Catorce mese presos “por error”

Entrevista - 01.02.2004
José Alejandro Pereira Malespín

Hace 21 años José Alejandro Pereira Malespín fue encarcelado por la Seguridad del Estado sandinista. Durante 14 meses estuvo preso y sometido a torturas para que confesara sus vínculos con la CIA. Nunca confesó porque no sabía nada de lo que le preguntaban. Hoy es un optometrista de éxito y se sigue preguntando por qué lo encarcelaron. “Fue un error”, reconocen sus verdugos que ahora, paradójicamente, se cuentan entre sus clientes

Eduardo Marenco Tercero

Su casa fue cateada en once ocasiones. Buscaron hasta entre las rosas del jardín. En el techo. Debajo de las camas. Sólo encontraron un radio Sony, que según recuerda el optometrista José Alejandro Pereira, fue la única evidencia que recopiló en su contra la Seguridad del Estado.

Los cargos: conspirar contra la revolución. ¿Cómo? Recibiendo orientaciones desde Langley, Virginia, cuartel general de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a través del radio Sony, una novedad en aquellos años de escasez. Pero el doctor Pereira, como le llaman sus pacientes, afirma 21 años después que nunca ha llegado a conocer Langley y que jamás fue “el cerebro” de la CIA en Nicaragua, de lo que, asegura, fue acusado.

Pereira estuvo detenido durante catorce meses, entre 1982 y 1983, en las cárceles de “El Chipote” y de “La Zona Franca” hasta que fue liberado en un “gesto de buena voluntad” de los sandinistas. Su verdadero “pecado”, dice, fue viajar frecuentemente de compras a Miami con su esposa, una mexicana de ojos verdes. Nunca aceptó tampoco que le llamaran “camarada” o “compañero”. A lo sumo acepta que le llamen flaco, pelón o anteojero.

“Lo irónico de todo esto es que quienes me iban a fusilar son ahora mis pacientes”, comenta jocosamente, reiterando que él ha perdonado y procura no recordar ese episodio que le cambió la vida y lo obligó a irse a un duro exilio donde empezó desde cero. “La necesidad te aviva los sentidos”, advierte.

Habla hasta por los codos, es de aquellas personas capaces de vender un charco, un genio del marketing, pues. Menudo, delgado y pequeño, con una calva algo bronceada que relumbra, conversa casi sin respirar.

Mientras estuvo preso, le trituraron los nervios en dos ocasiones que simularon su fusilamiento para obligarlo a hablar. Luego le pusieron en la celda contigua una grabación con una voz similar a la de su mujer, que recién había dado a luz, voz que le pedía que delatara a los demás contrarrevolucionarios. Detrás de todo estuvo el coronel Lenín Cerna, jefe de la Seguridad del Estado. “Yo no guardo rencor. El ahora es mi paciente. No olvidé pero lo perdoné”, asevera.

Pereira fue liberado después de catorce meses gracias a un indulto concedido por Daniel Ortega Saavedra, entonces coordinador de la Junta de Gobierno. Ese mismo día salió libre Carlos García, el directivo del beisbol que alguna vez fue encarcelado por conspirar, supuestamente, en contra de la revolución. Y también fue indultado, recuerda, el padre Amado Peña, hoy conocido como el cura de los prisioneros, quien para entonces tuvo el Seminario por cárcel.

Pereira lamenta que fuera encarcelado por política cuando nunca ha sido político. Insiste: “Mi política es mi trabajo, yo soy ‘pereirista’. Si Pereira no trabaja, no come”.

Como una de las exigencias para ser liberado, envió una carta a Daniel Ortega agradeciendo el indulto. De la cárcel salió al exilio. En Miami fue bombero de gasolinera detrás de un vidrio antibalas.

Allá trabajó duro, siguiendo el ejemplo de Lino Álvarez, un optometrista cubanoamericano que era el primero en llegar a su clínica y el último en irse. Tramitó su licencia de optometrista y trabajó con él por largos años.

A sus 56 abriles asegura que ha laborado todos lo días en los últimos 37 años. A cada momento recuerda que lo obtenido en la vida se lo debe a Dios.

Cuando José Alejandro Pereira se enteró que doña Violeta Barrios de Chamorro había derrotado a los sandinistas, puso su renuncia en la clínica de Lino Álvarez y empezó a hacer sus maletas para regresar a Nicaragua, hasta que el 17 de junio de 1990 pisó de nuevo suelo patrio.

Volvió a trabajar con su padre en la famosa Óptica Pereira, pero años después se independizaría para fundar el Centro Visual Pereira, que cuenta con clientes como el empresario Carlos Pellas, el general Humberto Ortega Saavedra, el comandante Tomás Borge y su antiguo verdugo, Lenín Cerna.

La Prensa/Guillermo Flores
La Prensa/Guillermo Flores

Disculpas de Cerna

Un día, del que no recuerda la fecha, se apareció por su consultorio el mismísimo ex jefe del Ejército Popular Sandinista (EPS), Humberto Ortega Saavedra, a quien le haría lentes para jugar softball, lentes para buceo y para uso cotidiano. “El es muy coqueto y exigente”, señala, por lo que no fue nada fácil convencerlo de que podía obtener lentes de excelente calidad. Pero lo logró y ahora es uno de sus pacientes más fieles. En una de sus visitas, el general Ortega, con sus aires de dueño del mundo, le dijo al doctor Pereira:

— Doctor, pídame lo que quiera.

—¿?

— Sí, lo que quiera.

— Mire don Humberto —no le llama general— me gustaría saber por qué me echaron preso, por qué catearon mi casa once veces y por qué detuvieron hasta a mi esposa.

La respuesta del general Ortega llegaría días después a través del hilo telefónico. Le dijo que había conversado con el coronel Lenín Cerna sobre su caso.Y concluyó:

— Doctor, desafortunadamente fue un error.

— Un error muy grande don Humberto.

— Usted sabe, en la revolución hubo excesos y a usted le tocó conocer eso… pero quiero que acepte mis disculpas.

A los pocos días fue el propio Lenín Cerna quien se presentó a disculparse. “Llegó acompañado de un coronel Chávez, un hombre chaparro, con cara de malo, que me inspiró un miedo como pocas veces he sentido en mi vida”, rememora. Sin embargo, aceptó las disculpas y poco después el coronel Cerna sería uno más de sus pacientes. Perfeccionista e innovador, tiene ocho hijos, no cree en el matrimonio pero sí en el trabajo. Dice que se retirará con gloria, siendo el campeón en su ramo para poder tomarse sus cervecitas tranquilo, en short y chinela, ermitaño en su casa del mar de Quizalá donde por primera vez se dará un chapuzón tal como se lo ha prometido a sí mismo.

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