“”En un momento me sentí como superman”

Entrevista - 08.11.2018
Henry Ruiz

El comandante Henry Ruiz, legendario guerrillero, primero, y poderoso comandante después, tiene el perímetro de Managua como cárcel. Denunció presuntos actos de corrupción en el seno de la Fundación Augusto César Sandino (FACS) y terminó con sentencia de cárcel de un año. Detrás de todo, dice, están Daniel Ortega y Lenín Cerna, sus antiguos compañeros de armas

Eduardo Marenco Tercero.

Quién imaginaría que un comandante de la revolución y ex guerrillero marxista leninista, sería a sus 60 años un consultor de banqueros extranjeros que desean invertir en Nicaragua.

Pues bien, Henry Ruiz Hernández, el comandante “Modesto”, una leyenda entre las filas sandinistas, vive ahora de ese tipo de consultorías, algo que para él —aunque resulte insólito— puede conjugarse con sus ideas anticapitalistas.

Viste con camisa Tommy Hilfiger, jeans y botas de militar. Se conserva bien gracias al ejercicio cotidiano y a que “no traga” mucho, como él mismo dice.

Cumple ahora una condena de un año de cárcel en el perímetro de Managua, pues al denunciar presuntos actos de corrupción en el seno de la Fundación Augusto César Sandino (FACS), resultó demandado junto a otros directivos, por los delitos de falsificación de documentos públicos y asociación ilícita para delinquir.

Una juez lo encontró culpable. Él está seguro que Daniel Ortega y Lenín Cerna están detrás del fallo.

Henry Ruiz es una leyenda en el FSLN. Fue uno de los nueve comandantes de la revolución, y de los pocos, sino el único, que no tiene mala imagen pública.

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Entre 1990 y 1997 vivió de su salario de un mil dólares como dirigente formal del partido, el cual abandonó por discrepancias políticas pues pensaba que la Ley de la Propiedad no debía ser modificada, como lo fue a raíz del pacto libero-sandinista, en 1997. Él estaba en desacuerdo con el carrusel de nuevos reclamantes que vuelve infinito el problema de la propiedad.

Recuerda que para aquel entonces escuchó de negociaciones secretas entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega pero le dijeron que era falso. Luego se confirmaron públicamente esas reuniones y se sintió engañado. “Si esto lo hacen con un compañero, ¿qué harán con los demás? ‘Más de tonto si me quedo aquí’, me dije, y me fui”, razonó.

Después se dedicó a consultorías a banqueros extranjeros que deseaban invertir en Nicaragua.
“Dicen que las consultas se pagan, incluso como consultante político, yo le he dado consultas a banqueros extranjeros, no voy a estar regalando mi trabajo”, alega.

—Pero qué irónico— le digo —¿Un comandante de la revolución, guerrillero marxista-leninista, al servicio de banqueros extranjeros?

—Yo quiero que haya progreso en este país… yo soy más radical que eso, yo no creo en el sistema, pero ése es un postulado mío, el postulado suyo puede ser distinto, pero tenemos que convivir en este mismo suelo, en esta misma Patria, y yo tengo que aprender de usted y usted de mí. Perfectamente podemos vivir en el mismo país.

En esta entrevista, Henry Ruiz habla de sus desencantos en la revolución y el cisma de la FACS.

“No debió morir nadie, la guerra civil no era necesaria”

Los tiempos de gloria no volverán, cuando los nueve comandantes reinaban en Nicaragua.

—¿Qué balance hace de la revolución sandinista? ¿Qué satisfacciones y frustraciones le dejó?

—Fue el hito histórico más importante del pueblo nicaragüense en el Siglo XX, incluso más grande que la revolución de Zelaya, con una mejor idea de la modernidad, sin olvidar el esfuerzo de esta revolución, por la presencia de Estados Unidos, que consideraban ésta su zona, su patio. Y las frustraciones son la pérdida del bagaje ético.

—¿Esto se expresó durante el ejercicio del poder o después?

—La evidencia queda después del noventa. Yo creo que ese germen se venía dando. Cuando uno ve hacia atrás, comienza a oír los cuentos, incluso las propias omisiones, por qué no puse más cuidado en eso…

—¿En lo particular usted qué se reprocha?

—¿Entre sus mismos compañeros?

—Sí. Y por lo tanto eran “peleables”. Se dice que la defensa lo absorbía todo, que la guerra lo absorbía todo, es cierto, ocupó un porcentaje grande de todas nuestras energías para defendernos de una guerra de agresión dirigida por Estados Unidos. No se oculte esta realidad con un dedo. Pero por ejemplo, había gente que tenía críticas y esas críticas se miraban mal. Y eran señalamientos amorosos para que las cosas mejoraran. Y muchos compañeros fueron sancionados por señalar cosas que eran incorrectas.

—¿Había abusos de poder?

