El doctor payaso

Perfil, Reportaje - 15.06.2008
El payaso Roberto Aguirre

El psicólogo y payaso Tito Aguirre no trabaja bajo las carpas, sino en el Hospital del Niño, donde lucha contra el cáncer y sus propios traumas

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela, Carlos Malespín y Julio Molina

Lo pensó en serio. El último domingo de Semana Santa de 1997, el payaso Roberto Aguirre, de 41 años entonces, flaco, cara barrosa, ojos saltones y bravo a las muecas, decidió que ya era hora de morir.

Una mañana de verano visitaría a un tío en una finca en Santo Domingo, Chontales; le diría a un amigo que le prestara una pistola 45 para ir a una supuesta cacería. Se iría con los mozos a acompañarlos, dejaría que se adelantaran y, una vez solo, se alejaría en aquel terreno de 260 manzanas donde a los días los zopilotes avisarían que allí, en medio de aquellos parajes, un cuerpo estaba en descomposición.

Casado en segundas nupcias, con un hijo con otra mujer en su juventud, fue un amante de Los Beatles cuando era un niño, un inquieto muchacho que una vez quiso quemar el aula del Instituto Maestro Gabriel de Managua y que siempre fue el dolor de cabeza de sus padres: artesana ella y músico él. De Chontales ella, de Ometepe él.

Roberto Aguirre, el más feo de sus hermanos (“federal”, dice él), director de teatro, payaso, fundador del Club del Clown desde 1992, quiso descerrajarse la cabeza. Sería uno más de los 20 mil intentos suicidas que el Ministerio de Salud estimaba anualmente hasta 2006 y suficiente motivo para que esta mañana fuese lo más aburrida del mundo, con un televisor pasando cualquier cosa, con unas madres de pocas palabras, con doctores que pasan por el vidrio mirando lentamente y le hacen recordar a cualquiera que los minutos sí cuentan en los hospitales.

Fotos: Orlando Valenzuela, Carlos Malespín y Julio Molina

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Silencio absoluto. La sala donde están los niños con cáncer, en el Hospital La Mascota, es como todas. Un azul más vivo del color celeste deprimente del resto de salas del país; un calor ligeramente disminuido por el aire acondicionado y la perspectiva de siempre: gabachas, Barney pintado en la pared, gabachas, unas pizarritas con el nombre de los niños, un cuarto de cuatro camas y un televisor.

Allá pasa un doctor que se le ve desde el vidrio. Serio. Aquí, en este cuarto, los niños lloran. Aquí, en
este cuarto, para ponerle nombre, Eliécer llora cuando le avisan que lo llevarán al quirófano. Tiene leucemia, pero desnudo se le ve que los testículos son tan grandes como una taza. Su madre tiene la cara larga, lo carga un poco de medio lado y, minutos antes del aviso, ríe cuando escucha a su hijo platicar. Pero no halla cómo calmarlo.

Aquí, en este cuarto, los doctores intentan salvarle la vida a los infantes. Pasa una niña de tres años sin una hebra de cabello en la cabeza. “Es efecto secundario de la quimioterapia”, explica alguien antes que entre la madre al cuarto y pida la única cama donde su hija está cómoda, donde hay una ventana y en la mañana se ve a los pajaritos trinar.

Aquí se pasea un hombre con gabacha blanca, pantalón rojo, camisa amarilla-azul, y zapatos enormes blanco y negro. Es el doctor con el nombre más sofisticado que alguien pudiese imaginar: Roberto Aguirre es el médico Kelocura, que una vez intentó suicidarse por “mal de amores”, que tiene traumas de su niñez, y que intenta rebajarles un poco el dolor a estos niños.

—¡Uy está llorando porque no ve al novio! –se burla el payaso.

Ella es morena, algo gordita, tiene 16 años, viste de blusa negra, se cubre el rostro con una almohada, y su madre la mira con tristeza. Viene el payaso, agarra un globo y le hace un corazón rosa enorme. Se lo coloca encima de la almohada después de regalarle a los otros niños unos perritos hechos con globos. El payaso le coloca una silla de plástico. Alguna otra cosa que agarra por allí, otra más por allá, y la chica como una piedra: inmóvil.

—Prestame el celular yo lo llamo y le explico a tu novio que no podés llegar –insiste.

Ella tiene muy bajo el nivel de plaquetas. Tiene leucemia. La acompaña su madre. Es 30 de mayo, Día de las Madres en Nicaragua. Está triste, pero en unos minutos el payaso se sale con la suya, y ella estalla en carcajadas.

Fotos: Orlando Valenzuela, Carlos Malespín y Julio Molina
Dos magistrados. Ayudando a sonreír a los niños cáncer y en la otra imagen con miembros de Los Pipitos en una actividad la semana pasada.

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Aninguno de ellos se le puede ocurrir que ese personaje, que ahora intenta sacarles risas, un día intentó incendiar un aula del Instituto Maestro Gabriel. Estaba en primer año, jugaba con un amigo a tirar fósforos en una de las papeleras, hasta que en una de ésas agarró fuego y espantó al profesor de matemáticas.

