El contra invinsible

Perfil - 09.09.2007
Rodolfo Ampié

Rodolfo Ampié fue en la Contrarrevolución lo que Lenín Cerna en el primer revolucionario. El mote de “Invisible” se lo ganó después de una audaz fuga de las cárceles sandinistas

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

Rodolfo Ampié sale de su casa, en San Jorge, Rivas, vistiendo jeans, camisa de campo y botas negras relucientes. Atlético a sus casi 57 años y con el pelo corto. No se ve ningún guardia de seguridad alrededor. Tampoco porta arma, al menos visible, y luce más bien afable. “Me he encomendado a Dios, El me protege, yo no tengo seguridad, ni tengo el temor que me maten, porque yo no hice daño a ninguna persona, no he golpeado a nadie en ningún interrogatorio. Hice mi trabajo en la guerra”, dice.

Pasa a una sala pequeña con sillas cómodas, y a un lado tiene el álbum fotográfico. Todo lo ha cuidado al detalle para esta entrevista.

En unas fotos aparece como destacado deportista cuando niño, soldado de la Guardia Nacional de Somoza después, en otros más allá como ex jefe de inteligencia de la Contra exponiendo sus planes a los norteamericanos que financiaron la guerra contra los sandinistas, y habrá que agregar la actual, de hombre alejado de la política, que vive en una finca junto al Lago de Nicaragua, en San Jorge, en un lugar tan lindo que se aprecia de cerca el volcán Concepción de la isla de Ometepe.

En esta finca llamada Nahualapa un día vivió Francisco Urcuyo, el hombre que gobernó durante unas horas Nicaragua, tras la caída del régimen somocista, y también habrá que engrosar el expediente de la propiedad con su dueño más famoso: el mismo Somoza.

Muchos años después, estas tierras están en manos de ex comandantes de la Contra como Ampié, dueño de 57 manzanas donde siembra aguacates y plátanos, y otra en poder de Oscar Sobalvarro, alias “Rubén”, que es el propietario de los toros de la entrada

“Rodolfo era la contraparte de Lenín Cuna, pero es muy diferente. Es educado, totalmente lo opuesto”, se apura a aclarar Sobalvarro al describirlo por teléfono y, un día después, cuando Ampié oye la comparación sonríe. La risa sale natural de ese rostro serio, pétreo como si expusiera alguna estrategia de guerra.

Rodolfo Ampié, frente al Lago de Nicaragua, en San Jorge, Rivas.

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Si su padre lo hubiera reconocido su nombre sería Rodolfo Quiroz, pero su vida ha sido otra. Santiago Quiroz era un hombre bandido que dejó en cinta a Leonor Ampié, como hizo con varias mujeres en años de desafueros apasionados que a lo largo de la vida le dejaron cuando menos 60 hijos.

Eran tres hermanos y la señora trabajaba en la fábrica de tejidos e hilados El Porvenir, de Somoza, ubicada a unas tres cuadras del barrio que lo vio nacer, el popular caserío de San Luis de la vieja Managua. Rodolfo Ampié nació el 16 de septiembre de 1950.

“Todo el tiempo comprendí de chavalito la situación de mi mamá sola, y uno desde chiquito añorando un padre”, se queja, pierna cruzada, mirada de frente.

Cuando entró a estudiar secundaria supo que la señora Ampié no podía mantenerle los estudios. Era mucho más dificil para ella conseguir el dinero con qué enviarlo a clases. Y fue entonces cuando con 17 años se encontró con un anuncio en el periódico. Era de la Academia Militar invitando a los jóvenes a incorporarse y hacer carrera militar. Ofrecían estudios, manutención y la posibilidad de estudiar en el extranjero.

Con su necesidad y la solicitud de la Academia, empezó su historia en la Guardia Nacional, el Ejército de Somoza con que reprimía a todos sus adversarios.

Cuando cayó la dinastía era un mozalbete que estudió cursos de inteligencia, paracaidismo, comando e inteligencia avanzada en Argentina, además de otros en la Escuela de las Américas de Panamá.

“Lástima que no pude desarrollarme en mi carrera por la situación y la inestabilidad política del país. ¡Lástima! Así es la vida, nos tocó vivir en esa época, uno tiene que desarrollarse y saberse proyectar en esta vida”, se vuelve a quejar en los corredores de su casa donde se aprecia el bar que aún no acaban de construir (está repellado), una camioneta, una hamaca y un comedor de madera.