—Sí, abusos. El poder aliena, así como la riqueza. En un momento me sentí como Superman en mi psicología. ¿Dios mío qué me está pasando?, pensaba.

—¿Y la doble moral comandante? Uno recuerda que la Dirección Nacional le exigía al pueblo que asumiera los sacrificios de la escasez y del bloqueo económico, pero ustedes iban a la diplotienda.

—Ahí hay un señalamiento en mi opinión correcto. Nosotros no pasamos las penuria, tampoco creo yo que para estar en un plano igual hay que pasar las penurias por las que están pasando (los demás). No. Pero no deben haber privilegios. Y esta política de ir a la diplotienda yo creo que no fue una política correcta.

—Sobre el descalabro económico. ¿Es culpa sólo de la guerra? A usted lo señalan como Ministro de Planificación.

—Yo fui Ministro de Planificación de ochenta al ochenta y cinco, nosotros hacíamos planes.

—¿Eran castillos en el aire?

—No, no eran castillos en el aire. El problema eran las tendencias, tratar de acercar las ramas, se formaban empleados; el problema era que los ministros eran comandantes de la revolución y querían hacer sus propias obras y eso no alcanzaba, entonces al final el plan no servía, era rechazado, porque lo expulsaba una voluntad más fuerte que la de armonizar. De repente aparecía la obra mayor y nosotros nos oponíamos y nos derrotaban.

—Cuando se piensa que en la guerra murieron cincuenta mil muchachos defendiendo la revolución, luego ocurre la “piñata”, y ahora alguien como el general Humberto Ortega es millonario, otros comandantes son banqueros, uno se pregunta, ¿valió la pena que murieran esos muchachos?

—Bueno, si se coloca en esa regla de tres, me parece que ni la hubiéramos emprendido, nos hubiéramos quedado con Somoza. Pero creo que no está correctamente planteada la pregunta. Primero, no debió morir ninguno porque la guerra civil no era necesaria. La guerra la financió Estados Unidos. Efectivamente, este sacrificio debería estar indicado en el libro de la ética y moral de cada uno de nosotros para respetarlo. Esos jóvenes no dijeron que iban a morir por la Patria, como decía Leonel Rugama, se fueron y murieron. Y los otros, engañados, lo hicieron también.

—Estos muchachos murieron por la Patria. ¿Y los que se enriquecieron en el nombre de la Patria comandante?

—No sé de qué van a morir.

—¿Henry Ruiz se enriqueció durante la revolución?

—Yo lo único que tengo es esto y lo tengo hasta embargado.

—¿Esta casa?

—Esta casa la compré y de acuerdo a las leyes, no con dinero que yo tenía, sino con dinero que mis amigos recogieron.

—¿Cuánto pagó?

—Salieron como ochocientos y tanto mil pesos de la época de Panchito (córdobas oro).

—¿Al cinco por uno?

—No sé.

—¿A quién se la compró?

—Al Estado.

—¿No pueden acusar al comandante Henry Ruiz de piñatero pues?

—No, yo tengo mi escritura y tengo incluso los bonos de vuelto que todavía me está debiendo el Estado.

En el nombre de Sandino

—El tema de la FACS para muchos ha significado corroborar la ruina moral que hay en algunos estratos de la élite sandinista. ¿Qué es para usted todo lo que ha ocurrido?

—Una desilusión. Y ahora estoy preso en las cárceles de Herty Lewites.

—Es absurdo ver cómo usted denuncia actos de corrupción en la FACS, que reunía cooperación para los pobres en el nombre de Sandino, y termina preso. ¿Usted tiene claro que Lenín Cerna y Daniel Ortega están manipulando el sistema de justicia?

—Yo lo tengo claro. Lo tiene claro un montón de gente. La diferencia ha sido que cuando me correspondió a mí verlo y sentirlo, lo denuncié. Aquí hay un poco de gente que la han triturado y se ha quedado callada.

—¿Usted ha hablado de esto cara a cara con Daniel Ortega?

—¿Por qué? Si es una institución privada. Seré más claro: ninguno de nosotros de toda la asamblea de la FACS tiene una extracción política distinta al sandinismo. ¿Por qué vamos a pedir permiso? La disidencia aquí está clara. El antidanielismo está claro en las filas del FSLN. Yo fui amigo, compañero fraterno de Daniel Ortega. ¿Cuándo? En tiempos que coincidíamos. Es un problema de conducta. Con esta crisis que se está hundiendo el país, él no puede jugar con la herramienta de lo tuyo y lo mío, no puede ir para atrás el derecho. Una de Lenin: en una revolución la ley que impide avanzar debe ser corregida. Si no admite corrección debe ser sustituida por otra ley.

—¿Cómo entender que sus ex compañeros de armas lo tengan preso?

—En la vida hay muchas de estas historias, no soy el primero.

