Nando Gadea, el chamán de la montaña

Perfil - 09.03.2008
Nando Gadea

En el cerro más inclinado de Jinotega, bajo una enorme cruz, se forjó el mito del más famoso chamán que ha tenido Nicaragua. Nando Gadea fue un arcano campesino que curaba males con cortezas, plantas y escupitajos

Octavio Enríquez
Fotos de Carlos Laguna

Agradable, no creo. El viejo de camisa y pantalón azul no se bañaba todos los días. No usaba zapatos y cuando más se ponía caites. Aquel 1978 escupió su mano ante la mirada de la pareja que lo visitaba. Embadurnó la saliva en las palmas, restregó rápidamente, y antes que el líquido espeso se secara se lo untó en la cabeza a Aurora García.

García llegó hasta donde el viejo en busca de una cura para la migraña que la atormentaba. Nadie había podido curarla. Para estar ahí antes debió subir con su esposo el empinado cerro de La Cruz, en la norteña ciudad de Jinotega, a 160 kilómetros de la capital.

A ese campesino desaliñado lo buscaban decenas, centenares, miles. Antonio García, habitante de Jinotega, era joven en esa época y dice que era frecuente encontrar en los alrededores del cementerio a docenas de buses aparcados que traían curiosos o “pacientes” de países de Centroamérica, Canadá, Estados Unidos, Colombia o de departamentos recónditos del país.

El campesino los trataba a todos por igual: les pedía a sus pacientes que le dieran el dinero que quisieran en pago por la consulta y era vulgar hasta la médula. En especial con las mujeres.

Un hijo de él recuerda que su dicho favorito dirigido a las mujeres era: “Vos lo que querés es una cogidita (sexo), vení para acá, ya te curo”. Pero todo era una broma, porque “mi papá era un señor correcto”.

Aurora García tenía 36 años cuando subió al cerro a buscar al gut-U de la montaña. Debió aguantar las bromas soeces de Nando, el nombre pegajoso y seco con que la gente bautizó a este campesino.

—¿Puedo entrar para estar con mi esposa? —preguntó esa vez Darío García Montenegro, marido de Aurora.

—¿Y a vos qué te han dicho?, ¿que me gustan los hombres? A mí me gustan las mujeres —bromeó. Bernardino Gadea, su nombre de pila, vivía en una casa pobre en el valle Ocotalillo, tres kilómetros bajando la colina del otro lado de la cruz que se avista desde la helada ciudad de Jinotega. El camino hasta allí es pedregoso. El cansancio ahoga a quien se atreva a hacer un recorrido buscando las huellas del hombre al que unos llamaban brujo y otros curandero o chamán. Nando tenía su consultorio como los médicos. Se ubicaba cerca de una pila de donde se abastecía de agua toda su familia.

A esa vivienda llegaba una marabunta de hombres quejándose de maleficios, de mujeres que sufrían del hígado o cualquier dolencia en otra parte del cuerpo; allí llegaban locos y desahuciados y también morían los más enfermos, los que, pese a las mulas que muchos campesinos ponían a la orilla del cerro, no aguantaban la subida. Las cruces en el cerro marcan el lugar donde cayeron quienes murieron en el intento.

“Hay muchas cruces allí”, asegura Antonio García, quien conoció a Nando hasta su muerte en 1996 cuando chamanes de todo el país llegaron a Jinotega para despedir a este personaje.

Nando es quizás uno de los pocos que ha sido profeta en su tierra. Antes de las camisetas del Ché Guevara ya había serigrafiadas con la imagen de Nando. Y eran los años 70 del siglo pasado. Los bares se llamaban como él y las mulas, en la parte baja de la montaña, eran sinónimo de trabajo para los campesinos desempleados. Este chamán se hizo después una súper estrella, y hasta se volvió un punto de referencia para identificar a la ciudad, según García.

La fama, eso sí, le costó mucho. Su esposa asegura que lo mandaron a matar tres veces. Lo quisieron echar preso, porque los médicos no resistían sus consultorios vacíos. Y si no lo hicieron fue porque la gente se opuso a la denuncia con un argumento práctico: con Nando había empleo y los hoteles siempre estaban llenos.

Antonio García sostiene que en estos conflictos sus aliados de siempre fueron militares del régimen de Somoza. Ellos lo mandaban a cuidar para que nadie le hiciera daño al bajar del cerro con sacos copados de dinero que un abogado de su confianza depositaba en un banco porque no entendía nada de administrar plata.

