El decano Rodolfo Tapia “moriría sin la radio”

Entrevista - 20.06.2004
Rodolfo Tapia Molina

A sus 72 abriles, Rodolfo Tapia Molina continúa informando cada día a los nicaragüenses con la misma sobriedad de siempre, con su voz serena y enérgica, como lo ha hecho siempre en los últimos 47 años

Eduardo Marenco Tercero

Cada mediodía, cuando Radio Informaciones sale al aire, a la una y media en punto, se escucha la inolvidable viñeta: “De la prensa resulta: el amor y el odio. La paz y la guerra. La luz y las tinieblas. La verdad y el error. El bien y el mal…

” A lo largo de 47 años ha sido el sello del noticiero de Rodolfo Tapia Molina, el decano del radioperiodismo nacional. Se escuchó por primera vez en 1957 en Radio Mundial, y después de casi medio siglo, aún se oye en Nicaragua, luego de desastres, dictadura y revolución.

Cuando se entra a Radio Sandino, donde se transmite ahora su programa, a la una y media de la tarde, se incursiona en otra época: de la pared cuelga un reloj Bulova, amarillo como un periódico de ayer; una telefonista disca en una consola de los tiempos de la Guerra Fría; y Daniel Ortega, con boina, sonríe en blanco y negro con veinte años menos, vestido de militar y con lentes gruesos.

Un rato después llega Rodolfo Tapia Molina, el decano, con su nariz de halcón y la barriga abultada, desaliñado y meditabundo, con todo el peso de su pasado en sus hombros.

Invita a conocer su oficina, y luego de un oscuro laberinto con olor a moho, se llega a una puerta que al abrirse hace aparecer una sala de redacción de las de antes, con las máquinas de escribir en los escritorios, la persiana americana ennegrecida por el polvo, el olor a periódico y a cafeína, las revistas y libros por doquier, los abanicos amortiguando el sopor del calor de antes de la lluvia, mientras un lobo solitario lee el periódico, abstraído en un silencio fúnebre.

“Nazco y muero todos los días, la noticia nace, se desarrolla y muere a diario. Al día siguiente todo vuelve a empezar. Llevó 47 años de mi vida atrapado en ese círculo virtuoso”.

La guardia de las radio novelas

Vámonos a otro lado, dice. Sale de nuevo al laberinto, el busto de Sandino está en el patio de la antigua mansión, y ya en la otra cabina de radio, donde se ha grabado radionovelas como Doña Bárbara, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde y El Centerfielder, se sienta con un fólder en la mano, lleno de recuerdos.

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Es un hombre al que le cuesta hablar de sí mismo. Tapia Molina nació en Managua el 8 de marzo de 1932, hijo de Fernando Tapia Bone y Berta Molina de Tapia, graduado de la séptima promoción de bachilleres del Instituto Pedagógico La Salle de Diriamba, donde le descubrieron sus dotes de orador, lo que le enrumbó hacia el mundo de la radio.

Del álbum escolar muestra una foto donde aparece con cara de yo no fui y otra en la que es un niño no mayor de tres años, con una naranja sin corteza en una mano y un tenedor en la otra.

Creció en aquellos años de la Managua recién terremoteada luego del desastre del año 31. Vivía detrás de Catedral, en la calle Largaespada, hijo de una familia de cuatro hermanos (sólo viven dos), y su padre era el administrador de La Glorieta del parque central, a donde los diputados llegaban a tomar un receso “técnico” y los niños tornaban sorbetes refrescados por la brisa del Lago Xolotlán.

Fue inquieto desde adolescente. Una vez se unió a Ausberto Narváez y Edwin Castro, alumnos de los años superiores del Pedagógico de Diriamba, que organizaron una protesta contra Anastasio Somoza García, y fue tan grande la estampida que provocó la persecución de la Guardia, que viajó hasta Casa Colorada, en El Crucero, en la valijera de un carro, para que no lo atrapara la Guardia.

Soñaba con ser ingeniero eléctrico, de modo que al poco tiempo de bachillerarse se las veía con condensadores, circuitos, ondas hertzianas y daba mantenimiento a roconolas que tocaban boleros corta pulsos o rancheras de despecho.

Huele a viejo en la cabina de radio. Tapia gesticula con vehemencia, escarba en sus archivos y suele ver en dirección al papel por la manía de leer noticias en la radio. Es esquivo y algo refunfuñón. “Es el hombre más modesto que he conocido”, dice el periodista Rolando Cruz Castillo, amigo de bohemia de Tapia Molina. “Es de pocas palabras en sus alocuciones”, agrega, “parco, muy dueño de su vida privada, la cuida con mucho celo”.

