El libertino Bayly

Perfil - 04.06.2006
Jaime Bayly

El estreno de una película basada en uno de sus libros y la cosecha de una nueva novela han vuelto a poner de moda a Jaime Bayly. Este controvertido escritor peruano que se declara bisexual, que no cree en Dios, ni en los nacionalismos, sino que en el destino. Admira a Shakira y dice que en las próximas elecciones a celebrarse en su país votará por el ex mandatario Alan García antes que por el militar Ollanta Humala. Mientras reparte su amor entre sus dos hijas, su ex esposa y su “chico argentino”

Amalia Morales

Por su voz Jaime Bayly no parece un divo y menos el hombre polémico que venden los medios, aunque esto último sí lo es. A lo Truman Capote este enfant terrible de Perú que, de la manera más suave y delicada, suelta comentarios que erizan a los doble moral. Él, los reta, con una sonrisa tierna, irónica que dibujan sus delgados labios.

A veces, dice tan bajito las últimas palabras de sus frases que cuesta entenderlas. Tal vez sea por su acento, que no acaba de ser peruano y tampoco llega a ser argentino, sino una mezcla de los dos, que es la típica forma de hablar de los peruanos de clase media-alta que desde muy temprano viajan a los países del cono sur. Y en su caso, esa cadencia, quizás la hayan marcado más los cuatro años que lleva viviendo en Buenos Aires.

Bayly es espigado y bastante delgado, sin embargo, su estampa de presentador de televisión la deforma una barriga incipiente que se le pronuncia debajo del saco azul, y que crece a merced de una vida sosegada, la que confiesa estar viviendo en la capital argentina.

El escritor peruano, que no se define como tal, sino que al contrario, se declara como un autor antiperuano, porque no cree en la patria ni en los nacionalismos, estuvo por tres días en Bogotá, en el marco de la Feria Internacional del Libro. Llegó a promocionar su última novela Y de repente un ángel. En el transcurso de 72 horas que duró su visita el autor de No se lo digas a nadie —novela que fue llevada al cine hace unos años— acaparó la atención de los medios.

En el hotel de formas coloniales, en que fue hospedado, despachó kilométricas entrevistas. Es jueves, a mediodía, y Bayly, haciendo gala de un espíritu mediático, que parece bastante genuino, habló de todo sin tapujos, como siempre.

“Me traes dos vasos de jugo de naranja, por favor, que tengo la garganta incendiada”, le dice a la asistente que lo acompaña, antes de empezar el tercer interrogatorio de la mañana, más bien, al cuarto porque por fallas técnicas, un presentador colombiano le hizo repetir la grabación de una hora de entrevista. Tal vez, porque también es presentador —actualmente conduce el programa de entrevistas a políticos Francotirador en Lima— Bayly lo entiende y tuvo la paciencia de repetirla.

Por la cara de Bayly no parecen pasar los años, salvo unas pequeñas ojeras que se dejan ver cuando se quita las gafas de lentes rojizos, que le dan un toque ejecutivo a su apariencia. Las coloca sobre la mesa al tiempo que dice que está dispuesto a hablar de todo, “sin problemas eh”. Mientras escucha las primeras preguntas, se lleva la mano derecha a la cara y con delicadeza se aparta la cortina de pelo, que a manera de pava le cubre la frente y que casi le tapa los ojos.

Magazine Edición N° 60, publicada el 4 de junio del 2006

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Jaime Bayly se parece mucho a Julián Beltrán, el protagonista de su última novela. Es escritor como él, medio vago, medio ermitaño, le encanta dormir, se baña sólo a veces, no le gusta limpiar su casa y, como él, está distanciado de sus papás. Sin embargo, contrario a los héroes de sus anteriores novelas, que a muchos ha escandalizado, Beltrán no es gay. La condición de homosexual y la adicción a las drogas es casi una constante en los personajes de La mujer de mi hermano, No se lo digas a nadie, Los amigos que perdí.

“Esta vez la trama va por otro lado, si bien me detuve a considerar la posibilidad de que el escritor fuese gay me parece que eso es irrelevante, su vida amorosa no es el tema central de la novela que es más bien tierna, humorística y compasiva”, dice mientras mira de reojo los vasos de jugo de naranja que acaban de ponerle a un lado de la mesa.

Al escuchar esto, se podría pensar que Bayly, amigo y admirador de Mario Vargas Llosa, superó ya esa obsesión suya de escribir sobre homosexuales y drogas. Tal vez crea que es un tema pasado de moda, como piensan algunos escritores gay.

