Cristofer González, el nuevo campeón de boxeo

Perfil, Reportaje - 09.09.2018
Cristofer Jordan Gonzalez

Cristofer González es el último y único campeón mundial de boxeo que hay en Nicaragua. Primo de Chocolatito, desciende de una familia de boxeadores y su máximo sueño es noquear para siempre a la pobreza

Por Julián Navarrete

Una camioneta blanca hace sonar una sirena para anunciar que el campeón ha llegado. Se le han prendido también unas luces rojas y azules para que los guardas de seguridad del residencial Altos de Motastepe levanten la aguja mientras se abre paso la SUV que va dejando una estela de polvo en el camino.

Afuera de una casa de este residencial, Cristofer González, el nuevo campeón mundial de boxeo, se ha bajado con unos amigos para ir a la casa de su primo Róger González. Lleva una camisa negra con un estampado de dos guantes de boxeo, un pantalón caqui y unas zapatillas bajas.

—Pasen adelante, muchachos —dice Róger— también entrenador del boxeador.

Aquí vive Róger con su esposa y sus dos hijos. Arriba del espejo de la sala se ve la foto de un niño recién nacido acostado en un cochecito. A la par está otro chico, unos tres años mayor, un poco más moreno, que sonríe mirando a la cámara.

—Esos dos somos nosotros. Yo soy el que está acostado y Róger es quien me acompaña —dice Cristofer—. Desde esa edad andamos juntos.

Delgado, ojos redondos, pelo crespo teñido de amarillo, a los 23 años de edad, Cristofer González es actualmente el único campeón mundial de boxeo de Nicaragua. Un título que conquistó el 16 de abril, noqueando al japonés Daigo Higa, en la arena Yokohama del país nipón, tal como lo había soñado desde niño.

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“Siempre le recuerdo dos cosas: mantener los pies en la tierra y nunca olvidar a su madre, que dio la vida por él”, dice Róger, cuando se le pregunta cuáles son los mejores consejos que le ha dado a su pupilo.

Una foto de hace 10 años en el gimnasio de Sabana Grande.
Foto: cortesía

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Un día antes de que saliera de sexto grado, Cristofer no tenía zapatillas nuevas, a diferencia de la gran mayoría de compañeritos, para recibir su diploma. Su madre lustró sus zapatos viejos de cuero negro, en las cuales demoró horas. Cuando terminó les metió unos papeles en forma de pelotas para estirarlos.

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Cristofer andaba en el barrio jugando futbol, pero cuando regresó miró los zapatos negros relucientes frente a su cuarto.

—¿Me compró zapatos nuevos? –le preguntó emocionado a su mamá.
—No, hijito, solamente los lustré –le contestó, todavía manchada de la pasta y la tinta con que trabajó afanosa.

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Ahora se ríe y señala las fotos del día de la promoción de Cristofer. “El pobrecito se sentía orgulloso, como que si le hubiera comprado zapatos nuevos”.

El señor de gorra y camisa a rayas es Rogelio González, el tío que inició al campeón.
Foto: Óscar Navarrete

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Cristofer González no duda que el rival más difícil de su vida ha sido la pobreza. Es por eso que ahora que es campeón mundial la quiere “noquear” por completo. “Tampoco ser millonario, pero sí vivir digno, tener comida y un techo propio”, dice su mamá Julia González.

La madre del boxeador ha criado sola a sus tres hijos: Justin, de 15 años; María Irene, de 18, y Cristofer, de 23 años. Los cuatro han alquilado toda su vida y desde hace un tiempo su techo es la casa de Martín González, hermano de Julia y quien ha patrocinado la carrera del boxeador.

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Cristofer desde que se casó el año pasado vive en la casa de su esposa, en el barrio José Dolores Estrada, con quien está esperando un bebé que por ahora tiene cuatro meses de gestación.

La promesa que le hizo a su mamá era comprarle una casa cuando conquistara la corona mundial. En su última pelea Cristofer ganó su mejor bolsa: 80 mil dólares. Ahora cada vez que los amigos de la familia ven a doña Julia, le dicen:
—Ahora tenés reales.

“Pero yo sé que no es así de rápido que me va a dar una casa. Esto tiene que ser poco a poco”, dice la mamá, desde el porche de la casa, en el barrio Nicarao, donde Cristofer ha crecido.

