono deporte en el que el Gobierno y las universidades estiran los extremos de una frágil cuerda de la que penden vidas humanas, bienes públicos e infinidad de intereses políticos y económicos

Juan Ruiz Sierra

E1 pasado martes 18 de mayo, a eso de la una de la tarde, la Avenida Universitaria parecía un mercadito. Los vendedores ambulantes se paseaban entre las cerca de 200 personas que habían cortado el tráfico y tomado la calzada. "¡Agua, agua, agua!", gritaba un hombre que cargaba en la cabeza una enorme y chorreante bolsa. "Chicha de maíz, nacatamal, atolillo, perrerrequeeee", entonaba otra mujer. La oferta era clásica e innovadora al mismo tiempo. Junto a los productos de toda la vida había algunos especialmente traídos para lo ocasión, como los pañuelos que suelen colocarse en la cara los jóvenes que reclaman una mayor financiación para las universidades.

Las movilizaciones estudiantiles están atrayendo a los comerciantes informales. También hay otros que, más previsores, comienzan a sondear el mercado meses antes del estallido de violencia. El año pasado, en los pasillos de la Universidad Centroamericana (UCA) aparecieron unos carteles que decían: "Se hacen pasamontañas. Interesados llamar al...". Para los vendedores no parece haber diferencias entre una fiesta patronal y unos disturbios con barricadas, morteros, bombas lacrimógenas y heridos de por medio.

Desde que, en 1990, el derrotado pero en funciones Gobierno sandinista introdujo en la Constitución una norma que otorga el seis por ciento del Presupuesto General de la República a las universidades, los enfrentamientos entre estudiantes y policías se han ido repitiendo con la puntualidad de cualquier celebración folclórica. Siempre la misma rutina: las universidades piden el cumplimiento del precepto; el Gobierno ofrece una cantidad menor, alegando que no cuenta con suficientes recursos; los estudiantes salen a la calle, construyen barricadas y se enfrentan a la Policía; hay decenas de heridos y quizá algún oficial o alumno muerto; universidades y Gobierno llegan a un acuerdo. Al año siguiente, en una especie de lógica perversa, más de lo mismo.

"Hay gente que se está embruteciendo", decía la canción del grupo muy apropiadamente llamado Molotov, que surgía a todo volumen de una camioneta naranja apostada en la Avenida Universitaria, detrás de las barricadas de adoquines. No pudo haber nada más cierto. El sonido de los morteros —grave, seco y capaz de destensar algún esfínter—, fue ganando en intensidad y los jóvenes que los disparaban, tras constatar que ya formaban un buen número, comenzaron a exclamar "¡Vamos, vamos, vamos!", y a dirigirse hacia el otro lado de la Plaza del Sol, donde aguardaban los antimotines. Un tipo de bigote se paseaba en motocicleta por la parte trasera y gritaba a través de su teléfono celular a alguien en primera línea:

—¡Vuélele verga, compadre! ¡Ya se rompió la mierda!

"Hay gente que se está embruteciendo", repetía el cantante de Molotov.

Un muchacho delgado capitaneaba uno de los grupos estudiantiles. El joven —será llamado Jairo, porque no desea que aparezca su verdadero nombre— tiene 25 años, es estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y es sobrino de Jerónimo Urbina, un alumno que murió en 1995 durante las violentas batallas de aquel año frente a la Asamblea Nacional. Tres horas antes del enfrentamiento del 18 de mayo, Jairo se sentó junto a cuatro compañeros en uno de los muchos bancos del jardín de su por entonces tranquila universidad, esperando la batalla vespertina. Esta se presagiaba cruenta, pues diez minutos atrás se había difundido el fallecimiento de un policía a consecuencia de los disturbios del día anterior en la localidad de Jinotepe. "Es una guerra. A mí me afectó mucho lo que le pasó a Jerónimo", afirmó muy serio.

Jairo se encuentra ahora en el lugar de su tío. Es uno de los que, con la cara cubierta por un pasamontañas y empuñando un lanzamorteros cuya munición dice adquirir de particulares a 70 córdobas la docena, "vuela verga" a los policías. A pesar del precedente y del daño que este causó en su entorno familiar —"mi mamá no sabe que estoy aquí"—, el joven aseguró no sentir miedo por lo que pudiera ocurrir. Tal como él lo ve, depende del destino. "Quien está en la raya está en la raya", suele decir.

