Niños en guerra

Fotorreportaje, Reportaje - 13.09.2015
Niños en guerra

Uniformados y con fusil al hombro hacían paradas militares y vigilaban la ciudad. Hablaban de “Patria libre o morir” y jugaban a la guerra en las calles de los barrios. Estos son los niños de los años ochenta, una generación que creció entre armas y consignas

Por Amalia del Cid

Usaban fusiles de madera en actividades de la Asociación de Niños Sandinistas y manipulaban armas de verdad como miembros de las milicias, creadas en 1980 para la defensa de la revolución. Eran niños muy pequeños, no más de 12 años de edad, envueltos en ese clima idealista revolucionario que invadió Nicaragua tras la caída de la dictadura somocista y la implantación del nuevo Gobierno.

La cultura de las armas ha existido desde siempre, pues va de la mano con la idea de masculinidad que tiene la sociedad y desde pequeños los niños son entrenados para la violencia, comenta Mónica Zalaquett, directora del Centro de Prevención contra la Violencia (Ceprev). Sin embargo, agrega, lo que pasó en los años ochenta fue que “todo eso se vinculó a la mística revolucionaria que había y se idealizaron las armas, pues no se les veía tanto como un instrumento destructivo, sino como uno de liberación”.

Naturalmente, la guerra marcó a la niñez de esa época, sobre todo a la que habitaba en el campo, donde se daban los combates entre los Cachorros del Ejército Popular Sandinista y la Contrarrevolución. “Por un lado puede ser que esta sea una generación que todavía justifique la idea de la guerra, pero habrá muchos que no crean en la violencia para resolver un conflicto, de ningún tipo. Esa experiencia los tuvo que haber marcado, pero no necesariamente para seguir amando las armas, puede ser que para odiarlas y darse cuenta de que causan mucho dolor y mucha destrucción”, sostiene Zalaquett.

En aquellos años ella era una joven reportera de Barricada y militante sandinista que siempre andaba su fusil al hombro. “Aunque tuviéramos una causa superior por qué luchar, la guerra era un ambiente de tensión, peligro, división social, temores, no saludable para ningún niño, mucho menos para los niños a los que de una u otra forma se les armó. No sé cómo llegamos a eso, pero en muchos conflictos a los niños se les involucra. Hoy comprendemos muchas cosas que en aquellos tiempos quizás no vimos tan claramente”, dice.

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4 de julio de 1979

4 de julio de 1979. La Guardia Nacional se ha retirado del centro de Masaya y bombardea a los guerrilleros sandinistas que se han tomado la ciudad. Pese a que llueve fuego, un niño combatiente de Monimbó pide al periodista Pablo Emilio Barreto que lo fotografíe posando con su subametralladora. “Andábamos en una zozobra terrible, en plena insurrección, pero los combatientes eran audaces… Los niños eran una gacela para correr y chiquitos. Se les encomendaba irse con un saco de bombas de contacto y tirárselas a la Guardia, bum, bum, para el otro lado del muro. Eran rapidísimos”, recuerda Barreto.

21 de agosto, 1979

 

21 de agosto, 1979. Los niños juegan “a la guerra” como una cosa natural en los distritos de Managua. Aunque la revolución tenía un fin noble, “sí creó un culto a las armas, creó una visión del arma como símbolo de defensa nacional”, reconoce Mónica Zalaquett, directora del Centro de Prevención de la Violencia (Ceprev). Incluso se escribieron canciones que idealizan las armas, como ¿Qué es el FAL?, de Carlos Mejía Godoy. Es el Fusil Automático Ligero, que “a cinco cuadras completas a una avioneta se puede apear”.

Acto del 19 de julio de 1981

Acto del 19 de julio de 1981, Managua. En medio de adultos militantes sandinistas, destaca la figura de un niño que grita consignas a través de un altavoz. “Todos los niños gritaban ‘Patria libre o morir’, pero en aquellos tiempos eso era parte de algo que creíamos una meta superior, se luchaba por la vida, aunque se tuviera que morir por ella”, señala Mónica Zalaquett, del Ceprev. “Los niños veían eso en los adultos y lo imitaban”.

Una pequeña de la Asociación de Niños Sandinistas pronuncia un encendido discurso

Una pequeña de la Asociación de Niños Sandinistas pronuncia un encendido discurso. Por su fecha, febrero de 1980, la foto podría corresponder al acto de juramentación de los primeros 1,200 integrantes de las Milicias Populares Sandinistas, en el Estadio Roberto Clemente, Masaya. Ese día dos niños sandinistas hicieron intervenciones y regalaron pañuelos rojinegros e imitaciones de las bombas de contacto usadas por los monimboseños para combatir a la Guardia Nacional.

Parada militar de los niños del Comité de Defensa Sandinista (CDS)

Parada militar de los niños del Comité de Defensa Sandinista (CDS) Roberto Pérez López, en el barrio El Laborío, en un encuentro con la Policía acantonada en León. Es la tarde del miércoles 19 de diciembre de 1979. Los niños “estaban en un ambiente que los envolvía a ellos también, por la revolución, la liberación de Nicaragua… Odiaban a Somoza, veían que bombardearon las ciudades, que mataron tanta gente. Crecían con una conciencia de ese tipo, pero es muy importante empezar a pensar en una cultura desarmada”, apunta Mónica Zalaquett.

Una escuadra de niños recibió al general Omar Torrijos

Una escuadra de niños recibió al general Omar Torrijos en el aeropuerto nacional, cuando el panameño visitó Nicaragua, en agosto de 1979. Pablo Emilio Barreto, autor de la foto, asegura que eran milicianos. “En las milicias participaban hasta viejitos. Había una viejita en Bello Horizonte que era miliciana, como de 70 años. El papel de las milicias era defender las ciudades, porque en el norte y en el sur combatía el Ejército Popular Sandinista”. Para que los niños formaran parte de las milicias, afirma, se debía contar con la aprobación de los padres. El pequeño que aparece al fondo tenía el seudónimo de “Solín”.

A sus 12 años de edad, “Cristóbal” contaba con una tremenda experiencia bélica

A sus 12 años de edad, “Cristóbal” contaba con una tremenda experiencia bélica. Ya había participado en nueve combates del lado de la “vanguardia política del pueblo” y quería formar parte del EPS. “Tampoco es que había una masa de niños disparando”, dice Mónica Zalaquett. “La mayoría eran chavalos de 15 para arriba. Obviamente hubo niños, pero no es el grupo principal de lo que pasó en la insurrección”. Sin embargo, muchos de los niños que vivieron esa época ahora son adultos y —aunque no hayan combatido— “tienen recuerdos tristes”, apunta. Para ella, “en la guerra todos pierden, nadie gana”.