Julia González tiene 43 años de edad. Es morena, pequeña y fuerte. Anda el pelo teñido igual que su hijo y las cejas delineadas. Ha trabajado vendiendo melcochas, hotdogs y de cocinera en un bar. Por un tiempo también trabajó como ayudante de albañilería con tal de encontrar el sustento de sus hijos.

Con sus tres hermanos, Cristofer se iba a asomar a la construcción, mientras miraba cargar a su madre las bolsas de cemento. “Hice de todo, menos robar ni ponerme en una esquina a buscar dinero fácil”, dice Julia.

Hoy está en su casa porque tiene una cita médica por la tarde. Pero la mayoría del tiempo trabaja en el área de limpieza del Aeropuerto de Managua. “A mí no me da pena porque el trabajo es digno”, dice Julia.

Del padre de Cristofer no quiere hablar porque los abandonó cuando el boxeador tenía ocho meses de nacido. Es por eso que el campeón le gusta escribir su apellido González y no Rosales, el apellido de su papá, que en estos meses “apareció” pero que el muchacho le dijo que no quiere saber de él.

Cuando era adolescente, Cristofer en ocasiones le pedía cien córdobas a su mamá. Ella se los daba. Un minuto después le pedía otros cien córdobas. Ella le decía que ya se los había entregado, pero él contestaba que esos se los dio su mamá, pero que faltaban los cien córdobas de su papá. “Porque vos sos mi madre y mi padre”, le decía.

Ahora que mira las fotos de su hijo, ella recuerda que no solo le enseñó a leer las vocales, sino también a jugar trompo, chibola y beisbol. Siempre que armaban los equipos y nadie quería agarrar a Cristofer porque era “malo”, Julia decía: “Mi hijo juega conmigo aunque sea mantequilla”.

El primer apellido de Cristofer es Rosales. Sin embargo, le gusta que lo llamen González por la familia de su mamá.
Foto: Uriel Molina

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El pequeño gimnasio fue construido en 2006, en medio de un solar de los barrios Sabana Grande y Laureles Sur. Había dos espirales de serpentinas encima de la fachada de cemento. Era un porche sin techar, con utillaje rudimentario para que unos 20 niños entrenaran, entre el polvazal y el piso de tierra, de la mano de Rogelio González.

Ahí fueron los primeros pasos de Cristofer. Se hacían las veladas casi todos los fines de semana, mientras entrenaba con otros 15 niños de su misma edad. Rogelio González, su tío, desde ese tiempo le decía a su familia:

—Ese niño –señalando a Cristofer– será campeón mundial.

Cristofer entrenaba con Róger, su primo. Ambos debutaron siendo niños, en el boxeo amateur, en el gimnasio Róger Deshon, donde ahora se preparan para las defensas del título mundial.

El pago que recibía en aquel entonces era una canasta básica y 60 córdobas de parte de la Alcaldía. Al cabo de varios años peleando en amateur, la casa de Julia se llenó de canastones de plástico.

Julia González recuerda que para aquellos días Cristofer peleaba en las 60 libras, pero era tan flaquito que apenas podía llegar a las 57. Cristofer soñaba con las peleas de Alexis Argüello. En el porche hacía fintas, o sombras, lanzando golpes al vacío, mientras narraba una pelea que se imaginaba. Soñaba que conectaba al rival y se convertía en campeón mundial en Japón, a como lo hizo en abril pasado.

En amateur Cristofer era un boxeador técnico, de los que tira y esquiva, se corre, bailotea, pero en profesional su pegada lo cambió todo: después de ver que los rivales caían con facilidad, le gustó más ser noqueador.
Para el periodista deportivo Edgard Rodríguez, Cristofer ya es mejor boxeador que más de la mitad de los nicas que han conquistado una corona mundial para nuestro país. “Solo tiene dos peleas de título, pero ha dejado en claro que su boxeo es preciso y contundente, que es capaz de aplicar variantes a su tren de pelea y que su físico le da un amplio margen de maniobra”, agrega.

noche que se coronó campeón en Japón contra Daigo Higa.
Foto: AFP

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—¿Cómo te sentís? –le preguntó Róger a Cristofer antes de la pelea por título mundial contra el japonés Daigo Higa.
—Bien.
—¿Vamos a ganar?
—¡Claro que vamos a ganar!