“Supongo que algunos de los conflictos sexuales que me atormentaban mucho cuando era muy joven, ahora ya no me inquietan tanto o ya no me inquietan nada. Ya los he resuelto, o no los he resuelto, pero me he acostumbrado a vivir con ellos que es otra manera de resolverlos. En realidad yo nunca he tenido tanta necesidad de hablar de ellos, sino que han sido los periodistas, que parecían más urgidos que yo. Creo que cuando uno tiene tanta necesidad de hablar de esos temas es porque no los practica”. Remata la frase con un guiño irónico en las comisuras de su boca.

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Bayly parece haber resuelto sus conflictos sexuales desde que se fue a vivir a la ciudad porteña, donde su estancia es tranquila, casi ermitaña. Allí se ha instalado, con su pareja, el escritor Luis Corbacho, 12 años más joven que él, quien publicó su novela Mi amado mister B, en la que cuenta su romance con el escritor peruano. Bayly, simplemente se refiere a él como “mi chico argentino”.

El peruano, que mantiene el mismo tono de voz vacilante en los acentos, pero tranquilo y elegante, cree en general que los lectores lo han malentendido porque se lo imaginan a él como alguien sexualmente muy inquieto o muy promiscuo. “Y no lo soy”, se defiende. “En esto hay un malentendido divertido, en el sentido de que algunos lectores creen que yo soy sexualmente más inquieto o más promiscuo de lo que soy en verdad. Cuando uno tiene los años tal vez como tú, te hacen creer que eso es lo más importante que hay, y en realidad eso es una mentira. A mí me interesa más la sexualidad en el sentido teórico, en el sentido de tu propia identidad, lo que a mí sí me parece importante es que una persona se atreva vivir su identidad sexual de una manera verdadera, sin mentirse a sí misma y a los demás, porque la mentira trae mucha infelicidad”. Hace dos días le dijo claramente a otro periodista que no era homosexual, sino bisexual.

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Mientras sorbe un trago del jugo amarillo, hace una acotación. Cuenta que visitó Managua en el 2000 y que no lo olvida porque se asustó mucho con el “lagarto”, así le dice al garrobo que había en el baño del hotel donde se quedó en las afueras de la capital.

Vuelve al tema sexual, y remata: “Yo soy un libertino, pero en el sentido intelectual o en el sentido moral, a mí me gusta defender la libertad sexual, defender la rebeldía sexual, los derechos de una persona sea mujer o sea hombre, sin miedos sin culpas sin dejarse intimidar por los santurrones o predicadores de la moral que nunca en su vida han tenido un buen orgasmo, pero que hablan desde la absoluta abstinencia, sin saber de qué están hablando”.

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Julián Beltrán, el personaje de ficción de Bayly, vive en Lima y desde hace años no se ve con sus papás. Está distanciado de ellos, sobre todo del padre. Aunque dice que la relación de Julián no lo refleja a él, en la vida real Bayly tampoco se lleva con los suyos. Bayly parece tener un conflicto con el papá como el que han tenido otros escritores como Franz Kafka y su coterráneo Mario Vargas Llosa, quien durante buena parte de su infancia creyó que el padre había fallecido hasta que un día reapareció y, a través de él, descubrió a una figura autoritaria, imponente. A sus 70 años, Vargas Llosa reconoce que se volvió escritor por contrariar al padre.

En el caso de Bayly, parece ocurrir algo semejante. Nunca han sido amigos. Dice que no se entiende con su padre “porque somos radicalmente diferentes porque no nos entendemos de un modo natural, porque él hubiera querido desde que era niño tener un hijo distinto, que su hijo mayor fuese más recio, más viril, más parecido a él y yo no podía ser como mi padre quería que fuese, supongo que es una mala relación por eso, porque en el juego de las expectativas él no encontró el hijo que hubiera querido, tal vez yo no encontré el padre que hubiera querido o necesitado”.

El pelo delgado le cae una vez más como un velo de seda sobre la frente. Y él, una vez más, lo aparta y por unos segundos, mientras la pava vuelva a caer, queda descubierta su frente blanca, el ceño que frunce, a veces, cuando le hace preguntas inquisidoras a los políticos de su país, a los que enfrenta todos los domingos desde su programa de televisión.

