Ex camarógrafo de Somoza: “Tacho Somoza fue mi compadre”

Entrevista - 25.04.2004
Felipe Hernández

Durante 16 años el mexicano Felipe Hernández se convirtió en la sombra de Anastasio Somoza Debayle. En su calidad de camarógrafo personal fue testigo privilegiado de la vida del dictador y ahora está dispuesto a contar lo que vio y oyó. Esta entrevista recoge parte de esas infidencias.

Fabián Medina

Quien lo ve no lo imagina manejando las empresas y propiedades que dice tener. Tampoco es fácil relacionarlo con tanta historia que se atribuye. Viéndolo tan informal, uno podría pensar que don Felipe Hernández está tomándole el pelo. Pero ahí están las fotos en blanco y negro que lo muestran con un copete abrillantinado del estilo de Elvis Presley, y con una cámara reflex a la par de Somoza.

Hernández vive actualmente en Francia, tiene cinco hijas (“Solo producto para caballero”, bromea) y anda por Nicaragua con la intención de hacer una película sobre El Güegüense.

Dice que para los años sesenta trabajaba para el Servicio Informativo de Estados Unidos (USI) en México. El embajador, un excompañero de la universidad de Luis Somoza, lo recomendó para hacer un documental sobre la construcción del Mornig Glory en el Lago de Apanás. Y luego fue llamado para otro documental sobre la campaña presidencial de Tacho Somoza en 1966.

“Conocí al general Somoza hasta que arrancó la campaña en León, en el Teatro González. Ahí fue la primera vez que vi al general. Recuerdo bien que no me podía mover porque yo andaba la cámara reflex y un cinturón de baterías, y tenía dos de la seguridad pegados a mí”.

—¿Qué impresión le causó Somoza?

—Lo vi como una persona muy seria, demasiado seco. Más adelante fui al despacho de él, en lo que era La Curvita y estaba en camiseta:

—Buenos días señor le dije.

—Aprenda a respetar los rangos, general para usted.

Recorrimos todo el país. La película esa se llamó Nicaragüense conoce a tu candidato. Conocí a toda la familia Somoza, doña Hope, los cinco chavalos: Julio, Tacho, Roberto, Carolina y Carlos.

—O sea, usted comenzó a frecuentar la casa de los Somoza.

—Claro. Entraba y salía.

—¿Y los guardaespaldas?

—Esos se quedaban afuera. Adentro de El Retiro ya me dio más libertad de acción. Un tipo que mucho me hostigaba era un coronel José Iván Alegret. Tenía un rango de capitán en esa época. Donde yo caminaba lo tenía pegado. Trabajar en un grupo llamado El Coro de Ángeles, que eran oficiales que cuidaban al general.

—Usted viene a hacer dos documentales, pero se queda permanentemente. ¿Cómo sucedió eso?

—Después ya se habló de un noticiero cinematográfico que se llamaba Nicaragua en la Noticia. Yo lo realizaba. Eso me dio la oportunidad de andar con el general y tener cierta confianza y andar en giras fuera de Nicaragua. Agradeciendo la confianza porque había gente que no acompañaba al general, como es el caso de Nicolás López Maltez.

—¿Esa primera impresión de serio que tuvo de Somoza cambió con el tiempo?

—Poco a poco fui cambiándola, porque el hombre me tenía un gran cariño. Cuando se dirigía a mí era más personal. Yo veía a otra gente que le hablaba golpeado, como a los militares. Eso no quiere decir que no me gané una regañadita de vez en cuando.

—¿Por ejemplo?

—En una de las fiestas que hicimos en Nueva York, regresando de West Point le pregunto a Porras —jefe de edecanes del general—, que qué actividades había. Me dice, bueno, solamente una cena privada que tiene don Tacho con un señor dueño de la Pepsi Cola. No fui. Me fui a conocer el Nueva York de noche. Al día siguiente el general tenía en su suite un desayuno privado con el embajador norteamericano en las Naciones Unidas. En solo la entrada me llama: “¿Y a usted qué le pasó anoche?” General, es que como la invitación decía smoking negro y yo no traje smoking… “Usted no era invitado, usted viene a trabajar…” Me sentí bien azareado. Llegando a Miami le dice a Porras: “Regálemele cinco mil dólares al compadre para que le compre algunos regalos a la familia”.

—¿El compadre?

—Sí, yo fui compadre del general Somoza. No me gusta mucho hablar de eso porque la gente … En una recepción vio que mi señora estaba esperando y me llamó y me dijo: “Yo quiero ser el padrino de este varoncito”. Mi esposa dio a luz pero no fue un niño, sino una niña, Verónica. Ahí, al tiempo, en una de las giras, Somoza me dice: “Bueno, ¿y cuándo va a ser el bautismo?” Cuando usted diga, señor. Así fue como en Casa Presidencial, que se encuentra en el bautizo de mi hija mayor, donde doña Hope y el general fueron los padrinos.