Corre el segundo minuto del noveno asalto. Cristofer lanza varios ganchos a la zona abdominal del japonés. Lo lleva contra las cuerdas. Uno de los cruzados lo sacude, aunque también recibe una izquierda plena en el rostro. El nicaragüense pega dos golpes rectos y una derecha que dejan paralizado a Higa.

Desde una de las esquinas del cuadrilátero lanzan una toalla blanca. En Nicaragua son las 5:45 de la mañana. El japonés se rindió. Hay nuevo campeón.

“Siempre le pregunto cómo se siente antes de las peleas. Cuando me dice que no hay problema, que va a ganar, yo me tranquilizo”, dice Róger González. “Yo sabía que nos íbamos a llevar el título mundial por la respuesta que me dio”, agrega.

Martín González, tío de Cristofer, entrenó a Hilary Swank para la película Million Dollar Baby.
Foto: cortesía.

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Julia González, madre de Cristofer, solo se ha perdido cuatro peleas de las cientos en las que ha participado su hijo desde que se metió al boxeo a los 10 años de edad. Los combates en los que ha estado ausente los enumera en orden cronológico y se sabe de memoria la razón por la que no pudo asistir.

A la pelea por el cetro mundial, Cristofer llevó a su mamá a Japón. Ella miró cómo sufrió para bajar hasta las 112 libras, el peso en el que su hijo pelea a pesar de que mide 1.69 centímetros, una estatura alta en comparación con sus rivales de esa categoría.
Antes de cada combate, de camino al ring, Julia siempre llega a encontrar a su hijo para darle la bendición. Le dice al oído:
“Despachalo rápido, no quiero que se me suba la presión”.

En cada round, Julia le pasa gritando que acabe con su rival. En todas las peleas, durante el minuto de descanso, se ve siempre a Cristofer mirar al público y sonreír. Con un guante le hace señas de que se calme.

—¿Por qué te reís cuando te estoy gritando? –le pregunta Julia a su hijo, cuando ya ha acabado la pelea.
—Quiero que se calme. Esto no siempre es igual: no todo el tiempo voy a noquear –le contesta Cristofer.

El niño que está de pié es Roger González, primo y entrenador del campeón, junto a Cristofer cuando estaba tierno.
Foto: cortesía

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El nuevo campeón desciende de la estirpe de boxeadores González. Aunque no le gusta decir que es primo lejano de Chocolatito, se enorgullece de ser bisnieto de Francois González, pugilista de antaño, reconocido por ser un estilista sobre el ring.

Casi todos los González han sido boxeadores o entrenadores. Los primeros fueron Cali, Francois, bisabuelo de Cristofer, y Marcelino. Después llegó la camada de Javier, “el primer Chocolate”, Rogelio, el que inició al campeón, Francisco, su abuelo, y Martín, quien ha sido el patrocinador y motor económico de su carrera.

Martín González fue boxeador y emigró hacia Estados Unidos para hacerse entrenador. Ahora vive en Nueva York y ha adiestrado, entre otras personalidades, a la actriz Hilary Swank, para la película “Million Dollar Baby”. Su hijo, José “Chocolate” González, está firmado por la promotora de boxeo Top Rank y hasta el momento lleva un récord invicto en 10 peleas.

A Cristofer le dijeron que se pusiera el sobrenombre de Chocolate porque “tenía más derecho” que Román, dice su mamá, quien aclara que ellos son parientes más cercanos de los primeros González que utilizaron ese apodo. Pero Cristofer se quedó con Látigo porque quiere hacer su propio nombre.

Julia González, madre de Cristofer, también ha alzado los brazos con un título de boxeo. Hace algunos años fue campeona nacional invicta. Ya tenía a sus tres hijos, y se metió al boxeo por “travesura” y se salió porque necesitaba trabajar.

Los fines de semana Cristofer los pasa con su esposa, en la casa de su primo o en la de su madre, en la colonia Nicarao. Curiosamente no le gusta ver boxeo ni se mantiene informado sobre los boxeadores. Eso sí, cuando juega el equipo de futbol de Barcelona no se lo pierde, porque es fanático de Lionel Messi. De hecho ese es su sueño: que su nombre en el pugilismo sea recordado como el de Messi. Porque Cristofer no está en el boxeo solo por el dinero, sino porque le gusta. Siente adrenalina cuando le pegan y escucha la barra rival. Se emociona aún más cuando contraataca con golpes y escucha a su barra. Lo mejor del boxeo, dice, es estar en el centro del ring, con todas las miradas encima, mientras se “está volando vergazos”.