Confiesa que con la madre tampoco se lleva. “Mi mamá es del Opus Dei”, dice como si fuera un defecto y con cierta ironía sigue: “Ella ve la vida desde el Opus, sus principios, sus ideas, y eso nos ha separado un poco. Ella es consistentemente homofóbica, no concibe que dos hombres se puedan amar, para ella eso es inmoral, es aberrante, eso ofende a Dios. Yo en eso, me da mucha pena, no puedo sino defraudarla, porque no puedo vivir mi vida según el Opus. De modo que esa es una barrera que nos ha separado, yo no culpo a mi madre que es tan buena sino a los malvados sectores espirituales del Opus Dei, que la han intoxicado con un montón de prejuicios y de ideas tontas”. Unos minutos más tarde, se le pregunta sobre sus libros de cabecera y con toda la seriedad del mundo responde que la Biblia y la historia de monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei, pero cuando ve que sus interlocutorias le siguen la corriente, sonríe, y aclara que estaba ironizando, que en realidad esos son los libros que su mamá quisiera que leyera. A él le gusta mucho Javier Cercas, el autor de Soldados de Salamina, novela llevada al cine. Finalmente, cree que la relación distante con sus papás no es culpa de ellos, sino del destino, del azar, en lo que cree firmemente. Si hay algo en lo que Bayly, admirador de Shakira —a quien considera una sabia por las letras de sus canciones— cree es que las cosas no ocurren porque sí, sino que todo pasa por un asunto de suerte.

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A estas alturas de su vida, Bayly dice que para él es más gratificante sentirse escritor que periodista. “Yo nunca he podido ser periodista, pero he tratado. Para ser objetivo uno tiene que ser como máquinas, a mí, eso no me interesa, así que cuando ejerzo el periodismo en realidad soy un impostor, soy un escritor que está metiéndose en líos, tomando partidos, diciendo lo que piensa, pero a mí no me gusta ser neutral y además creo que no se puede ser neutral ante Bin Laden, ante Bush, ante la homofobia, ante el racismo, yo digo no”. Por eso, en su programa de televisión siempre deja clara su posición. Un periodista de la televisión peruana que conoce a Bayly dice que es un entrevistador “genial”, porque tiene una técnica especial para acorralar y exprimir a los entrevistadores.

Con su mirada escrutadora y ese hablar suave, que no deja de ser retador en sus preguntas, Bayly ha enfrentado a todos los políticos de la clase dirigente peruana actual. Desde Alejandro Toledo, el mandatario peruano, hasta Ollanta Humala, el candidato militar que con el apoyo de Hugo Chávez espera alcanzar la silla presidencial de Perú en las elecciones. Sobre la política de su país, Bayly dice que en la primera vuelta votó por Lourdes Flores, sin embargo, en la segunda vuelta votará por el ex mandatario, Alan García. “Votaré resignadamente por él”. A pesar de sus errores del pasado cree que es un demócrata, y que en estos momentos eso es lo que necesita su país. En cambio, del candidato de Chávez, Ollanta Humala, simplemente cree que no lo es.

Más allá del contexto político peruano, de su familia inmediata (su ex esposa y sus dos hijas), a la que visita todos los domingos en Lima, Bayly no parece muy a gusto con su condición de peruano. “No me considero un escritor peruano, en todo caso soy un escritor antiperuano, no soy patriota, no creo en la patria, no creo en nacionalismos, no creo que uno tenga que amar a un país, yo no puedo amar a un país, es un montón de gente, con millones y millones, que me sobrepasan, que no conozco y no puedo amarlos, yo a duras penas puedo amar a mis hijas, a la mamá de mis hijas, a mi chico argentino”. Tal vez por eso vive en Buenos Aires, la ciudad que cambió por Miami, en cuyas playas vivió sus años de presentador carilindo, que lo convirtió en mimado de Telemundo.

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Ahora está por terminar el segundo vaso del jugo de naranja. La asistente de la editorial se acerca y le recuerda que por la tarde tiene concertadas otras entrevistas. Deberá salir del hotel donde ha estado toda la mañana escapándose del frío bogotano. Sin embargo, responde unas preguntas más y luego con aires de presentador, carraspea un poco, en clara señal de fatiga, las periodistas interpretan, se miran y enseguida termina el interrogatorio.

“Mi vida es todo menos excitante por eso escribo. Yo procuro dormir mucho, no salir de casa, bañarme esporádicamente, no hay apuro. Me gusta estar tranquilo, escribir, hablar mucho por teléfono, pero no llevo celular”. Seguramente esa es la vida que en estos momentos extraña Julián Beltrán, Jimmy o Jaime Bayly. Da igual. Siempre es el mismo.

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