Los otros estudiantes miraron a Jairo con respeto. Él es el mayor del grupo y el que, por el carácter simbólico que ha adquirido la muerte de su tío, goza de superiores credenciales combativas. Todos, sin embargo, llevaban en sus mochilas una pequeña bolsa con bicarbonato para mitigar los efectos de las bombas lacrimógenas de la Policía, todos bromearon sobre la refriega del día anterior, todos opinaron que el actual Gobierno quiere "vender el país a las empresas extranjeras y que las universidades públicas se conviertan en privadas", y todos valoraron de idéntica forma a los representantes universitarios: "Vas a ver muy pocos dirigentes cuando todo comience. Son unos hipócritas".Magazine/La Prensa/Osvaldo Rivas

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El representante

Una nube de periodistas rodeó al líder estudiantil Jásser Martínez en la Avenida Universitaria la tarde del mismo martes 18 de mayo. Los enfrentamientos habían terminado por ese día y lo único que quedaba en la calle desierta eran dos barricadas y piedras y cristales por todas partes. Martínez, de 23 años, es el presidente de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNEN), la punta de lanza de esta reivindicación universitaria. En La Prensa suele aparecer caricaturizado al lado de un mortero, con sus rasgos de origen palestino exagerados. También se dice que cobra un sueldo con cargo al controvertido seis por ciento del Presupuesto. Él, por el contrario, asegura vivir gracias al bufete de abogados de su madre y a las dos tiendas que posee su esposa.

Martínez llevaba una camiseta blanca estampada con el rostro de Augusto C. Sandino, lucía tenso y su discurso estaba plagado de frases aprendidas: "Lamentamos lo ocurrido", "no se trata de policías versus estudiantes" o "nuestros métodos de lucha son legítimos". Dos horas más tarde, en la agradable casa de colonial los Robles que sirve de sede al Consejo Nacional de Universidades (CNU), ya sin cámaras, micrófonos ni grabadoras, el representante explicaría que por "métodos de lucha legítimos" se refería a "legitimados", es decir, aprobados tanto por las organizaciones estudiantiles como por los mismos hechos: "Es un mecanismo de presión al Gobierno, que ha dado resultados".

Este es el argumento que esgrimen los universitarios para justificar sus ciclos de violencia. En primer lugar, dicen, con las batallas campales se consigue un impacto mediático que no se lograría mediante simples manifestaciones pacíficas; en segundo, consideran que solo cuando "corre la sangre" el Ejecutivo accede a pagar una cifra cercana al seis por ciento.

Hay ciertas referencias temporales que respaldan parcialmente esta tesis: tras los disturbios de diciembre de 1995 en los que murió Jerónimo Urbina y un total de 13 policías y 30 estudiantes resultaron heridos, el Gobierno y el CNU llegaron a un acuerdo; a finales de abril de 1999, después de unas protestas en las que falleció otro estudiante y un niño de 12 años quedó tuerto, con la mano derecha cercenada y el rostro y el abdomen quemados por la explosión de una bomba de contacto en la UCA, se volvió a negociar un arreglo, que en esa ocasión duró tres años, uno de los pocos períodos de calma en la historia reciente de este conflicto.

La palabra "negociar" es, en cualquier caso, un eufemismo en el ámbito del seis por ciento. Se trata, más que de negociaciones, de muestras de fuerza, como un monótono deporte en el que ambas partes en conflicto, el poder ejecutivo y las universidades, estiran de los extremos de una frágil cuerda de la que penden vidas de estudiantes y policías, bienes públicos, graves perjuicios para las zonas adyacentes a los disturbios y todo tipo de intereses políticos y económicos ligados al Presupuesto.

