De Roberto a Pipo

Perfil - 19.06.2005
Roberto Barberena "Pipo"

Cada trozo de pintura va matando al hombre de 36 años, moreno y murruco, para hacer al payaso multicolor, sin edad, que un buen día llegó a instalarse en el alma de Roberto Barberena

Amalia Morales
Fotos de Tomás Stargardter

Pipo todavía no es Pipo. Falta una hora para que este hombre moreno y delgado que viste en jeans y camiseta, apariencia con la que Roberto Barberena no llama la atención en lo más mínimo, asuma a su popular alter ego: Pipo.

—Ahí viene Pipo —grita con felicidad un niño cuando lo ve bajar de una camioneta gris en el parqueo de un centro comercial.

Pipo, parece un nombre que sólo un payaso puede tener. Hay pipos en México y Cuba, cuenta Barberena. Aquí mismo en Nicaragua hay dos: otro, un señor de origen cubano, y él. Alguna vez hubo diferencias entre ellos por el nombre. "Pero me tendría que demandar a mí y a todos los pipos que hay en el mundo", dice. Remata la frase con una carcajada que sirve para entibiar el ambiente lluvioso que hay afuera de su oficina, contiguo a la Radio Ya, y para dejar de tratarlo de usted. Y para zanjar la polémica inútil sobre el origen de su nombre artístico que se ha ido comiendo al verdadero, anota otra justificación más sencilla: "A mí me decían Pipo desde pequeño porque era jodedor".

Su debut fue a los ocho o nueve años. No fue como payaso, pero recuerda que fue tan ridículo que todos se rieron de él. Estaba en segundo grado en la escuela José Benito Escobar, del barrio Américas 2. La maestra le había pedido que trabajara en una obra de teatro. El aceptó gustoso, pero a la hora de la presentación se le olvidó lo que iba a decir. Empezó a can-canear y la gente a reírse de él. La buena memoria no ha sido su fuerte. "Tiene cabeza de gallina", grita Walkiria, su esposa, desde la mesa del comedor, refiriéndose a otro episodio sobre la desmemoria de su marido. Es por eso que ella le maneja las finanzas, y también "porque los artistas somos desordenados", reconoce Roberto. Y Walkiria es lo contrario. Pero este comentario llega después, ahora Roberto está detrás de su escritorio hurgando en sus recuerdos. Lejos de desanimarlo, la traba mental que vivió en aquel acto en el José Benito Escobar fue su acicate. En la misma escuela no tardó en improvisar un teatrino con cartulina y muñecos de papel y en fundar un grupo de títeres de la escuela, que perduró hasta los primeros años de su adolescencia. Hasta gigantonas con coplas incluidas montaba, con ellas armaba un alboroto tal en su casa que sus hermanos mayores lo devolvían a la calle con regaños.

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Por la alegría con que recuerda sus inicios se podría pensar que fueron años felices para Roberto, el hijo cumiche de un fontanero y de una ama de casa, que sufría desequilibrios mentales, y hasta cierto punto lo fueron. La picazón de la risa estaba con él. Podían faltar cosas en su casa, pero no su alegría. A los 11 años se integró al grupo de títeres Guachipilín que tenía un programa en la televisión nacional, y con ellos trascendió las fronteras de su barrio. Su voz empezó a oírse por la tele y por otras ciudades, dentro y fuera del país. México, Brasil y La Convención Internacional de Payasos le ha permitido prescindir de la clásica nariz roja y redonda, que se ponen los augustos en todas partes del mundo. "Yo pedí permiso porque aquí con este clima, es mentira", dice Pipo

"No llegó el payaso y la señora estaba afligida, y ahora qué hago —me decía— entonces fue así que yo vine y me pinté la cara de blanco y comencé a actuar con los niños"

Cuba, adonde viajó en tres ocasiones a festivales de teatro y títeres, son algunos de los países que visitó. Su romance con Guachipilín en 1990. La ruptura con ese grupo en el que había dado el paso de la adolescencia a la juventud no fue fácil, como no lo fue nada en ese año de rupturas en el país. "Varias veces estuvo a punto de pegarme", dice de Gonzalo Cuéllar, Roberto, quien entonces decidió fundar su propia compañía: Zig-zag. Al principio tuvo apoyo moral y material de la ex Primera Dama, Rosario Murillo, sin embargo no alcanzaba para vivir.

Mientras cuenta este período de transición Roberto gesticula y juega con su voz, cambia de tonos como en un subibaja, abre más sus saltones ojos negros y para enfriar determinada escena deja escapar una carcajada. Salta del pasado al presente y aún al futuro con naturalidad. Dice que el Día del Niño visitó por su cuenta dos hospitales, y que ahora va a un evento de animación por tres horas a Metrocentro. De vez en cuando pregunta la hora y también, de vez en cuando Walkiria envía a un emisario al umbral de la parte, a que le hagan seña. Advierte que tendrá que irse a su taller que está al lado a convertirse en Pipo, en realidad provoca tanta risa su forma de contar su vida que parece que el payaso ha estado aquí durante la última media hora.

