El campeón sale del túnel

Perfil - 13.02.2005
Luis Pérez

Luis Pérez se coronó como el boxeador en su peso y quedó paralizado. Don King, su promotor, dejó de organizarle peleas durante más de un año. Él, sin embargo, ha continuado entrenándose a diario. Ahora hay, por fin, un combate a la vista, pero él se siente frustrado. Muy frustrado

Juan Ruiz Sierra

El despertador de Luis Pérez, campeón supermosca de la Federación Internacional de Boxeo (FIB), suena todos los días a las cuatro de la madrugada. Tras pulsar el botón que apaga el pitido del aparato, Pérez se levanta, se coloca unos shorts deportivos, una camiseta, sale de su casa y comienza a correr cruzando el Reparto Schick. Se dirige hacia el sur. Pasa por los sólidos portones de las embajadas del Residencial Las Colinas, llega hasta la Carretera a Masaya y da media vuelta. Cuando arriba a su punto de partida en el reparto, enfila otra vez hacia la Carretera a Masaya para repetir su recorrido. Son, en total, 16 kilómetros, una distancia normal en un boxeador de elite que se entrena para un combate inminente. Pero ése no ha sido su caso en los últimos tiempos.

Luis Pérez lleva un año y dos meses sin pelear. Desde aquel 13 de diciembre del 2003 en el que defendió por primera vez la corona supermosca ante el venezolano Félix Machado, ha estado de brazos cruzados. Al término de esa pelea, que se recordará por la capacidad de sufrimiento de ambos boxeadores, Pérez pensó que había llegado la hora de consagrarse definitivamente. Era el campeón y, además, su promoción estaba en manos de Don King, el llamado "hombre más poderoso del boxeo". El periodista Edgard Tijerino opinaba algo similar: "El púgil pinolero abraza un futuro alentador", dejó escrito en La Prensa del día posterior al combate. El 22 de diciembre, nueve días después de la pelea, Pérez fue elegido mejor deportista profesional del año por la Asociación de Cronistas Deportivos de Nicaragua (ACDN).

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Entonces, todo se detuvo. Don King se olvidó por completo de él. Como si nunca hubiera existido. Pasaba el tiempo y las peleas no llegaban. Pérez esperó y esperó hasta que, a finales del pasado año, decidió romper unilateralmente su contrato con el promotor norteamericano. Ahora comienza a vislumbrar la luz al final del túnel. El 1 de febrero se celebró en la sede de la FIB, en Nueva York, la subasta de su pelea por el título contra el colombiano Luis Bolaño. De manera inesperada, el propio King, responsable de que Pérez no haya peleado en este tiempo, ganó la puja al pagar 50 mil dólares por. organizar el combate, de los que 37 mil 500 irán a parar al bolsillo de Pérez.

El boxeador ha acogido la noticia con frialdad. "Lamentablemente, Don King ganó la subasta", se queja. "Yo pensaba que iba a ser otro promotor que estuviera interesado más en mi carrera. Él ha estado un año sin darme peleas". Pérez se siente frustrado y sabe que si alberga muchas ilusiones y luego éstas no se cumplen, la caída será más dura. Aún más dura. Mientras tanto, sigue entrenando.

Cuando termina sus 16 kilómetros diarios, Pérez despierta a su hija de nueve años (tiene otra de dos), la baña, la viste, la lleva caminando a la escuela y, al volver, se echa en la cama a descansar entre tres y cuatro horas. Pasado ese tiempo, se cuelga al hombro una mochila de colores rojo y negro y dirige sus pasos hacia el gimnasio Alexis Argüello, donde permanece dos horas y media entrenando, saltando a la cuerda, haciendo estiramientos, abdominales, levantando pesas y practicando en el ring. Después, vuelve a su casa, almuerza, y espera. Así todos los días durante más de un año.

Para hablar con Luis Pérez sólo hay que entrar en el Reparto Schick, uno de los barrios con peor fama de Managua, y preguntar por él. Todo el mundo lo conoce. El boxeador nació aquí y aquí ha vivido siempre. Su mujer, una robusta señora llamada Yhajaira del Socorro Vega, abre la puerta metálica blanca. La casa, sin ser lujosa en ningún sentido, es una de las mejores del Reparto. Pérez la construyó con el dinero ganado en sus peleas, cuando tenía dinero y tenía peleas, pues dice que ha subsistido durante los últimos meses con 2,100 córdobas mensuales asignados por Mario García, su coapoderado junto a Ana Francis Donaire, la esposa del también boxeador Rosendo Álvarez.