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Un encuentro cualquiera

Si el conflicto del seis por ciento es un deporte, en Managua se juega desde hace años en dos campos bien delimitados: la Avenida Universitaria, al lado de la UNI y la UCA; y la Carretera Norte, frente a la Universidad Agraria (UNA). En la primera zona, los estudiantes construyen barricadas poco antes de llegar a la Plaza del Sol y detrás colocan una camioneta con altavoces para la música y las arengas de sus representantes. Frente a ellos, en el otro costado de la rotonda, esperan los antimotines de la Policía. Cuando los alumnos consideran que ya forman un número de personas suficiente —esto es, un equipo con posibilidades de plantar cara al rival—, marchan en dirección a los oficiales, comienzan a desafiarles y les disparan con sus armas. Puede que los antimotines caigan o no en la provocación. Si lo hacen, comienza el partido: morteros, cócteles molotov y piedras contra gases lacrimógenos y balas de goma, aunque en alguna ocasión se ha acusado a las fuerzas de seguridad de utilizar también fusiles AK-47.

La duración del encuentro es muy variable. Puede acabar a los 20 minutos o prolongarse varias horas, en cuyo caso se descansará en algún momento para que los estudiantes se enjuaguen sus ojos dañados por los gases, en las cubetas que cargan otros alumnos —normalmente alumnas; en la lucha del seis por ciento, como en muchos otros campos, las ocupaciones se dividen en función del sexo— dentro del recinto educativo, donde la autonomía universitaria prohíbe entrar a la Policía, pero no que dispare desde fuera. También habrá una pausa algo más corta para que el equipo suplente de estudiantes releve al titular. Y otra, simplemente, para que ambos bandos almuercen.

En la Universidad Agraria la dinámica es muy similar, con dos únicas variantes: por un lado, el flanco norte de esa zona de la carretera está poblado por los habitantes del humilde barrio El Rodeo —entre los que hay un número ínfimo de inscritos en la educación superior, pero a los que, paradójicamente, la financiación de las universidades afecta casi más que a ninguna otra persona—, quienes en ocasiones dan cobijo a los alumnos que buscan esconderse de la Policía; por otro, la Zona Franca se encuentra en el costado sur, y, en una escena que tiene poderosos tintes surrealistas, miles de empleados de las compañías textiles salen del trabajo entre las cinco y las seis de la tarde con cara de pánico y los oídos tapados mientras a pocos metros sucede el combate.

Esa misma carretera presentaba, al final de la mañana del 18 de mayo, el curioso y dual aspecto del paisaje de antes y después de la batalla. Pasados los conos policiales que acotaban el recinto donde se desarrollaría la refriega, había llantas quemadas, balas de goma vacías, adoquines, recipientes de bombas lacrimógenas —Made in Spain, se leía en ellas— y demás rastros del encuentro del día anterior. Sentados en rueda a ambos lados de la vía, los estudiantes, con los pasamontañas a modo de sombrero y los lanzamorteros siempre al alcance de la mano, hablaban muy poco entre ellos y tenían cara de sueño, pues habían dormido esa noche en la propia universidad. No obstante, todos afirmaban, estar listos para lo que viniera.

Manuel Novoa, joven voluminoso y presidente de la Facultad de Agronomía, dejó su chaqueta militar y el arma de rigor sobre el césped del recinto universitario y se sentó en el suelo, dispuesto a dar cuenta de una ración de la comida con que la UNEN obsequia a los estudiantes en días de lucha por el seis por ciento. Durante veinte minutos, entre bocado y bocado, lanzó las acusaciones habituales en contra del Gobierno, solo interrumpidas por un grupo de alumnos que reclamaba su cuota de alimento. "Allá en el comedor", les señaló Novoa. "¡Después se vienen!" Los universitarios acataron la orden con expresión sumisa y se marcharon en fila india.

Un vigilante de la Universidad Agraria, José Miguel Montoya, hacía mientras tanto su trabajo, que consiste en distinguir los estudiantes de aquellos que no lo son, aunque se enfrenten a la Policía. Montoya señalaría después a un grupo de jóvenes apoyados en la mediana de la carretera. "El de camisa verde y el de short azul no son alumnos", diría muy seguro. No parecía haber ninguna diferencia entre ellos y el resto, pero el vigilante hizo valer sus seis años en este oficio: "Sé reconocer a los colados". La participación de no estudiantes en las batallas del seis por ciento sirve tanto al Gobierno como a los universitarios. Estos, cuando se produce alguna muerte como la del policía ese mismo día, siempre pueden decir que no han sido ellos. El Ejecutivo, por su parte, echa mano de los mismos autoinvitados para acusar al movimiento universitario de ser un grupo de delincuentes.

