El Nica tras la bamabalinas

Perfil - 01.08.2004
César Meléndez

El Nica se ha convertido en un viaje hacia nuestras sombras y miserias, en un espacio de diálogo, donde la identidad descarnada es puesta en juego. César Meléndez, su creador, cuenta cómo es el nica que lleva por dentro

Eduardo Marenco Tercero
Fotos : Orlando Valenzuela

La recepcionista del Teatro Nacional Rubén Darío está cansada de repetir la misma cantaleta: "No señora, ya no hay entradas". Una vez más, los 1,200 boletos están vendidos. César Meléndez, espigado, moreno, con cola de caballo, está en la recepción del teatro junto a su esposa, Cristina Bruno, rubia y alta, ambos vestidos con su uniforme negro de obreros de mudanza, sello del Grupo de Teatro La Polea. Conversan con unos perfumados jóvenes de saco y corbata.

"Es hora amor", le dice Cristina y se van raudos al camerino a donde César Meléndez inicia el ritual: a untarse de pinturas para simular moretones, raspaduras, heridas en carne viva; a ensuciarse con lodo y a dibujar líneas rojas que simulan latigazos en su costado. César Meléndez se transforma en El Nica apaleado. Crucificado por la vida. "Bien cachimbeado", comenta Cristina, su esposa, colega de trabajo, conductora de audio, de luces y su maquilladora. César se ajusta las botas sucias con una cinta plomiza, el jeans lo lleva roto y revolcado. Cristina se encarga de agarrar la camisa blanca con la leyenda "¡Pura Vida!" y enlodarla a más no poder. César se ve en el espejo del camerino mientras se unta polvos y pinturas.

La historia de César Meléndez se confunde un poco con la de El Nica. Nació en el Barrio Riguero, en 1966, hijo de una madre de 13 años y un padre de 12 años, a quienes les tocó salir huyendo del país porque el padrastro quería cortarle la cabeza a su progenitor. "Mi papá se robó a mi mamá, entonces a donde nosotros íbamos allá llegaba el padrastro de mi mamá; ya fuera en Rivas o Matagalpa; a todos lados llegaba", recuerda, mientras se retoca. Su acento es una rara mezcla de nica y tico.En una frontera difusa. Es jovial, efusivo, eléctrico. A cada momento le interrumpen con solicitudes, ya sea de boletas o presentaciones. Y siempre asiente con ánimos de complacer a todos al mismo tiempo, como si quisiera clonarse en diez.

Sin descuidar su metamorfosis, prosigue el relato. Para mantenerlos en Costa Rica, su padre empezó a trabajar como chófer de autobús de una línea que conducía a San José, mientras su madre hacía de empleada doméstica.

A él le tocó trabajar desde pequeño. Fue cobrador de autobús, jaló carritos en los supermecados, vendió juguetes casa por casa, ofreció tarjetas de crédito, entregó carnes a domicilio, cargó de todo en los mercados, en fin, se las jugó.

Cristina se ausenta y al volver le dice:

—Mirá a quien te traigo, que casi no entra.

Da un salto de alegría y abraza a Rodrigo Soto, el periodista que con su crónica “Yo también soy nica”, publicada el 27 de octubre de 1997, en La Nación, le inspiró su obra. Había llegado a la entrada principal del teatro y por poco no ingresa por no tener boleto.

Faltan diez minutos para las siete de la noche, El Nica está listo y el público ha ingresado como cardumen a ocupar sus asientos. La obra está por empezar.César Meléndez

En el proscenio

Desde el segundo balcón, se ve el crucifijo de yeso sobre una mesa, la silla al lado, al fondo las cajillas cubiertas por las sábanas y la almohada que le sirve de lecho a José Mejía Espinoza, obrero nicaragüense de la construcción, inmigrante en Costa Rica. La sombra del crucifijo se proyecta contra el telón con un aura fantasmal.

A las siete y veinte de la noche, con impunidad de nica, comienza la proyección de titulares de prensa y pintas callejeras que ilustran la tensión entre los dos pueblos, por el río San Juan, por Guanacaste, por los inmigrantes. “¡Nicas chumecos de mierda!”, dice una de las pintas.

Luego, tras una jornada extenuante, José Mejía Espinoza llega a monologar con Cristo, a renegar de Él, a cantarle la tabla, a reírse con Él, igualado como él solo, retrechero, bromista, jodedor, a contarle sus cuitas y penurias, en una retahíla de dos horas en las que no deja títere con cabeza, llevando al público de la risa al llanto, de la alegría a la congoja, del rubor a la carcajada.