Cuando firmó con Don King estaba convencido de que iba "a ganar mucho dinero", que se iba a convertir en "un magnate". Nunca sospechó que iba a pasar al ostracismo más absoluto

El salón es amplio y en las paredes cuelgan fotografías de sus dos hijas. En un mueble de madera descansan cinco figuritas de elefantes de porcelana y varios discos piratas de, entre otros, Don Omar, Juan Gabriel y Mokuanes. Pérez —pequeño, cabello largo y suelto por encima de los hombros, nariz chata— se sienta en un mullido sofá tapizado en color verde intenso. Brazos inmóviles descansando sobre las rodillas, mirada dirigida siempre al piso y nunca al interlocutor, abundantes monosílabos, tono de voz tan bajo que hay que pedirle en varias ocasiones que repita sus respuestas, todo indica que el boxeador es extremadamente tímido. Y que está cansado. Cansado de esperar, de entrenarse sin ningún objetivo inmediato, de vivir en condiciones económicas precarias, de tener el cinturón mundial de pesos supermosca guardado en su armario y no poder lucirlo, de caminar por Managua y que muy pocos lo reconozcan.

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"Sabiendo lo que sé ahora, si me preguntaran si me gustaría volver a tener 16 años y ser boxeador de nuevo, con todo lo que he pasado en este tiempo, tal vez les diría que no, que no quiero ser boxeador", dice entrada la conversación, cuando comienza a vencer la barrera de su retraimiento ante el desconocido y los "sí" y los "no" dan paso a frases más elaboradas. "Es demasiado sacrificio: correr de mañana, aguantar hambre, todo el día metido en el gimnasio... No sé si lo repetiría".

"Ahorita no soy nadie. No le saco provecho a mi título. No tengo el dinero que se merece un campeón. A veces pienso que para nada soy un campeón"

Pérez acaba de expresar su frustración con palabras. Él mismo parece sorprendido después de decir esto. Y no se detiene ahí; ahora que lo ha logrado no hay quién lo pare. Es como cuando derrotó a Machado en la defensa del título, su última pelea, pero utilizando la lengua en lugar de los puños. Dice: "Ahorita no soy nadie. No le saco provecho a mi título. No tengo el dinero que se merece un campeón. A veces pienso que para nada soy un campeón". Y después: "Si soy un campeón, ¿por qué tengo que andar así en la calle, sin reales?". Y después: "Yo espero que la gente me salude por la calle y la gente no me conoce".

Luis Pérez
Atlantic City, 13 de diciembre del 2003. Luis Pérez golpea el estómago del venezolano Félix Machado. Magazine/La Prensa/Tomas Stargardter

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Nacido hace 27 años, Luis Pérez se crió en el Reparto Schick viendo miseria y delitos un día sí y el otro también. En su primera adolescencia ingresó en una pandilla llamada "Las Praderas", pero su carrera dentro de las bandas juveniles fue breve. La detuvo enseguida por el boxeo. Comenzó a pisar el ring, como otros boxeadores, en el equipo de la Policía de Tránsito. Ya se le veía entonces un brillante porvenir con los puños. "Tenía una gran confianza en mí mismo", recuerda. "En el gimnasio yo era el mejor". Hasta esto, que debería de ser un motivo de orgullo, lo dice mirando al piso, como ausente.

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El dos veces campeón de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), Rosendo Álvarez, quien lo conoció cuando Pérez tenía 11 años y coincidió con él en el equipo policial, señala que "desde pequeño se le miraba madera. Es un fuerte peleador, combativo, valiente hasta la temeridad, un superatleta disciplinado y callado. Mucha gente cree que es un vago por su manera juvenil de vestir, pero él es un hombre dedicado a sus hijos, con un matrimonio estable".

Cuando comenzó como amateur, peleaba una vez a la semana. Según él, se "corría a todos los peleadores de Managua". Aún así, siempre subía al cuadrilátero con algo de temor, un sentimiento que hoy, pese a haberse coronado como el mejor en su peso, continúa albergando. "Debés sentir nervios, debés sentir miedo. Lo que vas a recibir en el ring no van a ser caramelos: van a ser golpes peligrosos. En el primer asalto la sangre se pone caliente. En el segundo ya no hay tanto miedo, pero uno nunca deja de sentir su temorcito".

En 1996 dio el salto al profesionalismo, debutando un 6 de noviembre contra Daniel Rosales y ganándolo por nocaut. Dice que fue como cumplir un sueño, pero fue un sueño largo, que continuó con sus sucesivas victorias y que, después, al alcanzar la cima, se tornó en pesadilla. Cuando firmó con Don King, estaba convencido de que iba "a ganar mucho dinero", que se iba a convertir en "un magnate". Nunca sospechó que iba a pasar al ostracismo más absoluto.