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¿Por qué lo llaman “El Invisible”? La historia va así. En ¿los últimos días de la dictadura de los Somoza, Ampié era miembro de la Escuela de Entrenamiento Básica de Infantería, y fue capturado junto a otros militares en un hangar de la Fuerza Aérea. Antes de la detención, esperaban con desesperación que algún avión aterrizara para poder escapar, al igual que hicieron otros miembros de la guardia somocista.

No tuvieron suerte. Los primeros que llegaron fueron el comandante Tomás Borge y un grupo enorme de sandinistas que los hicieron prisioneros de guerra, pese a que los oficiales estaban en unos toldos de la Cruz Roja. Los llevaron a la cárcel La Modelo, aunque luego los trasladaron a la Zona Franca.

Según él, de julio a diciembre de 1979 comía a diario sólo un cucharón de arroz. “Nos pusimos pálidos, recuerdo que defequé como a los 30 días de estar preso, tal vez la cuestión psicológica, pero también que no había nada sólido en mi sistema”, dice Ampié.

Para entonces estaba claro que debía fugarse, pero la huida la pudo concretar cuatro años, dos meses y unos días después de caer detenido y un tiempo después de ser condenado a 53 años de cárcel. El plan incluía el escape de cuatro reos más: Rodolfo Vallejos Joya, Juan Joya Pichardo, Roberto Vivas, y un señor de apellido Chamorro.

El “día D” llegó en octubre, un mes lluvioso. Al amanecer de un domingo lograron escapar bajo una lluvia de balas, una de las cuales le pasó a Ampié de refilón en una pierna.

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Según Ampié, Joya Pichardo y Chamorro fueron recapturados y luego “desaparecidos”, pero él logró viajar vestido de campesino a Malacatoya, buscar un familiar y luego viajar a Granada, y todo lo hizo con aventones que le dieron vehículos que resultaron ser jeeps o camiones de la Policía y el Ejército Popular Sandinista.

El viaje de más riesgo fue cuando salió de Malacatoya con rumbo a Granada. Un camión militar IFA le dio un aventón. El vehículo iba ocupado por varios oficiales sandinistas.

“¡Ay mamita!, Diosito lindo vine a caer yo solo. De repente miro que uno de los militares que están enfrente saca un fólder con fotografías mías. Las fotos eran muy viejas, y yo andaba viejo, barbudo, entonces vienen y se pasan uno a otro las fotografías y así van hasta que uno dice ‘qué voy a estar viendo ni mierda’, y se lo guarda. Yo creía que me había detectado”, relata.

No sucedió así. Lo dejaron en Granada, se fue al mercado, le pidió ayuda a un amigo que lo sacó a los días hacia Managua, metido en un barril que llevaba en un camión lleno de carga. La ventaja fue que la Policía había quitado los retenes y sólo así pudo salir evitando riesgos.

Ya en la capital, “El Invisible” viajó a Honduras, base de la Contra. Le avisaron a Enrique Bermúdez
“3-80”, el máximo jefe de los contrarrevolucionarios y lo acogió. Lo enviaron a un hospital, se recuperó durante meses y, cuando por fin estuvo frente al Estado Mayor, aquellos lo miraban rascándose la cabeza mientras contaba su increíble historia que, por supuesto, verificaron.

Según Ampié, dos de los que huyeron con él —Joya Pichardo y Chamorro— fueron recapturados y luego “desaparecidos”

Fue Jacinto Mojica, uno de los rebeldes, a quien se le ocurrió la idea. “No fregués, si vos sos ‘El Invisible’, ellos nunca te vieron”, le dijo y desde entonces lo acompaña ese sobrenombre.

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Luis Fley, el “comandante Johnson”, asegura que en la guerra Rodolfo Ampié era el contacto directo con la Agencia de Inteligencia Norteamericana (CIA por sus siglas en inglés), y otros incluso aseguran que era una especie de mimado de estos agentes. “Tenía que estar en contacto con ellos —confirma Ampié— si necesitaba una fotografía aérea de un objetivo se las pedía, pero no era mimado.

Tenía discusiones a veces con ellos, recomendaban un tipo de operación y yo decía ‘no es así’. `Es que nosotros en Vietnam’, me decían, y yo les respondía `no-no, no es así’. Los gringos no andan mimando a nadie, a nadie miman esos jodidos”.

