El hombre de los pies de Dios

Perfil - 26.03.2006
Tony Meléndez

No tiene brazos, pero con su voz y su música conmovió hasta al papa Juan Pablo II. Ha recorrido 33 países y grabado siete discos de canciones religiosas. Tony Meléndez hace con sus pies lo que otros no hacen con la manos: escribe, pesca, maneja, toca guitarra. Este hombre, que acaricia a su esposa con los hombros y que dejó el ombligo en Nicaragua hace 45 años, es aclamado por muchos que lo consideran un bendecido por Dios.

Amalia Morales

Entra descalzo y trotando al escenario. El frío de la calle no se cuela hasta la tarima del Coliseo del Campín, en Bogotá, sobre la que se enfocan seis mil pares de ojos dispersos en las graderías. En el corre corre, las mangas negras de la camisa de este hombre medio obeso, pero ágil que acaba de subir, se agitan vacías como banderas en plaza pública. Aunque le faltan los brazos, sus hombros gruesos bailotean en armonía con el resto de su cuerpo, va siguiendo un ritmo interior.

Desde las butacas la gente lo aclama. Lo reciben de pie y batiendo las palmas. Al fin tienen frente a ellos al hombre sin brazos que toca guitarra, al que tanto han publicitado los medios en los tres últimos días, y al que todos los periodistas piden mensajes de esperanza como si se tratara del Dalai Lama o del propio papa. Al fin aparece frente a ellos el hombre que hace unos segundos vieron en pantalla gigante en el momento en que lo besaba en la mejilla el fallecido papa Juan Pablo II. Al fin está frente a todos el hombre del que Jorge Duque Linares, el promotor de sus conciertos en Colombia y líder de Actitud Positiva, un programa de autoayuda que se transmite por radio y TV en este país suramericano, acaba de decir que es un bendecido de Dios y que si él puede, otros pueden.

Tony Meléndez se sienta y un baño de luz cae sobre su vestimenta negra. Estira sus piernas y posa sus pies desnudos sobre la guitarra que está acostada sobre un pedazo de tela. Los tres miembros de su banda también vestidos de negro que han arrancado con un ritmo rápido, medio rocanrolero, le bajan un poco a la intensidad de sus instrumentos y la voz gutural y la guitarra de Tony empiezan a sonar. Sus pies se distribuyen, el izquierdo se coloca sobre el brazo de la guitarra, sus dedos se deslizan y marcan los signos, mientras que con el derecho rasca las cuerdas, el dedo gordo hace las veces del pulgar con uña filosa que tienen los guitarristas.

José Antonio Meléndez Rodríguez, Tony, nació hace 45 años en el Hospital San José, en Rivas. Su historia, que cuenta en su libro escrito en inglés: A gift of hoppe (Un regalo de esperanza), empieza desde antes que soltara su primer llanto. Tony, el segundo hijo del agrónomo José Ángel Meléndez, y de Sara María Rodríguez, llegó al mundo sin brazos a consecuencia de la talidomida, un fármaco que ya está retirado del mercado, pero que antes usaban las embarazadas, como la mamá de Tony, para contrarrestar los achaques y vómitos, sin prever que podía provocar malformaciones a sus fetos.

La reacción de los papás de Tony no fue la de muchos que optan por esconder a sus parientes con discapacidades, sino que aprovecharon un loteriazo que se ganaron y emigraron con Tony, cuando tenía un año, a Estados Unidos, adonde los médicos les habían recomendado viajar para buscarle remedio al pie derecho del niño "que estaba bastante mal", recuerda Tony sentado en un sillón en el camerino del Coliseo, minutos antes del primer concierto de su gira por tres ciudades de Colombia.

Mientras habla sus pies se mueven, gesticulan como si acompañara sus palabras con las manos. Advertida por la mánager, una periodista que entra a entrevistarlo por solo cinco minutos, le extiende la mano por instinto.

Tony sin intimidarse y sin ofenderse corresponde al saludo con palabras. Y zanja la incómoda situación con amabilidad. "No se preocupe, no se preocupe, eso le pasa a mucha gente, ya estoy acostumbrado, es normal, es normal", dice con su español de gringo.

Su encuentro con el papa Juan Pablo II en 1987, cuando tenía 25 años, es quizá el evento más explotado en las entrevistas. Y es definitivo que eso lo marcó. No recuerda bien cómo fue que llegó hasta él. Tony ya cantaba y tocaba guitarra con los pies en iglesias, había aprendido a ejecutarla a los 16 años. Un día fue a una audición y lo seleccionaron para cantarle a su santidad en un evento para jóvenes que se celebró en Los Ángeles.

En las imágenes del histórico encuentro se ve a un Tony más delgado y joven que canta a todo pulmón en inglés Never be the same (Nunca ser igual), un tema que compuso especialmente para cantarle al papa. Se acompaña con su guitarra que ejecuta con sus pies que calzan 41. Un mar de gente joven lo rodea. En el centro, lo mira con las manos juntas, un sonriente Juan Pablo II. Emocionado Tony termina de cantar y lo que sigue después es leyenda: el líder de la Iglesia católica se le acerca, lo besa en la mejilla y le dice: "Se oye bonito". El video de este encuentro que cambió la vida de Meléndez se proyecta para el público bogotano antes del concierto.

Jorge Duque, el animador, quien sabe que entre los presentes hay 500 soldados de las Fuerzas Armadas Colombianas, muchos de ellos mutilados en combates contra insurgentes, suelta otra frase que le susurró el pontífice al artista: "Tony verdaderamente eres un joven valiente, nos estás dando esperanza a todos".