Hay quienes aseguran que atendió al propio dictador Somoza Debayle. Darío García Montenegro, el marido de la mujer curada de migraña, asegura que el curandero hasta se ufanaba de que un helicóptero bajó en la montaña, su cerro, para llegarlo a buscar y trasladarlo a Managua.

También sufrió supuestos hechizos. Le mandaban comida envenenada que nunca regaló a terceras personas y que prefería enterrar para no causar daño. Pero no se escapó a los más fuertes ataques. Estuvo en cama víctima de una brujería que le desfiguró en parte el rostro, dice María del Tránsito Castro, esposa de Nando. Ella tiene 109 años, una mirada de ángel y un rostro expresivo lleno de arrugas.

“Yo comparo las fiestas del Cristo Negro de El Sauce con las romerías de Nando, pero el Cristo Negro era una sola vez al año, el 15 de enero o segundo domingo de enero y Nando era diario. No le bajaba la cuota de ocho a diez mil personas. Había gente que no tenía capacidad y lo idolatraba, lo seguía en las calles de Jinotega. Gozaba de la pleitesía de la Guardia, del general Iván Alegrette quien para verlo bajaba en un caballo blanco”, dice Antonio García en su casa.

Fotos Carlos Laguna
Estos son los Gadea, los descendientes directos del chamán del cerro La Cruz, en Jinotega. El hijo del curandero, Porfirio luce un bigotón amarillo en la imagen.

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Tiene 80 años. Como quien dice muchos. Es alto, la voz cavernosa y en ese cuarto de madera, pequeño, piso de tierra, es el rey. Andrés Gadea, una gorra de los Dolphins en la cabeza, es sobrino del famoso chamán y su consultorio está junto al cementerio, un lugar de protección, según la creencia –¿quién se atreve a perturbar la paz de los muertos?– pero también una de las propiedades que un día perteneció a Bernardino Gadea.

La historia de los familiares es la de los que pelean por la herencia de la clientela del famoso pariente y por las propiedades que éste, en medio de su ignorancia, logró comprar.

Está oscuro en la oficina, si se le puede llamar así a ese cuarto con madera vieja, cubierto por hojas de zinc antiguas y sarrosas. Nadie se atreve a entrar. Para esperar están las bancas de afuera. Ya saldrá el hombre a invitar o se oirá su voz cavernosa.

Se oye la voz cantada de una señora contándole de un dolor de vientre. Hace frío. Jinotega es así y hay quienes dicen que antes la temperatura era mucho más baja, en esos tiempos de muchos árboles, ríos, muchos animales y ojos de agua cristalinos.

Andrés la escucha. Le da una receta. Ella aprovecha y le habla de un niño que tiene mal. Él asegura que sacándole las tripas a la gallina y poniéndola a cocer, el agua puede curar un problema que un bebé tiene con su mollera.

Llega después un viejo. Enfermo del estómago. Le cuenta su problema. Aquel escucha. Es el padre oyendo la confesión. Zeus viendo a los mortales hacer estupideces en la tierra. El hombre saca una foto, aquel hombre barbado, con canas, viejo, que eructa cada cuatro segundos y ofrece disculpas. Enseña la imagen y dice: “Éste es”. Éste es un joven que está en el centro de la foto, entre dos primos, no tiene camisa, es fuerte y tiene un pañuelo rojo en la cabeza. Ése es su hijo, que tiene tres mujeres ahorita que le enredan la vida.

Y él, este manso y pobre hombre quiere que su hijo se quede con la madre de sus nietos. Que deje a las otras dos. Andrés Gadea dice un convincente “entiendo” y se mete al espacio más reducido de su consultorio, donde tiene cortezas de árboles de todo tipo que golpean la nariz con su olor a naturaleza.

Después viene el cobro. “Son 60
córdobas amigo” y aquel le dice que no anda tanto, llama un chavalo que le carga algunas cosas –un niño con el cabello rapado al que se nota que tuvo problemas de piojos en la cabeza– y el abuelo se revisa las bolsas.

“Dejelo en lo que pueda”, concede Andrés. Nando, todos lo dicen, en vida pedía lo que la gente pudiera. El paciente eructa, se toca una bolsa y cuenta con paciencia: uno, dos, tres… 20 córdobas. Manos viejas contando plata. Saca de la otra bolsa 20 córdobas más y por último, al fin, toca otro lado del pantalón y allí están los cinco córdobas más que puede darle.

“No se preocupe”, vuelve a repetir el curandero. Han bastado unos minutos y el consultorio está lleno. Allí está una mujer, una rubia con olor a alcohol, ojos claros, hermosa. Quiere saber qué embrujo le han puesto a ella; que una rival de amores le llegó a regar la casa con algo así como jabón líquido y ella no sabe. “¡Por Dios! Don Andrés, ¿qué será eso?”, pregunta.