En días del incendio fallido, vivía en Monseñor Lezcano, cuando Las Brisas no existía y era una finca de donde llegaba la leche a la ciudad.

Eran los tiempos en que del lado del Seminario se podían encontrar serpientes y coyotes, no como ahora todo urbanizado, lleno de centros comerciales. En esas calles corrieron los hijos del matrimonio de Hipólito Aguirre y María Ramos Barea. Tres muchachos.

El mayor Freddy fue siempre el más inteligente. Pero el segundo, Roberto, a quien le decían Aguirrito en el colegio Maestro Gabriel, no tenía el talento de su hermano que aprendió de todo en las enciclopedias Lo Sé Todo, que compró su papá.

Roberto Aguirre era bueno en otras cosas. Sabía bailar folclor, había sido discípulo de la maestra de danza folclórica, Irene López, no tenía miedo al público. Bueno al ajedrez, al deporte, y generalmente a todo en lo que sus hermanos no se destacaban, había visto en 1964 lo grandioso que puede ser un payaso cuando asistió al espectáculo del famoso Firuliche.

“Mirá las notas que saca tu hermano, y ¿vos qué?”, le preguntaba su madre.

“Ellos tienen novias, estoy preocupado hijo, ¿qué te está pasando, ¿te gustan las mujeres?”, le dijo el padre cuando Roberto cumplió 16.

“Yo crecí pensando que mis padres no me querían en la medida que querían a mis hermanos. Me sentía el patito feo. Mi rebeldía era para llamar la atención, era ¡un help (ayuda), existo!”, se autoanaliza, porque además de payaso es psicólogo clínico.

De autoanálisis estará llena la entrevista. Roberto Aguirre se mirará al espejo cada instante. Allí se espantará y disfrutará de su lado bueno. Lo acompaña en ese viaje su esposa Rebeca Sandoval Pacheco.Están en su casa en Rubenia, construida con unas celosías en la entrada que impiden ver el rostro de quien está adentro. El reino de la privacidad. Sus dos hijos los miran. Andrés Felipe, de dos años, que intenta darle palomitas de maíz a su hermano de tres meses.

“Hijo —lo detiene él— vos sabés amor que todavía tu hermano no come eso”.

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Rebeca Sandoval Pacheco, de 34 años, fue el amor que encontró después de la debacle. Se casó con ella el 24 de enero de 2004. Se conocieron como hermanos cristianos en la misma iglesia a la que asistían, porque Aguirre empezó a convertirse después que una hija le recomendó a Dios para que le ayudara a superar la crisis.

Sin embargo, al principio la pareja no rimó. Ella pensaba que era muy viejo y feo. El, que podía conquistarla, pese a que vivía en Juigalpa organizando la iglesia. Le mandaba mensajes con la esposa del líder religioso de su comunidad Manuel Prieto, y ella decía: “Está loco”.

Pero el camino se fue abriendo para estos dos porque, según ella, le ponía pruebas a Dios para ver si era bueno para ella. “Dios si viene de Juigalpa hoy miércoles (algo imposible, dice ella) será bueno para mí y llegaba ese miércoles. Dios también se me revelaba por la Biblia, me mostraba pasajes del matrimonio”, relata.

Cuando se casaron lo hicieron en grande. Viajaron hasta el sitio exacto donde ocurrieron las bodas de Caná, en la iglesia de Caná de Galilea, la del relato del primer milagro de Jesús cuando decía que no había llegado su tiempo y María le insistía que convirtiera el agua de las ánforas en vino. Recuerdos felices.

La imagen de tristeza fija en su mente es la de la época del fallido suicidio. Si bien su cercanía con Dios lo ayudó a alejarse de la idea de matarse, la depresión lo obligó a abandonar el club de payasos que había fundado. Durante al menos tres años no trabajó en eso, él dirigía y capacitaba al resto de payasos. Nunca había actuado como tal, pero le enseñaba a sus colegas cómo pintarse y actuar. Fue hasta el año 2000 que lo hizo por primera vez. Se presentaba una obra de teatro y se ausentó uno de los actores. El, que había escrito el guión, y se sabía los parlamentos de memoria, debió suplirlo. Y así empezó a actuar.

Antes fue la tristeza, antes la debacle.

“Yo viví 12 doce años con esta muchacha (las muecas desaparecen), la conocí en la época de la revolución. Era una señora, una mujer madura. Treinta y tantos años. Mantuvimos una relación seria. Éramos pareja. No nos habíamos casado. Teníamos nuestra casa, nuestros hijos, hasta que nos separamos y pensé que lo había perdido todo. Siempre anduve buscando reconocimiento, atención de mis padres primero y después en mujeres”, confiesa.

¿No decís que eras feo y nadie te hacía caso como a tus hermanos? –le pregunto.

—(Se adelanta rápido) Yo las buscaba. Era enamorado porque quería sentir que alguien me amara. Y resulta que

no funcionó la relación, yo decía que iba a ser estable, porque yo me había casado la primera vez, dejé un hijo en la primera relación…

Aparece el psicólogo. Roberto Aguirre puede dejar al payaso, pero no puede escapar de autoanalizarse.

—¿Qué pasó en su relación?