—¿Era frecuente que Somoza le diera esos regalos, así como esos cinco mil dólares que le dio en Miami?

Me regalaba seguido, sobre todo en las navidades. Un Mercedes Benz era fijo que me lo regalaba. Nunca se lo aceptaba, porque no lo creía correcto. Cada viaje, el hombre me daba muy buenos obsequios.

—¿Usted llegó a conocer a Tacho en su ambiente íntimo?

—Pues no muy íntimo …

—A doña Hope, por ejemplo, ¿usted la trató?

—La conocí, con cierta reserva. El comedor, la salita… Era muy seria. Yo la traté muy de cerca, pero ella por su lado y el general Somoza por el suyo.

—¿Qué concepto tuvo de ella?

—Una señora muy seria. Muy… no digamos prepotente… a la inglesa.

—¿Y de Dinorah, Sampson, la amante de Somoza?

—A ella sí tuve la oportunidad de conocerla, pero distanciadito. Ella sabía que yo era compadre de doña Hope. Muchas veces me llamaban para cubrir algunas fiestas, pero ella como que me evitaba. Me acuerdo que en una gira que hicimos de la ruta Managua-Puerto Cabezas, una trocha, ella sí fue. Yo trataba de evitar que saliera en mi cámara, por mi compromiso además de moral, profesional que yo tenía. A mí nunca me dieron instrucciones que la tomara o no la tomara…

—¿Usted está escribiendo un libro sobre sus andanzas con Somoza?

—Estoy haciendo un libro. Se llama Mi compadre Tacho. Ahí cuento todo. Mi llegada aquí, la cantidad de anécdotas que me pudieron haber pasado con él, inclusive en la época de la guerra. Yo vivía en Las Palmas, contiguo donde vive doña Violeta. Si usted se acuerda había un toque de queda a las seis de la tarde. Pues, ya me llamaba Porras y me decía que “el jefe quiere hablar con vos”.

—Necesito que te vengas con todos los fierros aquí al bunker —me dijo el general.

—Señor, son las diez de la noche.

—Yo no he conocido un mexicano cochón. Ventidós para acá, con todos los fierros.

Ya agarraba mi equipito con la comionetita y me iba al bunker a cubrirlo a la hora que el hombre tenía sus cuatro bolillazos, vestido de pinto, dando noticias muy exclusivas para nosotros. Yo hacía “El insultantivo nacional” (El informativo nacional) le decían, un noticiero que se canalizó a través del 6 y el 12. Pues muchas de esas imágenes yo las pasaba por ese noticiario, pero tratando de evitar, porque yo le cuidaba al general Somoza su imagen. Ya con tragos decía muchas incoherencias. Cuando terminaba agarraba mi equipo y me volvía a Las Palmas y me volvía a llamar. “Pero si acabo de venir de allá”. “Venite otra vez”. Hasta que una noche yo le dije: “Mire señor, usted me está exponiendo, porque aquí el toque de queda es a las seis de la tarde. O aquí me pega un bolillazo un guardia o un guerrillero”.

—Pues a partir de ahora se viene para el (Hotel) Intercontinental —me dijo.

—¿Pensenció alguna vez una discusión de Somoza, digamos con doña Hope o con Dinorah?

¡Ah sí! Resulta que Anastasio Somoza Portocarrero había ido a pasar una serie de cursos fuera, uno de ellos fue a Inglaterra. A la venida aquí, en lo que era La Cabaña, un grupo de oficiales del coronel Somoza, que en ese tiempo era capitán, le había hecho una fiesta en la cual había sido invitado el general Somoza. Cuentan las malas lenguas que el general andaba jalando con una su amiga que había sido Miss Nicaragua, y a Dinorah la había mandado de vacaciones a Israel. Una amiga de doña Dino, aquí en Nicaragua, le avisó: “Tacho anda con la fulana de tal, veníte para acá”. Y se vino. Y cuál es la sorpresa que cuando la fiesta está en su mero apogeo, entró la Dinorah derechito donde estaba el general y le ha pegado dos cachetadas que todos los de la Seguridad se iban a ir encima de ella. “No, no, no… déjenla. Esta leonesa tiene muy mal carácter”. Y le dice la Dinorah: “Y te me vas a la casa ¡ya!”

Así fue como el hombre salió de la fiesta del capitán Somoza.

—¿Cuál fue el momento más incómodo que pasó con Somoza?