***

Don Andrés, ¿aún le quedan hijos a Nando? —No. No. Esos son charlatanes. No saben nada. Yo estuve con él muchísimos años, yo le busqué las hierbas, esto se estudia, no es para cualquier ignorante. Qué va saber usted, por ejemplo, para qué es esta corteza. No. ¿Verdad que no? Esto es con libros, es con sabiduría.

Don Andrés se molestó porque la persona que le hace competencia es uno de los hijos de Nando: Porfirio, el heredero del chamán al menos en lo físico: con bigotes amarillos y alborotados, mientras el resto del pelo lo tiene canoso. No es ningún tinte. Así son ellos, asegura.

Pero para llegar a él hay que subir la montaña. La cruz desde la parte de abajo se ve como una meta dificil de al menos tres horas si el ejercicio no es costumbre.

¡Cómo se desea en ese momento las mulas y los caballos de antaño! El sudor se pega en la piel, más rápido. El sol está en su pináculo. Hay a cada momento un camino que lleva a otro, pero no se ve ninguna persona que pudiera aclarar las dudas. El único, un campesino con unas mulas que viene hacia abajo, da la dirección: “El hijo de Nando vive allá, tiene que llegar a la cruz y después caminar. Está cerca”.

Ese cerca serían unos tres kilómetros entre piedra, purita piedra. Pero a medida que se camina en este territorio se ven algunas de las cruces de las que hablaba Antonio García, el hombre que conoció a Nando y el hijo de una de las mujeres que en Jinotega es recordada como la que tuvo el mayor jardín botánico de la ciudad. A la casa de García llegaban de todo el país y su madre buscaba plantas en distintos lugares. Se alimentaban recíprocamente.

Por este territorio subía la gente. Había más árboles que hacían menos pesado el recorrido. Ahora el hijo de Nando baja los martes y los viernes. Días de consulta. En esos días se encuentra a un flujo, entre 200 y 300 personas supuestamente, que llegan buscando cura de alguna enfermedad.

De repente en medio de la nada, en el mismo camino del cerro, aparece un hombre. Viene de Estelí. Es una gacela. Camina rápido, piernas largas, y señala, bajando del cerro de La Cruz, un sitio que no se alcanza a ver. Allí vive Porfirio y él lo viene a buscar, después de horas y horas de viaje.

Un día cuando era un joven flaco, Nando lo llenó de saliva y evitó que se volviera loco, según el paciente, que en esa época salía corriendo sin motivo alguno.

Él ahora está agradecido. Ahora quiere que Porfirio le ayude con un dolor en las piernas. Pero si le duelen, no parece. Llegará por lo menos media hora antes al punto y allí se le verá a la par de este hombre que para todo dice “correcto, mijo, correcto” y que tiene varias vacas, unos terneros, un montón de chavalos jugando en el patio y un sinnúmero de cortezas, polvos naturales para curar a hombres desesperados, mujeres en desgracia, enfermos de todo tipo, como aseguraban que hacía su padre.

Allí llegarán hombres buscando la felicidad. El orgasmo duradero, el olvido de una mujer, y desahuciados en enfermedad también. El hombre que llegó de Estelí sale rápido. Su consulta duró poco tiempo frente a este flaco, padre de ocho hijos con una misma mujer.

—¿Qué responden ustedes a la gente que los critica, que los llama charlatanes?

—No mijito. Con hechos se prueban. Usted yo lo mando adonde el doctor, a usted le duele la barriga, él no me le va hallar nada. Si es pura sugestión. Hechiceros existen. Son muchos aquí. Ellos practicando. Ahorita hay locos, bastantes locos, porque usan la güija, los estudiantes llaman, pero no pueden retirar. Ellos miran todo. Aquí vienen chapincitos, me ha tocado curar llagas, de todo, por donde me busque me halla, correcto mijo —dice seguro.

Se levanta, muestra en una pana un polvo fino. Dice que sirve para lograr que alguien deje de beber alcohol. Se mezcla con agua, o se le da en la comida y se convertirá en un abstemio.

—Aquí tengo para curar locos. Por donde me busquen, me hallan. A mí me busca la gente para hacer bien. Yo no hago cosas malas. No soy brujo, soy curandero. Si puedo le ayudo a mi doctor, le ayudo. Las hierbas funcionan. Usted las tiene que cortar adonde sale el sol. Si la corta en otro lado va para atrás —agarra otra pana. Dice que es cáscara molida en polvo.