—No funcionó. Nos separamos.

—¿Qué ocurrió para que todo se detuviera?

—Okey (acentúa la voz, se pone más serio, el rostro lleno de barros). Pienso que cuando uno no tiene a Cristo en su relación, uno siempre cree que uno tiene la razón. Ella tenía su propia razón, yo tenía la mía. Eso pasa de la acera para allá en el mundo, si tienen a Cristo en su corazón yo te digo lo que va a pasar. Cuando no tienen a Cristo el amor se va desgastando, terminan odiándose, malmatándose, o separándose… Cada quien tenía su verdad, yo defendía mi verdad. Ella tenía sus aspiraciones, yo también.

Roberto Aguirre empieza con las comparaciones. Pero éstas no le hacen mal como las que contó de su infancia. Estas le ayudan a superar el trauma. Su actual esposa está al lado.

—Con ella –clama– soy feliz. Me promueve las payasadas, nunca me ha dicho nada, administra el Club del Clown. La otra persona creía que el arte no era una forma, no era un oficio para obtener buenos
ingresos.

—Hace rato dijo que la otra señora era su pareja ideal…

—Claro, claro, cuando estás en el mundo tienes tu propio concepto: dices que tiene que haber química; diferencias para que haya balance, equilibrio, eso te dice el mundo. Todos tienen que tener su propio espacio, tiene que respetar el espacio tuyo. Tú puedes hacer sus cosas, y vos las tuyas. Eso es falso. Yo con ella (vuelve a señalar a su nueva esposa) ahora tenemos a Cristo en nuestro corazón. Ella no tiene necesidad de andar en su mundo (hace muecas), (ni yo con eso de) me voy con mis amigos a beber guaro, ella tampoco. El mundo siempre habla de respetar el espacio de cada quien. Pero no es así.

—¿Qué pasó entonces?

—Yo tenía mi mundo, ella tenía el suyo –sigue divagando–. Yo tenía una visión del arte, ella tenía sus propias finanzas. Son dos personas que están de mentiritas. Yo haciendo lo que quiero, ella haciendo lo que quiere. Eso no es una relación.

—¿Por qué te quisiste matar?

—Yo anduve buscando cariño, yo me aferré a ella (acentúa la voz) obsesionado por no perder algo. Yo estaba obsesionado en mantener esa relación. Ella me atraía mucho físicamente. Era fundamental para mí. Llegué a decir que el amor no existe.

Luego, el psicólogo habla de cómo se quiso matar; del plan que tenía, de cómo lo llevaron a un centro religioso donde alguien lo oyó contar todo su problema durante horas. Allí había llegado una hija de la mujer que lo acababa de abandonar. Ella lo recomendó y él hizo caso de acercarse, días antes de cumplir con su plan de suicidio. Así lo evitó.

—¿Le fue infiel su antigua esposa? –martillo.

—No te lo puedo decir. Sentía muchos celos, una desconfianza terrible. Sería por ese sentimiento de conmiseración…

—¿Otra vez apareció el niño Roberto, al que nadie quería?

—Claro, claro. Yo ahora estoy en las manos de Dios. Ella (mira a Rebeca, su esposa) es una hija de Dios, yo me casé con una hija de Dios. Donde estoy yo, está ella, compartimos los mismos espacios, nos gusta hacer las mismas cosas. Yo no dependo del amor de ella, dependo del amor de Dios.

—¿No es cruel que diga eso? ¿No le interesa que lo ame ella?

—Esperate, yo no necesito que nadie me ame, ahora yo estoy interesado en dar amor a ella. ¿Me entiende?

—Y, ¿a usted no le duele que le diga eso? –le pregunto a ella, elegante, viste de blusa rosada, más alta que él.

—No –carcajada, voz fina–. Ya sé cómo es. Y entiendo el sentido de la palabra.

—Además es la misma visión de ella –agrega él–. No le interesa que yo la ame. Está saturada del amor de Dios. Dios me satura de amor y yo le doy a ella, ¿entiende?

Roberto Aguirre se hizo pues hermano cristiano. Practica algo que le llaman teoterapia. Se reparte entre la Iglesia, el hospital y sus hijos. Hoy, por ejemplo, se levantó a las cinco de la mañana a cuidar a sus hijos. Luego va a La Mascota. Se sabe historias de historias. Hace memoria. Recuerda a Steven, un niño frágil como un pajarito. Avanzaba con paso de astronauta cuando lo conoció. Jugaba con el payaso pese a la prohibición médica, que no querían que se esforzara. Un día llegó el payaso Kelocura y el pequeño no se podía levantar. “Noo pued000”, le musitó quedito al oído… y de allí no se pudo levantar jamás.

Estadísticas del cáncer

Lucía Paredes, psicóloga del área de hemato-oncología del Hospital La Mascota de Managua, dice que la capacidad de hospitalización que tienen es para 30 niños, pero en general se atienden entre 50 y 80 niños diarios. “Aquí se ve leucemia y todos los otros tipos de tumores malignos de la niñez”, explicó por teléfono la experta.

Fotos: Orlando Valenzuela, Carlos Malespín y Julio Molina

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