De vuelta a los conos policiales, seis agentes antimotines con prótesis negras por todo el cuerpo, que les daban un aspecto de jugadores de hockey sobre hielo miraban aburridos al suelo. Uno de ellos dijo con mucho recelo que, para él, el seis por ciento significaba "una cuestión política en la que nosotros ponemos la sangre".Magazine/La Prensa/Osvaldo Rivas

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La experiencia turística

"Hay gente que se está embruteciendo", decía la canción del grupo Molotov en la Avenida Universitaria. Así que comenzó el bum bum de las municiones universitarias y el humo espeso y blanco de las bombas lacrimógenas policiales. El encuentro, de todas maneras, fue corto y deslucido. Apenas 20 minutos en los que los antimotines no quisieron entrar al trapo y los estudiantes, un tanto decepcionados, volvieron a replegarse.

En la esquina de las galerías comerciales de Metrocentro, cuyo parqueo hace funciones de palco de
honor durante estas batallas, una turista rubia cargaba una bolsa de viaje en la espalda, una pequeña cámara digital en una mano y un ejemplar de Lonely Planet en la otra. Dado el cariz tradicional que están tomando las refriegas del seis por ciento, puede que en la próxima edición de esa guía —considerada la Biblia del mochilero— aparezca bajo el epígrafe de "Eventos Especiales", junto al Día de la Independencia y a La Purísima, una mención a este conflicto. "No se pierda una escena que empieza a ser extraña incluso en América Latina", vendrá a decir. "Vea cómo estudiantes y policías luchan entre sí. Los combates se suelen producir durante la discusión del Presupuesto, antes de su aprobación y en otras fechas difíciles de precisar. Planifique su visita a Nicaragua y manténgase informado".

Una vez terminada la batalla, después que los altavoces del vehículo naranja hubieran exhortado al retorno a los recintos universitarios, un grupo de muchachos detonaba morteros con cara de satisfacción dentro del campus de la UCA. Cerca de 15 jovencitas sonreían embelesadas después de cada disparo. Cerca de ellos, otros alumnos iban de un lado a otro con reglas y escuadras, acudían a la biblioteca, se matriculaban en las ventanillas de sus facultades o bebían tranquilamente un refresco en la cafetería. Como si nada estuviera pasando. El ser humano se acostumbra a casi cualquier cosa si esta se repite tanto que acaba convirtiéndose en rutina. Magazine/La Prensa/Osvaldo Rivas

Cincuenta años de conflictos

El seis por ciento fue al principio una cantidad indeterminada y, después, un dos. El decreto de 1958 que instauraba la autonomía universitaria no recogió ninguna cifra para la financiación de la educación superior, limitándose a decir que sería "según lo disponga el Presupuesto", por lo que quedaba al arbitrio del Gobierno.

Las universidades iniciaron movilizaciones durante la siguiente década con el objetivo de lograr una cantidad para la educación superior que no debía ser menor del dos por ciento del Presupuesto. La campaña resultó, en parte, un éxito, pues se aprobó tal proporción, pero esta se computaba con base en los ingresos fiscales percibidos por los impuestos, dejando de lado otro tipo de entradas de dinero a las arcas del Estado. En 1972, la comunidad docente volvió a presionar al Gobierno, pidiendo, esta vez sí, el seis por ciento. "Las manos del pueblo gritando están: seis por ciento para la UNAN" —siglas de Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la única pública por ese entonces—, decía el lema del movimiento, ideado por el publicista Carlos Cuadra Cardenal y el cantautor Carlos Mejía Godoy, quien daba sus primeros pasos artísticos. No obstante, la campaña se suspendió ante los devastadores efectos del terremoto de ese mismo año.

El dinero para las universidades no volvió al centro de la agenda política hasta 1990, cuando el saliente Ejecutivo sandinista aprobó la norma de la discordia. Entonces empezaron los enfrentamientos tal como se conocen hoy.

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Crónica