***

Nando comenzó cuando era un niño. Con ocho años. Su esposa era conocida de la familia y sabía muy bien que aquel chavalo curaba con plantas a escondidas de su madre, que nunca le gustó que anduviera metido en esto.

“Fuimos siempre fiel el uno al otro. Jalé con él cinco años. A mí me gustaba de él que siempre fue formal. Yo fui la primera y la última novia de Nando. Yo solamente, desde que nos conocimos, y era mi marido. Era mi destino. Cuando nos íbamos a casar su mamá le escondió toda la ropa”, asegura la viejita en la casa de una amiga en Jinotega. Allí llega siempre, se hospeda mientras hace las compras del mercado.

María del Tránsito Castro dice con orgullo que no hay en valles cercanos a Jinotega nadie más viejo. Tiene 109 años, un rostro lleno de arrugas.

Se conocieron desde niños. Se gustaron cuando jóvenes y luego ella se fue con él, pese a la oposición de la suegra que había avistado a otra muchacha en otro valle para que se casara con su hijo. Incluso la madre intentó apresarlo cuando joven, acusándolo de haberla golpeado según Porfirio. “Mi padre era bueno, nunca le hizo nada”, dice.

Por la madre supuestamente le pegaron el primer embrujo a Nando. Dejó de hablar después que una hermana le dio un líquido y un amigo de la pareja, el brujo Daniel Hernández, lo curó.

“La condición era que nadie llorara con la medicina que le dio Daniel, porque si alguien lloraba se moría. Cuando comience a arrojar (vomitar) no hagan mal gesto, porque no sale, y cuando arrojó le dieron una cuarta de guaro y echó todo. Salió en carrera. Tenía un garrobo, y él ya pudo hablar. Tenía entonces 33 años. Su misma hermana le dio esto para que no se casara”, recuerda ella.

Con el episodio del garrobo empezó la leyenda de Nando, que después se reforzaría cuando curó supuestamente a la esposa de un mayor de la Fuerza Aérea en la época de Somoza, Mario Estrada. Después llegaron las peregrinaciones, la nandomanía.

Sin embargo no todos llegaban con buena intención. Una vez un hombre llevó orín de yegua y le mintió diciéndole que era el orín de su esposa enferma. Entonces él respondió: “¿Y tu mujer es una
yegua, entonces?” Y el mentiroso salió corriendo. Quería probarlo.

Lo del tratamiento a miembros de la familia Somoza lo recuerda Antonio García.

“Donde Nando concurrían —se dice— el general Somoza Debayle, se dice José Somoza. Me consta que Emelina Debayle, la esposa del doctor Luis Manuel Debayle, siendo él un médico famosísimo. La hermana de doña Emelina venía a la casa del doctor Pastor Baca para que las atendiera. A Nando lo cuidaban los comandantes. Él bajaba el dinero en zurrones, no sabía ni sumar, ni multiplicar, necesitaba de protectores en el pueblo. Tenía personas como Edmundo López Pineda, Tino Blandón y al mayor Jorge Jarquín, eran en quienes confiaba y le hacían sus transacciones”, dice García.

Muchos años después en 1996 el chamán murió del corazón. Días antes estuvo hospitalizado en la clínica de los médicos Altamirano.

El doctor Mauricio Altamirano, uno de los dueños de esa clínica y admirador de Nando, miró cómo la gente, aún postrado, llegaba a pedirle recetas y eso lo toleraba porque él —dice—, cree en la medicina natural y porque las medicinas provienen precisamente de la naturaleza con unos cuantos químicos, por supuesto.

La mañana del último día del chamán, cuenta su hijo Porfirio, lo apuró para despachar a una mujer. Al rato, le pidió una teja pequeña sin darle ninguna explicación. Se la puso en la pierna que pronto lució morada. Lo trasladó al pueblo, pero falleció en el camino. Tenía 104 años, de acuerdo con el médico.

La muerte de Nando se difundió en todas las latitudes de Jinotega. Aurora García, ahora de 66 años, lo supo. La escena del día de su sanación volvió a su mente: Nando escupiéndose la mano, restregando el líquido sobre la cabeza de esta joven afligida por la migraña. ¿Y saben qué? El marido dice, meciéndose en su casa en Jinotega, que no le ha vuelto a doler la cabeza.

Fotos de Carlos Laguna
Porfirio Gadea tiene en su casa su lugar para atender a la gente. Lleno de cortezas, polvos y una serie de secretos con los que cautiva al visitante.

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