Fley recuerda haber visto a “El Invisible” en una oficina llena de mapas, con alfileres por todos lados, los que colocaba para indicar las posiciones de la Contra y del Ejército Popular Sandinista.

“Era apartado, dedicado al trabajo, amanecía trabajando. Estaba pendiente de todo. Informándole a las tropas de lo que sucedía. Era un tipo de escritorio, tenía bajo su cargo los Delta, estaciones de interceptación de toda la comunicación del Gobierno y Ejército Sandinista en áreas estratégicas en territorio hondureño. Había estaciones de radio-escuchas, rastreando con aparatos modernos la comunicación de los sandinistas y descifrando sus mensajes. (La información) se la pasaba a los americanos. Nunca lo señalaron de ningún abuso”, relata Fley quien fuera Fiscal en las filas rebeldes.

Según “El Invisible”, también manejó el tema de las infiltraciones y recuerda que Róger Miranda, un alto oficial cercano al general Humberto Ortega que desertó a finales de los ochenta, les daba desde entonces información.

“No fue un hombre aguerrido, porque no se le presentaron las circunstancias. Cuando anduvo con mi hermano, el comandante Danilo, tuvieron escaramuzas, pero tampoco puedo decir lo contrario: que era miedoso. No se le presentó la oportunidad de demostrar su coraje”, explica Oscar Sobalvarro, alias “Rubén”.

Ampié explica que, a petición del comandante Enrique Bermúdez, se dedicó a labores de inteligencia y operaciones en el año 1985, para ordenar las cosas.

“Lo que funcionaba como Estado Mayor se desbarató, estaba el problema de ‘El Suicida’, que fue creando tanta fuerza, tanta autoridad, un hombre loco que se volvió criminal, la mujer y un lugarteniente iban a desbaratar la Contra, quería desconocer a Bermúdez, pero lo eliminaron. Entonces Bermúdez empezó a organizar un Estado Mayor y me ofrecieron dirigir inteligencia y operaciones”, narra Ampié.

“El Invisible” empezó a armar operaciones coordinadas para evitar que las tropas anduvieran por la libre, ayudó en el entrenamiento de los grupos y se encontró con varios soldados que no querían nada con él. Para ganar autoridad formó su propia Fuerza de Tarea, conocida como Independencia, e hizo operaciones durante seis meses en territorio nicaragüense.

Pero Enrique Bermúdez lo mandó a llamar. Le planteó ir a Estados Unidos para que rebatiera los señalamientos que el aparato de publicidad sandinista hacía contra ellos, llamándolos asesinos y ex miembros de la Guardia Nacional.

Cuando llegó a suelo norteamericano, un grupo de periodistas lo esperaba. “Nunca he cometido un delito, soy un militar nicaragüense como cualquiera graduado en West Point. De allí salen oficiales, no criminales. Yo soy un oficial, me condenaron sin ningún cargo”, recuerda que dijo para intentar quitarle el color a la Contra de violador de derechos humanos.

Con Colin Powell en una reciente visita a Nicaragua.

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Rodolfo Ampié permaneció en el puesto de jefe de inteligencia, sobrevivió a siete atentados contra él, hasta que dejó el cargo en 1988 cuando viajó a Estados Unidos y se casó con una norteamericana, pero luego se separó. Los meses que precedieron su salida del país fueron duros a nivel interno de la Contra, pues había jefes que se disputaban el poder.

“Mack (José Benito Bravo) hacía cualquier barbaridad, era un abusador, traidor y todo”, sostiene todavía Ampié

“No tuve problemas con Enrique Bermúdez, pero habían algunos comandantes que no sabían cómo se maneja un ejército guerrillero. Señalaban a uno del Estado Mayor y decían ‘ese no hace nada’, y yo le decía ‘haga cambios, póngalos a ellos para que se den cuenta del trabajo de acá’, de planificación, que equivale casi al 70 por ciento del éxito de una operación”, sostiene Ampié en su finca.

Asegura que se fue dando cuenta que habían infiltrados, pasando información a los sandinistas, entre esos estaba supuestamente José Benito Bravo, alias “Mack”. Para él era un hombre quemado y así se lo hizo saber a Bermúdez.

Pese a los reiterados llamados de atención que le hizo a Bermúdez, el jefe de los contras un día lo llamó ordenándole que le entregara su puesto a José Benito Bravo, alias “Mack”, que sería el nuevo jefe de inteligencia.