No sólo hace un inventario de sus miserias, sino de las del país que le alberga —bien que mal— y del país donde dejó el ombligo, y le reclama a un Cristo indolente, que igual deja ir un maremoto, una sequía, una inundación, un terremoto, una erupción volcánica, una guerra, una dinastía o para colmo de males, una jauría de gordos hartos de saquear el erario. El público aplaude estremecido. Una de las espectadoras es María Dolores Alemán Cardenal.

Cuando todas las tragedias de El Nica están al desnudo y una vez que se ha dormido arrullado por el recuerdo de su "Marillita" y de la Patria que perdió; el público está en sus manos, completamente entregado, aplaudiendo de pie, y César Meléndez se levanta, más vapuleado que antes, bañado en sudor y se anuda las banderas de Nicaragua y de Costa Rica alrededor de su cuello, emocionadísimo, suelto en llanto.César Meléndez

De vuelta al camerino

César Meléndez ahora desanda el camino: a quitarse el lodo, los coloretes y las pinturas. Son las nueve y media de la noche. Está con la misma energía de antes, dispuesto a seguir conversando sobre él y su vida.

Recuerda que lleno de inquietudes artísticas una vez hizo una audición para Blanco y Negro, un grupo musical y les gustó su voz, de modo que grabaron "Discúlpame", una balada romántica que también sonó fuerte en las radios nicaragüenses. Después se integró a Manantial, con quien interpretó "Te pido perdón" y "Hoy vamos a salir". Mientras lo cuenta, se cambia de ropa, la voz la tiene ronca y la respiración agitada. Y sigue eléctrico. Luego trabajó con la gente de Wilfrido Vargas, con Pimienta Negra, estudió administración de negocios —en lo que no cuajó—, estudió para ser profesor de música mientras sobrevivía de panadero, ingresó al coro sinfónico nacional y allí conoció el teatro. Había una ópera por montar, pero de todo el coro él era el único sin experiencia escénica y no le dejaron participar. Por esa razón ingresó a la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica. Y desde entonces lleva ocho años en el teatro.

El Nica es su primer monólogo. La reacción en Costa Rica fue fantástica, impresionante, tomando en cuenta que la crítica a su sociedad es tremenda. "En el fondo somos los mismos, simplemente lo que necesitamos es un poco de formación en valores humanos, yo no soy quién para decirlo, soy simplemente un humilde trabajador de teatro que está intentando a través de esta representación exponer el hecho de que ser inmigrante no significa ser extranjero".

Ha realizado 450 funciones en Costa Rica. A veces en tandas dobles. Cuando termina en un lugar sale corriendo para presentarse en otro sitio, luego de horas de viaje. Y de allí sale volando para otro escenario. Anda a mil por hora. Y en la mayoría de los casos cede la taquilla para obras sociales y cuando comparte las entradas, de sus propios ingresos brinda dinero para obras de caridad.

Cristina Bruno Catania, esposa, una mujer argentina que pertenece a una tradicional familia de teatro de Costa Rica y de su país natal, es su ángel tutelar. Ella es actriz y dejó la Escuela de Teatro —donde es maestra— para apoyarlo con El Nica. "Es la oportunidad de estar juntos en todo en momento, de ser compañeros, de ser amigos, además de pareja y esposos. Y así como él descubre su nica interior en la obra, a mí, que también soy inmigrante, me pasa lo mismo; yo también descubrí la Patria que llevo por dentro". El amor de ambos es la crónica de un amor anunciado, pues se conocieron mientras él hacía el papel de Santiago Nasar y ella el de María Alejandrina, su amor platónico.

César está vestido de mudanza de nuevo. Rodrigo Soto llega al camerino y César se alegra al verlo. "¡Te pasaste huevón!", le grita Rodrigo. Se abrazan efusivos. César le dice: "Vos sos testigo de cómo hablé de la bandera Costa Rica". "¡Precioso!", le contesta. Las personas llegan al por mayor al camerino. Aparece, entre ellos, Danilo Lacayo, el presentador de televisión. Se oyen chistes, carcajadas. Son más de las diez de la noche. En medio del barullo de felicitaciones y saludos, César Meléndez pregunta a su esposa: "¿El tiempo amor?" "Dos horas con cuatro minutos". ¡Perfecto!

No hace falta ser nica para experimentar el rechazo, basta con ser pobre o rico, flaco o gordo, negro, amarillo, café pálido o blanco, basta con creer en Dios o no creer en nadie.

César Meléndez

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