Javier González, el primero de la familia en utilizar el sobrenombre de “Chocolate”.
Foto: cortesía.

Récord

Cristofer Jordan Rosales González es el nombre completo del boxeador. Tiene cinco años en el boxeo profesional, donde muestra un récord de 23 victorias, tres derrotas y ha propinado 19 nocauts.

Pelea en las 112 libras y mide 1.69 centímetros de estatura. Dice que si alguien amarra la pelea, podría pelear con su primo Román “Chocolatito” González en las 115 libras, categoría en la que actualmente pelea el tetracampeón.

Con Chocolatito se saluda en el gimnasio donde entrena pero no se ponen a platicar.

La cadena ESPN lo ha puesto como segundo en el ranking de las 112 libras. Por encima de él solo se encuentra Donnie Nietes.
Nació el seis de octubre de 1994. Su ídolo es Alexis Argüello, y en el gremio del boxeo le han dicho que se le parece como pelea. Su mamá le llamaba “Flaquito explosivo”.

El señor de gorra y camisa a rayas es Rogelio González, el tío que inició al campeón.
Foto: Óscar Navarrete

Cristofer quería ser militar

En secundaria le gustaban las materias de números: Matemáticas y Física. Es por eso que pensó que estudiaría Arquitectura. Desde que se bachilleró ya peleaba profesionalmente y decidió enfocarse en el boxeo y no en estudiar una carrera.

Quería ser militar o policía, pero su madre no lo dejó.

Con lo que más sufre de cara a una pelea es limitarse a la hora de comer, porque come “cualquier cosa que sea masticable y tenga buen sabor”. Antes de las peleas, su dieta se limita a comer atún con tomate y pescado cocido.

En la secundaria vivían llamando a su mamá porque Cristofer era “necio” y llevaba los guantes para “agarrarse” con sus compañeros.
—Sáquelo del boxeo. ¿No ve que eso genera violencia? –le decían las profesoras a Julia.

A Cristofer lo expulsaban de todos los colegios por indisciplinado, hasta que Julia le advirtió que si volvía a repetir el segundo año de secundaria lo iba a sacar del boxeo. Cuando reprobó por segunda vez, ella cumplió su promesa: lo sacó de los cuadriláteros. Para él fue el peor año de su vida, pero jamás volvió a aplazar clases.

A partir de la conquista de su corona mundial y su primera defensa, el Gobierno ha mandado a recibirlo al aeropuerto con la Juventud Sandinista. Maurice Ortega Murillo, hijo de la pareja presidencial, es quien lo llega a recibir y le entrega los mensajes del comandante y la primera dama.

La familia Cristofer durante la promoción de su hermana María Irene, quien actualmente tiene 18 años de edad.
Foto: cortesía.

Golpe calculado

El golpe que conectó a Paddy Barnes en su última defensa fue entre la boca del estómago y el hígado. Esa era la zona donde unos días antes el boxeador irlandés se ufanaba de que estaba tan fuerte que hacía que le pegaran con una pesa en forma de bola. El hombre se miraba imbatible por ahí, pero el golpe que lo quebró, Cristofer lo tenía calculado.

Si se fijan de nuevo en el video verán que Barnes le conecta un derechazo a Cristofer, pero este aprovecha para meterle un puñetazo en la zona abdominal. Todos creían que fue un golpe bajo por la forma en que Barnes se revolcaba en el ring. La primera defensa había acabado.

Cristofer corrió por primera vez a su esquina para celebrar. Nunca se alegra por un nocaut porque dice que sus rivales le dan pesar. Por esa razón es que segundos después de que se sube a las cuerdas para alzar el brazo, ahí nomás se baja “porque yo no soy así”. Barnes había hablado mucho: dijo que el nica era lento y débil, “un boxeador de alcantarilla”. De manera que cuando lo vio en el suelo, por primera vez sintió un alivio en todo el cuerpo.

En las dos últimas victorias, Cristofer ha sido recibido en el aeropuerto por la Juventud Sandinista.
Foto: Uriel Molina.

 

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