LA BIBLIOTECA QUE HE DEJADO ATRÁS

Sergio Ramírez

La biblioteca que he dejado atrás en Nicaragua es como una casa dentro de otra casa, construida a lo largo de muchos años, desde que mi afición impenitente por la lectura me llevó a juntar libros. Un ladrillo tras otro ladrillo, muros de libros que reclaman cada vez más estantes, provenientes de mis correrías por librerías de muchas ciudades del mundo; librerías como catedrales, otras pequeñas y acogedoras donde reina siempre el silencio, librerías de viejo en buhardillas que huelen a papel de tantos años y donde no falta tampoco el aroma a vejez de la naftalina.

El exilio hace extrañar muchas cosas, pero entre las que me hacen faltan están mis libros. Ahora no sé cuántos son. Creo que nunca lo he sabido. Alguien me ha preguntado alguna vez, al visitarme dentro de aquel refugio, si he alcanzado a leerlos todos, una pregunta de gran candidez, porque algo así es imposible. Leerse todos los libros coleccionados a lo lago de la vida sería un acto borgiano que puede llevar a la locura.

Los libros están allí, con sus lomos atrayentes, para darme ese privilegio de la escogencia de qué leer, y en qué momento leer. Libros a los que se vuelve con la avidez de la primera vez que lo tuvimos entre manos, que algo nos enseñaron y dejaron una huella en nosotros; o libros que nos deslumbraron alguna vez, y al sacarlos otra vez del estante y empezar de nuevo a leerlos, después de años, nos decepcionan, quizás porque cada lectura tenga su momento propicio, que luego se pierde para siempre.

Siempre tendremos más libros de los que nos alcanza la vida para leerlos, y a ese caudal estarán entrando siempre nuevos títulos, como a través de una compuerta siempre abierta; los que compramos cuando viajamos, los que nos llegan por correo, los que nos regalan los amigos.

Y la biblioteca propia se va formando por libros solos, o por lotes entrañables. José Coronel Urtecho empezó a enviarme desde su hacienda Las Brisas, en cajas de cartón de embalar jabón y aceite de cocinar, sus libros de historia, como una herencia que me dejaba por adelantado. Mes tras mes, y allí estaban las cajas en mi casa, una o dos.

La Comedia Humana de Balzac, en la edición que tengo en mi biblioteca, está formada por treinta tomos en cuarto mayor, con tapas de cartón. Es una edición muy vieja, que compré una vez en una librería de Clermont-Ferrand en Francia, porque su precio me pareció irresistible, unos cien euros. La compré sin fijarme en las consecuencias, porque, una vez en mis manos, ¿qué hacía para enviarla a Nicaragua? Un amigo me ayudó a cargar los libros hasta la oficina más cercana de correo, el empleado los metió en sacas, y por un precio asombrosamente bajo también, fueron enviados por correo marítimo y llegaron sanos y salvos; y allí están, sus tapas amarillo hueso visibles en uno de los estantes.

Hacerse de una biblioteca que se convierte en un verdadero bosque frondoso, toma tiempo, o toma toda una vida. Yo he vivido dentro de ese bosque, y sólo yo puedo orientarme dentro de él, sólo yo sé dónde está cada libro, y puedo ir directamente a buscarlo. En alguna ocasión alguien me convenció de que debería contratar a un bibliotecólogo que me los clasificara, y resultó en un verdadero desastre. Cuando regresé de un viaje me hallé con el trabajo cumplido de manera muy profesional, cada libro con su etiqueta de clasificación, y un fichero de varias gavetas en una esquina.

Pero fue como si el orden establecido por aquella mano experta hubiera trastornado mi mundo, y me encontré perdido en mi bosque. Ya no sabía dónde estaba cada libro al que yo podía ir directamente, dentro del caos organizado en que todos vivían en paz y armonía, y me sentí extranjero en mi propio mundo. De manera que deshice el trabajo de clasificación, y volví a colocarlos de la manera en que antes los tenía, para llegar hasta ellos sin más guía que mi memoria.

Ahora todo está en silencio en ese bosque. Imagino los estantes de libros en la penumbra, quietos, en el recinto cerrado, esperando la mano que los devuelva a la vida, la mía, que he vivido entre ellos, dichoso de su compañía. Exiliados también ellos, en su propia soledad.

 

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