Abril 2018

Del editor - 06.04.2021
marchaNicaragua

Cuando Daniel Ortega regresó al poder, en enero de 2007, tuvo la oportunidad de dar una lección a la historia nacional. Lo menos que se esperaba de él es que, en condiciones de paz, un partido como el suyo, un hombre con su pasado, demostrara que podía vivir en democracia.
Pero no, escogió el camino opuesto. Desde que llegó al gobierno manifestó claramente su intención de no bajarse nunca de él. Comenzó a concentrar todos los poderes en sus manos, anuló la Constitución para reelegirse y gobernar sin apego a ninguna ley, trabajó para convertir al Ejército y la Policía en cuerpos al servicio de su familia, se asoció con el gran capital y diseñó un cuerpo de leyes represivas para controlar el descontento cuando fuera necesario.
Durante 11 años, los planes le salieron a pedir de boca. Ortega no solo encontró una economía en franca recuperación sino también comenzó a recibir la cuantiosa cooperación venezolana, que se calcula en unos 500 millones de dólares anuales. Este dinero lo usó, principalmente para forjar simpatías clientelistas, tanto en sus bases a través de prebendas, como entre los empresarios, con oportunidades de pingües negocios.
Sin embargo, era fácil percibir que se esculpía una dictadura. Si había un terreno en el que Ortega no hacía concesiones, era en el de las limitaciones a las libertades públicas. Las elecciones se convirtieron en ejercicios inútiles donde Ortega mismo decidía cuántos votos asignaba a cada quien. Las leyes dejaron de ser el refugio del derecho. Gota a gota se fue acumulando un descontento hasta que se llenó el vaso. Y se derramó.
El 18 de abril de 2018 la historia de Nicaragua cambió dramáticamente. Mares de nicaragüenses salieron a las calles a expresar que ya no querían ese modelo de gobierno. Al cerrarse la posibilidad de expresarse a través de votos, el descontento se mostró en manifestaciones multitudinarias, barricadas, algunos actos de violencia y el grito desesperado de que se quería algo distinto. La respuesta fue una represión violenta que tiñó de sangre al país y lo mantiene hasta ahora en un estado de sitio de hecho, con una policía dedicada principalmente a evitar que el descontento estalle de nuevo.
Esta edición de Magazine relata esas 48 horas que cambiaron la historia, a propósito del tercer aniversario de la rebelión de abril.

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