Roberto Barberena "Pipo"
Su cara ya es casi de un payaso, pero su cuerpo todavía es de Roberto.

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Sin embargo, tal y como está vestido, sin su traje de risas la Convención Internacional de Payasos podría censurarlo. Para considerarse payaso debe usar el traje apropiado. Como máximo la Convención le ha permitido prescindir de la nariz roja y redonda, que se ponen los augustos en todas partes del mundo. "Yo pedí permiso porque aquí con este clima, es mentira", dice ahora instalado en su taller donde efectúa la mutación física hacia Pipo. Primero una base blanca en la cara hasta el cuello, sobre la que aplica una naranja y deja algunos parches claros para resaltar los colores que se superponen después: negro alrededor de los labios con comisuras incluidas, luego se escribe con sus manos casi tan pequeñas como las de un niño, unas cejas negras bien arqueadas debajo de las que pone un verde fosforescente, que resalta el lápiz delineador que ha puesto en sus ojos. Tal y como se lo permitieron en la Convención se dibuja una nariz roja con maquillaje, bastante puntada. Lástima que la llovizna que cae puede borrarle tan delicado trabajo. Debajo del maquillaje la cara de Roberto está casi perdida. La raya final la da el trazo rojo que le horma la boca y las pestañas. Éste es el maquillaje de los augustos, los más cómicos entre los tipos de payasos (clown, mimo, etc).

A estas alturas lo único que queda de Roberto, el papa de Churrito, el títere más famoso de Zig-zag, es su pelo negro ensortijado, que todavía a comienzos de los noventa usaba estilo afro.

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Siempre tuvo vocación, pero Roberto se asumió como payaso por casualidad. Volvió al país luego de pasar una temporada en México, donde se había ido a Zig-zaguear suerte con dos titiriteros más. Ya había superado la dieta de huevos fritos que le impuso la mala racha en el país azteca, sin embargo, el mal de patria le martilló tanto el pecho que no aguantó y regresó con una buchaca de dinero en la bolsa, lo suficiente para construir marionetas y subsistir en piñatas. Fue justamente, en una fiesta infantil, en la que abandonó por Pipo a su personaje Churrito, un títere de piso que según Walkiria, es un reflejo de él mismo. "No llegó el payaso y la señora estaba afligida, y ahora qué hago —me decía— entonces fue así que yo vine y me pinté la cara de blanco y comencé a actuar con los niños". Ambos quedaron encantados: la señora lo recomendó con otras amigas, y él asumió al Pipo que sus hermanos descubrieron desde niño.

Sus ingresos le permiten vacacionar con sus dos hijos y su esposa en Disney o en Nueva York. Con orgullo muestra las fotos que se hicieron bajo la nieve con una réplica de cera de la actriz Whoopi Goldberg

Ahora mantiene una agenda ocupada. En los próximos dos meses tiene funciones casi todos los días. Hay gente que ya le pregunta cómo está de tiempo para septiembre. Y según él, hay quienes han retrasado la fiesta de cumpleaños de sus hijos por esperarlo a él. Por tres horas de esparcimiento cobra como mínimo 100 dólares. "Si alguien quiere que uno esté en su fiesta es porque tiene para pagar".

Por eventos grandes, como al que irá ahora cobra hasta 1,300 dólares las tres horas, que los distribuye entre al menos 12 personas a las que subcontrata. Son estos ingresos los que le permiten vacacionar con sus dos hijos, Roberto de nueve años (que tiene ganas de seguir sus pasos) y María Julia, de cinco, y su esposa en Disney o en Nueva York. Con orgullo muestra las fotos que se hicieron bajo la nieve con una réplica de cera de la actriz Whoopi Goldberg. Toda la familia quiere repetir Disney.

Una camisa mangas largas de rayas blancas y rojas queda debajo de un overol verde que es más verde que amarillo y que lleva estrellas con trazos rojos y amarillos en unos cuadros. Pipo se traga en cada maniobra a Roberto del que sólo va quedando esa voz de muchacho que tanto bromea con los niños. Chibolita, su asistente, ha comenzado a merodear el taller.

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Ya casi es hora le dice y se va esquivando las gotas impenitentes.

—Está bien llegar como a las 3 y 10 para darle tiempo a la gente a que llegue —dice.

¿Pero sos puntual? pregunta ingenua para un payaso que ni aún en La Chureca, de donde salió espantado por las moscas, incumplió con su espectáculo.

—Así como ustedes que quedaron de venir a la una —dice y esquiva el golpe con una risotada.

Ahora sí con los zapatones naranja acharolados y la peluca amarilla, con una calvicie rosada al centro, Pipo ya es Pipo. El tiempo lo apremia y empieza a correr. Contrario al pronóstico el maquillaje como su carisma no se derrite. En dos minutos la función de Pipo, Cachirulo Chechereque Cachivache Chunchito Virotito Churrito (el nombre completo de pila del payaso) empezará.

Roberto Barberena "Pipo"
Después del maquillaje el vestuario a la par los grandes zapatones.

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