—Yo pasé muchos momentos incómodos. Uno de ellos fue en Puerto Sandino, antes se llamaba Puerto Somoza. Yo siempre lo andaba siguiendo: ¿y dónde se me habrá metido? Me dicen que está arriba. Subí a una casita, y sin tocar me meto. Al entrar veo al general sentado en una silla, y a la Dinorah sentada en las piernas, que estaba haciendo piojitos. ¡El hombre me puso…! “¡En su país no le enseñaron a tocar antes de entrar!”

—¿Y qué tal era Somoza en asuntos de mujeres?

—Bueno… En el libro que estoy escribiendo platico algunas, pues. Por ejemplo la que había sido Miss Nicaragua. Inclusive en Paraguay, mi compadre que me contaba ciertas intimidades, dice que había sido Miss Paraguay fue parte causante en el caso que hubo con el hijo de Strosner… Parece que hasta algo de eso hay en el asesinato de Somoza.

—¿Cuando triunfan los sandinistas usted estaba en Nicaragua?

—Sí, yo estaba aquí.

—¿Cómo vivió esos días?

—Mucha tensión. Como profesional, como un técnico nunca participé en política…

—Usted era somocista.

—No, no… No me considero ni somocista ni liberal. Recuerde que yo soy mexicano. Mi condición de extranjero no me permite participar en asuntos políticos.

—¿Pero le agarró cariño a Somoza?

—Le agarré cariño porque el tipo quería a este país. Teniendo tanto poder, tanto dinero como se hablaba, bien habría podido irse a una isla a vivir tranquilo el resto de su vida. En las giras que hacíamos lo veía meterse a los arrozales a llenarse de lodo, o con las vacas. Yo veía que sí trabajaba.

 

—Pero también es el mismo hombre que ordenaba bombardear ciudades…

—En esa parte yo no participé. No estaba al lado del radio a la hora que dijera: “Matame a fulano, o bombardea tal cosa”. Esa no era mi responsabilidad.

—¿Al triunfo de la revolución usted se quedó en Nicaragua?

Sí me quedé aquí. Lo único que me trasladé del Intercontinental con mi señora al Camino Real. Ahí llegó un grupo de uniformados, los cuales en una servilleta me estaban diciendo que el ministro de Cultura, el padre Ernesto Cardenal, había confiscado mi empresa. Yo soy fundador de Producine, donde hicimos una cantidad enorme de películas: Milagro en el bosque, la del terromoto Muerte de una ciudad. Yo creo en Nicaragua, quiero a Nicaragua y el único medio de agradecerle la hospitalidad que me brindó desde que yo vine era desquitar mi trabajo a través del cine. Entregué mi empresa, mi casa en Las Palmas, una que tenía en Xiloá…

—¿Temía por su vida?

No, porque los que me habían detenido o capturado, yo no los vi como militares. Eran cineastas vestidos de militares y con metralleta. Una tarde del 17 de julio del 79, sentado en el piso como me tenían, escucho a un cubano que le decía a alguien: “Le vamos a dar ya al mexicano. Démosle”. Cuando en eso va llegando Emilio Rodríguez, y le digo que tengo una reunión con mi embajador en el hotel. Ahí me llevaron, entré a la habitación, llamé a la Embajada y llegó el encargado de Negocios, el mismo dueño de (restaurante) María Bonita, Gerardo Camacho, que era el agregado cultural, y el cónsul, y al día siguiente, en un avión que había mandado José López Portillo con unas medicinas, en el Avión Presidencial, salimos mi señora, Alfonso Mejía, que era un peruano, y su señora, doña Maruja, salimos a México.

—¿Cómo se entera de la muerte de Somoza?

Estando en México. A finales de agosto había hablado por teléfono con él y me decía que fuera yo a Paraguay porque teníamos que hacer algo. Nunca me dijo qué teníamos que hacer. Me mandó los pasajes de avión, pero no pude ir por alguna razón, hasta que me sorprendió ver las imágenes en la televisión como habían atentado contra el general Somoza.

—¿Qué sintió?

Me impactó, me impactó. Mucho se ha hablado del general Somoza pero después de 16 años de vivir con él, viajar con él, le agarré un cariño muy especial. Yo respeto la opinión de todo mundo (que lo califican) de genocida, criminal, ladrón, lo respeto, pero sí me impactó. Fui a Miami donde se recibieron sus restos.

—Somoza es una mala palabra aquí en Nicaragua. Sí, es maldita. Es como si fuera uno un criminal. A mí no me molesta ni me incomoda que me digan somocista, pero sí me siento orgulloso de haber tratado al general Somoza, en las malas y en las buenas”.

 

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