Aún así abre el baúl de sus memorias y prosigue: hace cincuenta y dos años hizo sus primeros “finitos” en la radiodifusión, leyendo en la radio Ondas del Xolotlán de Andrés Castro Wasmer, los editoriales de Paco Espinoza, padre del profesor Mario Fulvio Espinoza.

Poco tiempo después estaría de locutor en la Radio Mundial, y en 1957 salió al aire Radio Informaciones, un radioperiódico por el que desfilaría la crema y nata del periodismo nacional: Horacio Ruiz, Danilo Aguirre, Joaquín Absalón Pastora, Eduardo Alvir, Freddy Rostrán, entre otros. La viñeta con la que inicia el programa la “fusiló” de la Voz de América y se origina en un pensamiento de Jaime Balmes. La marcha es “Patrulla Americana”.

Magazine/La Prensa/Ariel León
Magazine/La Prensa/Ariel León

“Hay que informar, no opinar, ser honesto, darse a respetar, solamente si respetan serán respetados, guarden las escopetas, la carne de venado es dañina”

Nacer y morir

“Lo que me tiene con vida es haber tenido ética”, asevera Tapia Molina. Sus amistades y periodistas de las más variadas tendencias le reconocen su honestidad. Su mandamiento de oro ha sido el respeto a la moral y a la vida privada de las personas, visión inspirada en las ideas de Rodrigo del Llano, periodista mexicano.

“Rodolfo Tapia es el símbolo de la honestidad y la probidad en el ejercicio del periodismo radiofónico de Nicaragua en más de cuatro décadas”, señala Manuel Eugarrios, viejo amigo suyo y ex reportero de LA PRENSA.

Agrega: “Es un hombre ponderado. Reposado, espiritual y físicamente. No es dado a decisiones bruscas, ni violentas, mucho menos”.

Tapia bucea en sus recuerdos. No puede ya vivir sin informar noticias. La radio es su alter ego.

—¿Qué sería su vida sin la radio?

—Creo que me moriría— responde y ve directo a los ojos. Para mí es como vestirme todos los días, es buscar noticias, ponerlas bala en boca, dispararlas y al día siguiente empezar de nuevo. Es parir y matar los hechos. Nacer y morir a diario.

Y vaya que ha estado a punto de morir por la radio, como cuando las turbas nicolasianas asaltaron la Radio Mundial. También ha conocido la represión: como cuando llamaba dictadura dinástica a la tiranía y a ésta no le gustaba, o cuando leyó el acróstico de Rigoberto López Pérez publicado por Novedades, en un gol que le metieron a sus editores. O cuando lo echaron preso por ser de la juventud liberal independiente, “carceleada” que fue su cura de burro, porque ningún compañero de causa movió un dedo por él.

Ha sido también publicista, pero en 1972, perdió todo lo trabajado en la vida cuando el terremoto destruyó sus oficinas. Se levantó de las cenizas “gracias al dinamismo por el que no me doblego ante los obstáculos y los poderosos”, dice.

Durante la revolución dirigió Radio Sandino, luego que los sandinistas echaran a Chuno Blandón y también laboró en el Sistema Sandinista de Televisión.

Es abuelo ahora, con nueve hijos. En otra entrevista le contabilizaron quince. Es un tema que evi-ta. Salta la página. Aunque ha admitido haber sido mujeriego y que ahora es “un lobo manso que sólo pide amor”.

—¿Desafios?

—Los desafios de la vejez. Comienzan a apartarte poco a poco. Éste ya no da más, dicen. Sólo llegan reconocimientos y los recuerdos. Nada del metálico.

Director de orquesta

Es pasado mediodía, acicalado y de chaleco negro, Rodolfo Tapia Molina está junto a Humberto López, presentando las noticias y los anuncios de Radio Informaciones.

Hay prisión para un soldado estadounidense culpable de abusar prisioneros en Irak. A Camilo Mejía, lo enjuician en Estados Unidos, por desertor. El presidente Enrique José Bolaños Geyer es desafiado por el contralor liberal Guillermo del Carmen Argüello Poessy.

“¿Quiénes son los donantes anónimos de la campaña electoral?”, se oye decir al Contralor, “¿Ese dinero proviene de la narcoactividad? ¿O de la generosidad de don Byron Jerez?”, afirma Argüello Poessy, con su voz ahogada, que recuerda a Marlon Brando interpretando a Don Corleone.

Tapia alza la mano como un director de orquesta y el controlista coge la seña. Se enciende la señal luminosa que avisa que están en el aire. Con una energía de hierro, da las últimas noticias y Humberto López lee los últimos mensajes con su voz de barítono. Concluye un noticiero más. Las noticias han sido difundidas. Mañana será otro día. Habrá que cazar historias, ponerlas bala en boca. Y dispararlas de nuevo.

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