“¿Cómo?, y no sabés que este jodido está infiltrado. ¡Comé mierda!, yo no le entrego a ese jodido”, reclamó por teléfono.

“Mack hacía cualquier barbaridad, era un abusador, traidor y todo”, sostiene todavía.

Allí decidió que lo mejor era irse, viajó a Estados Unidos donde trabajó en un negocio de vehículos y a Miami lo llegaron a buscar para que ayudara en el equipo negociador.

Luego estuvo en Polos de Desarrollo, pero nunca arrancó por la falta de apoyo del Estado. Fue entonces, cuando se fue a vivir al campo. Dejó la guerra en el olvido y se dedicó a producir.

José Benito Bravo dice que la historia de Ampié está mal contada y asegura que nunca ha sido traidor, que siempre combatió contra los sandinistas desde que formó parte de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería.

“Ese cuento está mal contado. Hubo una reunión de altos mandos regionales y a él le quedó grande la camisa, me nombraron a mí”, dice ahora este funcionario del Ministerio de Gobernación, en época del FSLN.

Rodolfo Ampié vive en un apacible retiro en su casa solariega de Rivas, a como se puede apreciar arriba con sus perros,

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En la intimidad, Rodolfo Ampié no es el hombre de guerra que cualquiera pudiera imaginarse. Cuando está solo, “El Invisible” gusta de la música romántica, las rancheras y escucha con especial atención canciones como Detalles. Tiene siete hijos, cultiva plátanos en su finca, un oficio que ha aprendido de modo autodidacta.

“Muchos creen que lo bueno es estar en Managua, pero yo no”, dice como si fuese una declaración de principios. La otra declaración es la de su amor paterno. “Tengo siete hijos, yo no puede ser mal padre”, dice recordando su suerte cuando niño, abandonado por el bandido de Santiago Quiroz.

“El Invisible” reconoce que tiene un defecto: cuando se propone algo le gusta cumplirlo y el otro es la puntualidad, algo que molesta a muchos de sus amigos porque están acostumbrados a llegar minutos, o quizás horas, tarde. “Es muy hogareño, ha sido soltero. Creo que un hombre debe de hacerse acompañar de una mujer sobre todo cuando está llegando a la edad media. Yo lo veo muy tranquilo a él”, dice Sobalvarro.

“Sólo le gustan las chavalitas —caracteriza Luis Fley y ríe—. De 20 años son viejitas para él”.

Pero él defiende el amor que le tiene a su madre. Dice que no puede ser mal hijo y con lo de las niñas, pues ya veremos lo que dice.

—Sus amigos dicen que usted es enamorado…

—Pues sí, un hombre soltero, solito aquí, con una buena posición me echaba mis tragos, traía chavalas, novias…

—Me dijeron que le gustaban bien niñas, que le gustan las muchachitas.

—Son etapas que pasan los hombres. Ahora estoy alejado, y siento la necesidad de tener una esposa, una compañera. Yo quiero darle a mis hijos un apoyo de una mujer. Uno tiene que ser consciente. No ando jalando, pero tengo que ver con ojo clínico la madrastra que le pongo a mis hijos. No quiero que me roben el amor de ellos. Yo creo que no hay que andar desesperado.

Y hace énfasis en la palabra desesperado, rodeado de sus hijos que almuerzan en la otra casa, en cuya parte trasera se ve imponente el volcán Concepción y la belleza del Lago de Nicaragua.

Morir no valió la pena

Rodolfo Ampié considera que la guerra no valió la pena. “No valió la pena habernos matado”, asegura y cita de ejemplo todos esos campesinos que con ilusión lucharon en las montañas por botar a los sandinistas. Ahora, la mayoría son pobres, según él, seguro igual que muchos sandinistas.

Muchos años después, Ampié opina que los contras fueron manipulados por Estados Unidos, igual que los sandinistas lo fueron por los soviéticos. Ahora, asegura, que es un hombre alejado de la política, dedicado a su trabajo y cuando habla parece que aborrece el engaño de los políticos.

“Si hubiera un tercio de los nicaragüenses que nos dedicáramos a trabajar, producir, generar empleos, trabajando uno puede ser objeto de crédito para buscar desarrollo, qué haría de baboso engañando a tanta gente. (Si fuera político) ni levanto mi finca, ni crio a mis hijos. Ahora soy miembro de la Fraternidad de Hombres de Negocios. La mayoría de estos políticos, te lo aseguro, no generan ni un empleo”.

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