Antes de esta anécdota que suena perfecta para un best seller de superación personal, el Tony niño enfrentó toda clase de burlas y de obstáculos ante los que nunca se rindió, y para lo que fue crucial el apoyo de sus papás, quienes siempre lo animaron a sentirse igual a los demás.

Una vez su papá lo llevó a un restaurante y pidió dos platos de tallarines, uno para él y otro para su hijo sin brazos. Tony quiso objetar que no podría comérselo, pero su papá insistió en que sí, en que lo haría, en que él podía. Cuando los platos llegaron, el mesero preguntó si ayudaba al niño, pero el papá insistió en que no, en que él podía solo. Tony no tuvo más remedio que inclinar la cabeza, abrir la boca y comer directamente con los dientes sin la mediación de un cuchillo y un tenedor.

Otras barreras que ha roto con sus pies han sido la de escribir, vestirse, manejar y hasta tocar la guitarra de su papá, la que logró entonar, afinar y sacarle algo más que bulla luego de mucho tiempo de práctica. "Para mí los pies son las manos, con ellos hago todo lo que los demás hacen con las manos".

En un día común y corriente de su vida, que transcurre en la ciudad de Branson, Missouri, Tony es un padre que estira su pierna derecha hasta la altura de la cintura, para abrir su camioneta y conducir —mediante una adecuación especial para los pies— y llevar a su familia: su esposa Lynn y sus dos hijos adoptivos, Marisa (salvadoreña) y Andrés (nicaragüense), a pasear y pescar por un lago cercano. Ahí, sin complejos saca la caña de pescar y con los pies acomoda la carnada en el anzuelo y la tira al agua.

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Debajo del foco que lo ilumina, Tony se mueve como pez en el agua. Hasta ahora se ha presentado en 33 países, ha recorrido todo Estados Unidos donde ha participado en programas prime time como Today Show y Good Morning. Ha recibido la condecoración Ronald Reagan, y en Ecuador y Venezuela ha sido nombrado líder de autoestima. En 1989 abrió uno de los partidos de la final de la Serie Mundial con el himno estadounidense. Se ha codeado con famosos como Ray Charles y Latoya Jackson. En Nicaragua llenó el Teatro Nacional Rubén Darío dos veces durante el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro.

Aunque no trabaja para ninguna organización y no se considera a sí mismo un modelo para los demás, su meta es recorrer más de 100 países como lo hiciera el papa, y llevar con su vivencia un mensaje de esperanza a los demás.

Por un momento retira los pies de la guitarra, los sube y los bate, mientras aplaude canta por el micrófono que lleva adherido en la cabeza. En sus canciones sobresalen las palabras Dios, fe, alegría, amor y esperanza. Ha grabado siete discos de canciones con contenido eminentemente religioso, seis de ellas en inglés y una en español. Con algunos de esos temas abrió este recital, en el que también hace un repaso por algunos clásicos de rock and roll, con los que prende a sus seguidores. A Tony le gustan Los Beatles y admira la guitarra de Eric Clapton.

Mientras Tony canta y baila en la tarima, al fondo del Coliseo, los seguidores iluminan los bastones, las prótesis y muletas que han alzado los uniformados en señal de que están siguiendo el ritmo y las canciones de este hombre sin brazos. Los artefactos ortopédicos vuelven a sus lugares cuando aterriza un reconocido bolero al que el artista le imprime un toque religioso.

Tony cuenta que viaja a Nicaragua dos o tres veces al año, hasta su Rivas natal, adonde llega a visitar primos, tíos y sobrinos. Antes iba por su abuelita, pero ya falleció.

Durante la rueda de prensa que brinda en un hotel local, en Bogotá, nadie le pregunta sobre sus raíces nicaragüenses. Los periodistas insisten en mensajes para los jóvenes, Tony contesta con frases con-sabidas. "Uno tiene que aceptarse, uno tiene que expresarse, tenemos corazón como los demás. No se escondan, no debemos de esconder a una persona con problemas. Si yo hablo bleeggsggeeg (finge tener un impedimento en la boca) hay que dejarlo que se expresen".

Los comunicadores desconfiados le piden una demostración de su habilidad con la guitarra. Se hace a un lado de la mesa, y su primo Marvin, que es parte de su equipo técnico, le acomoda el instrumento, Tony se sienta en una butaca y Jorge Duque le sostiene el micrófono en la boca. Sin ver hacia abajo, con una destreza desarrollada en años, sus pies se deslizan sobre el instrumento.

Esta ejecución se escucha mucho más nítida que la del concierto, donde el ruido de la banda opaca sus sonidos. Satisfechos, los periodistas aplauden. Meléndez asiente y regresa a su puesto detrás de la mesa, donde suave y calculadamente, valiéndose solo del contacto entre sus dedos se pone los calcetines.

Este hombre, que un buen día "cerró" las orejas a las burlas, confiesa que no tiene problemas en darle cariño a su esposa. "Tengo los labios, tengo el hombro, si ella se me acerca yo la aprieto aquí", dice mientras inclina su cabeza a un lado y sube el hombro. "Si ella está sentada en el suelo la aprieto con las piernas. El afecto se da también con la mente y con el corazón", explica al tiempo que sus pies, esos pies de Dios —como lo bautizaron en alguna parte— se mueven con el mismo nerviosismo de las manos que no le hacen falta.

El encuentro que le cambió la vida, en 1987 con el papa Juan Pablo II. " Tony eres valiente, nos estás dando esperanza a todos", le susurró el pontífice.

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