"Él se encuentra muy afligido", reconoce Reynaldo Mendoza, su entrenador, un antiguo boxeador de 60 años que prepara a sus pupilos en el gimnasio Alexis Argüello vestido con jeans y zapatos. Mendoza enseñó a Pérez a pelear de perfil, ya que éste, un zurdo cruzado, estaba acostumbrado a batirse de frente. "Es un pegador nato, de los de verdad", continúa el entrenador. "Ha estado entrenándose adecuadamente, no ha dejado de practicar ni un solo día, así que no le afectará en su próxima pelea toda esta inactividad".

Rosendo Álvarez dice que Pérez "es valiente hasta la temeridad, un superatleta disciplinado y callado. Mucha gente cree que es un vago por su manera juvenil de vestir, pero él es un hombre dedicado a sus hijos"

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Luis Pérez piensa lo mismo. Todavía conserva esa confianza de la que hacía gala cuando dio sus primeros pasos en el mundo del boxeo. "Sólo quiero pelear, que la gente me conozca", insiste. Ahora se le presenta una gran oportunidad, tanto en el sentido deportivo como económico, pero se siente incómodo con el hecho de que Don King organice la pelea de su retorno. Piensa que éste no le ha promovido "porque a él no le gustan los boxeadores latinos", pero es más probable que la cuestión tenga que ver con las libras y no con el lugar de donde proviene. Para un promotor como King, que sólo organiza combates en suelo norteamericano, donde el protagonismo recae casi exclusivamente sobre los boxeadores pesados, un púgil ligero como Pérez no es especialmente rentable. Rosendo Álvarez, por ejemplo, lleva siete años ligado al estadounidense y éste sólo le ha organizado ocho peleas.

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Al mismo tiempo, sabe que su vida deportiva, siempre corta tratándose de un deporte de tanto desgaste como el boxeo, no está precisamente comenzando. Ha cumplido 27 años y le preocupa que el boxeo le deje secuelas. "Sí, me da miedo. Ahora a lo mejor no se nota nada, pero con el tiempo pueden llegar las enfermedades.

Cuanto más joven te retiras, menos golpes recibes". Dicho esto, pide permiso para levantarse del sofá de su casa, agarra su mochila y se encamina al gimnasio Alexis Argüello, como todos los días. Durante el trayecto, ya fuera del Reparto Schick, nadie le da unas palabras de ánimo. Nadie parece reconocerle.

Luis Pérez y su madre.
Después de ganar el título supermosca en Estados Unidos, el boxeador besó a su madre en Nicaragua.

Grilletes Don King

Pablo Fletes

Luis Pérez, en compañía de las personas que dirigen su carrera, confían que el contrato que lo liga con el promotor estadounidense Don King quedó anulado una vez que el pasado 13 de diciembre cumplió un año sin pelear. Suficiente tiempo de espera, mientras otra cantidad de regulares o buenos campeones de calidad se mantienen en constante actividad. Sin embargo, desligarse de King no es algo tan fácil como resolver un pleito callejero. Nada de eso.

King o mejor dicho su grupo de trabajo que en realidad son los que se encargan de todos los negocios, siempre tienen una "as" bajo la mango. La letra pequeña del contrato, una cláusula no muy bien interpretada en la traducción, ofertas que tal vez aquí desestimaron y tantos otros argumentos, podrían hacer de Luis Pérez un campeón de "Don King Productions" por buen tiempo. Rosendo Álvarez sabe que no será fácil para Luis separarse. Entonces, ¿cuál es el negocio de Don King al tratar de retener a Luis Pérez? Simplemente tener a un buen campeón que puede servir de relleno en cualquier momento. Pero en el caso de Luis, no ha necesitado de él en los últimos 14 meses, porque la empresa de King mueve principalmente peleadores de divisiones mayores, desde welter hasta los pesos pesados, que en realidad son el agrado de la mayoría del público estadounidense que desde su casa paga un promedio de 40 a 50 dólares por ver un espectáculo a través de la televisión.

King está acostumbrado a los negocios millonarios y no le interesan mucho los pesos chicos, a diferencia de otros promotores como Bob Arum con "Top Rank" y Oscar De La Hoya con su "Golden Boy". Pero retener a los peleadores es su especialidad y por su experiencia, difícilmente casi nunca deja que alguien se salga con las suyas. La reciente subasta de la defensa con Luis con Luis Bolaño es una prueba de eso. Lástima por el campeón pinolero que ha perdido tanto tiempo.

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