—¿Quién es Daniel Ortega para usted?

—Un dirigente más de un partido.

—¿No vuelve usted al Frente?

—No en las circunstancias actuales, ni me lo insinúe. Ahí están peleándose si Alemán sale o no sale, si le quitan la sentencia por lavado de dinero, si cambia la correlación, si a Daniel le parece, va a ver que es posible que lo saquen… me parece una grosería.

—¿Qué concepto tiene de Edwin Zablah?

—Ahora muy pobre, creo que es una persona miserable.

—¿Lenín Cerna?

—Del mismo tamaño.

—Como usted sabe, Gioconda Belli escribió sus memorias, ella hace alusiones al amor que compartieron juntos. ¿Qué recuerdos guarda de ella?

—Ahh… ¡Inolvidables!… Sólo que yo no tengo ni el coraje ni la capacidad de escribir de ella. Ella tiene coraje.

—Lo veo un poco ruborizado…

— (Sonríe) Es una mujer preciosa, me alegro por todo lo bueno que le pasa.

“Creo que (Edwin Zablah) es una persona miserable”

Hijo de carpintero y de costurera

“Me gusta mucho no hablar de mí’, dice para disimular su timidez. Hijo de un carpintero que leía y escribía, y una costurera que él define como analfabeta funcional, nació hace sesenta años en Jinotepe y se crió en el barrio La Pila Grande. No olvida de su niñez que a pesar de su pobreza podía ir a la escuela, recibía gratis los cuadernos y los lápices y cuando no había cuaderno, pues al menos había papel de envolver que cosían y doblaban a modo de libreta. Su primer oficio fue el de agente vendedor y distribuidor principal de la sopa de mondongo que hacía su madre. No olvida tampoco el miedo que le daba la Guardia Nacional a todos los niños del barrio. “Cuando la Guardia Nacional se aparecía en ese barrio, y sonaban los cargadores de fusil contra el Garand, eso era aterrorizante”, recuerda. Eran ocho hermanos, murieron temprano dos y ahora viven sólo cuatro de ellos.

En su casa nunca hubo radio. Menos televisión que para entonces no se había popularizado en Nicaragua. No había ni medidor de luz en la casa, de modo que su afición desde el inicio fue la lectura de cuentos nacionales, clásicos, un poco de Darío hasta iniciarse en lecturas políticas.

Su rebelión contra el “status social’ inició porque “el hijo de fulano era el que podía estudiar”, tampoco aceptaba el “tutelaje político del somocismo”. Sus tíos y vecinos, eran sindicalistas y simpatizantes abiertos del socialismo, admiradores de la revolución bolchevique, la revolución cubana y lectores de la Biblia.

La curiosidad le dio por saber si los rojos eran hombres rojos de verdad y terminó siendo militante del Partido Socialista, a pesar de que los liberales intentaron seducirlo. Se fue a estudiar a Moscú gracias a una beca en 1966 durante catorce meses, sería físico-matemático pero a raíz de la masacre del 22 de enero de 1967 su “conciencia política” le dictó cambiar de carrera: la conspiración guerrillera.

Dejó el Partido Socialista porque postergaba la lucha armada como una última etapa de lucha. “Yo me autorrecluté al Frente Sandinista”, dice el comandante Ruiz.

En Moscú hizo enlace con Oscar Turcios y organizó a un grupo integrado por Róger Deshón (muerto en la guerrilla), Róger Vásquez, Benjamín Jirón (ya fallecido de cáncer), y Denis Campbell (ahora desocupado). Viajaron a Cuba donde fueron entrenados y luego Henry Ruiz, Oscar Benavides y Tomás Borge, organizarían la retaguardia en Costa Rica. Borge y Ruiz caerían en una celada de la Policía y fueron expulsados a México, luego a San Andrés y terminaron en Colombia y Perú.Volvieron a México y de allá llegaron a Nicaragua en los setenta. Ruiz incursionó a la guerrilla. Fue uno de los líderes de la tendencia “Guerra Popular Prolongada”, que concebía una guerra larga con base a las enseñanzas de Vietnam, que Carlos Fonseca postulaba.También contrariaba la lógica de los asaltos bancarios porque el rédito del dinero obtenido no se traducía en mayor organización, crecimiento de la base social y del adoctrinamiento ideológico. También creían “en la acumulación de fuerzas en la montaña” creando una guerrilla con base social y con hostigamiento “al adversario”.

Niega que la historia le haya dado la razón a los hermanos Ortega, líderes de la tendencia tercerista que promulgaba por acciones militares urbanas y una alianza con sectores intelectuales y de la empresa privada.

“¿Qué hizo perder el miedo al pueblo nicaragüense? ¿Los magos que estaban afuera haciendo las concepciones de las nuevas aventuras?… Nooo”, comenta.

Henry Ruiz era de la tendencia “guerra popular prolongada”.

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